La gente se va congregando a las puertas del bar de Rio de Onor. Hay vecinos del pueblo, paisanos de la contorna, algún turista y mucha gente con cámaras. Los augurios de un día gélido han resultado un pronóstico fallido y el sol convierte la tarde incipiente en un rato amable para todos. Allí, a la entrada de la taberna, son las tres de la tarde. A unos metros, «en el barrio de arriba», las cuatro. En los dos lugares, la hora convenida para iniciar una mascarada muy particular.
Si se ha perdido, allá va un poco de contexto. Rio de Onor (Tràs-os-Montes, Portugal) y Rihonor de Castilla (Zamora, España) son dos partes de un mismo conjunto. Es decir, una de esas llamadas aldeas europeas que forman un pueblo sin separaciones, pero que tienen una frontera estatal en el medio. Este pueblo en concreto se ubica a medio camino entre Bragança y Puebla de Sanabria. Y lo que va a acontecer a partir de las tres portuguesas y las cuatro españolas es la celebración de un ritual ancestral que va a pasar de un país a otro para recorrer las calles de toda la localidad.

Conviene destacar que se trata de la primera vez que sucede algo así. Lo cuenta el presidente de la Academia Ibérica de la Máscara, António Tiza, presente a la puerta del bar y experto en las mascaradas que se celebran a ambos lados de la frontera: «Esta es una tradición muy antigua que, hasta los años sesenta, se celebraba en paralelo en los dos barrios. Hacían lo mismo, pero no se juntaban. Solo para la parte del baile que se organizaba por la noche en Portugal».
Es decir, durante años, Rio de Onor y Rihonor montaron sus propias diversiones. Hay que entender que eran otros tiempos. También la frontera era más áspera, más dura. No algo indistinguible como lo actual. En 2026, cuarenta años después de la entrada de España y Portugal en la Unión Europea, si uno pasa despistado por la calle en la que está el cartel, ni se entera de que cruza a otro país. Pero volvamos al contexto anterior: Tiza sigue explicando, y aclara que «el barrio» español dejó de representar la mascarada hace más de medio siglo. En el lado portugués aguantó hasta poco antes de la pandemia. Pero acabó por perderse.
El motivo de esa desaparición es el de siempre: despoblación que conlleva falta de gente para representar el ritual. Ahora, la implicación de personas jóvenes y de colectivos como Cryosanabria devuelve a la vida la tradición con ese matiz de abandonar la fiesta cada uno por su lado y organizar una sola para las dos partes de la aldea. Otro cambio es el de la fecha. Esto tendría que ser el día de Reyes, pero en Portugal no es un día festivo, así que se traslada al fin de semana siguiente.
Dicho esto, es el momento de salir. Los hombres y mujeres que encarnan a los personajes (antaño eran solo hombres) se cambian en una habitación ubicada encima del bar. Van bajando poco a poco. Son caretos, filandorras y madamas. En breve, se echarán a las calles para saludar a los vecinos en todas las casas abiertas, reclamar los aguinaldos y los donativos, y recoger los alimentos que servirán luego para darle gracia a la fiesta. Todo, con el teatrillo a cada puerta, los gestos, las bromas y los alaridos que rompen contra la montaña.
Y allá van. Son vecinos de los dos pueblos y también de las respectivas comarcas. David, portugués, hace sonar la gaita, el único instrumento que se permite en esta mascarada, y la gente avanza. ¿Hacia dónde? «Por donde nos va cuadrando, no hay recorrido», indica uno de los hombres que va caracterizado de careto. El viento les lleva primero a España, donde el censo dice que hay 25 habitantes, aunque la realidad matiza que menos. Los que están donan longanizas, botellas de vino o dulces, mientras la comitiva avanza, corretea, cruza el río y se divierte.
El ritual, a los dos lados
La mascarada atraviesa los rincones de Rihonor, pasa por la antigua tienda, «Casa Milín», donde un azulejo indicativo señala que está es «la aldeia de arriba». Luego, retorna al país vecino por una calle de nombre intuitivo llamada avenida de Portugal. Allí, con más gente – como el doble del censo español – los personajes se entretienen más: gritan en las casas, provocan las carcajadas de algún vecino y se entienden, aunque el idioma de base de cada cual sea distinto.
Ya de nuevo en la zona cercana al puente que devuelve a los personajes al punto de partida, la confianza va creciendo: un careto coge a un niño en brazos y amenaza con tirarlo al pilón, otra de las mujeres para a un coche por el empedrado para reclamarle en portugués «só um eurinho» para la fiesta y David, el de la gaita, toca la melodía apropiada para que un grupo de españoles animados se lance con unas estrofas. Suben la tradición y la hermandad con el primer año del ritual. Ahora, toca sostenerlo.




