Son las doce de una mañana cualquiera de enero. En la calle, un hombre llamado Tomás echa el rato apañando trozos de leña cortada de un carretillo y metiéndolos para casa. Con el día que hace y los que vienen, conviene preparar buena lumbre. A los pasos previos se entrega este vecino de un anejo de Gallegos del Río llamado Flores donde otro par de vecinos charla a la puerta, uno más sale con el tractor rumbo a la faena y varios perros ladran para poner la banda sonora de fondo. Un día cotidiano. Se lo narro por escrito y en diferido pero, si hubiese querido llamarles para contárselo, habría resultado imposible.
Efectivamente, Flores es otro de esos pueblos de Aliste sin cobertura móvil. Uno más. Si leen este periódico de forma habitual, les sonarán las historias de Ufones o de Bermillo de Alba, pedanías de Rabanales y Fonfría respectivamente. Aquí ocurre algo parecido. Si se accede a Flores desde Gallegos, uno puede comprobar cómo su teléfono va perdiendo la señal hasta que esta se evapora por completo. Si quiere recuperarla, hay que subir a la zona del cementerio. Parece una metáfora funesta.
El asunto mantiene a la gente del pueblo entre el enfado y la resignación. Hace mucho tiempo que dejó de valer eso de que las «nuevas» tecnologías tardan en llegar a determinadas zonas. El Nokia 5110, uno de los primeros móviles que se popularizó a nivel masivo, salió al mercado en 1998. Pronto, se cumplirán treinta años. Esto, nuevo ya no es. «En casa, con la fibra, más o menos sí se puede usar, pero cuando vas por ahí…», resume Tomás. Otro vecino, que vive habitualmente en Vitoria, añade que él, con su compañía, tiene localizado un rincón de su parcela donde le alcanza un poco la señal. Migajas, en el mejor de los casos.
El alcalde pedáneo de Flores, José Martín Teso, se muestra claro al respecto: «No tenemos cobertura ninguna y no nos hacen ni caso. No puede ser que las personas tengan que salirse un kilómetro de casa para llamar al médico; es algo inhumano», asevera el representante de una vecindad formada por unas 45 personas en invierno. Nadie quiere venir a ponerles una antena. Para las empresas no es rentable y no existe una obligación legal.
Lo que sí tienen en Flores, como apuntaba Tomás, es fibra, pero tampoco satisface: «Va fatal. Cuando la metieron, lo hicieron por los caminos y dejaron el cable fuera en la mitad de los sitios. Se nos va cada poco», recalca Martín Teso, que hace una reflexión que va más allá de la falta de ayuda: «Ya no sé si lo que quieren es dejar morir a estos pueblos». Eso es opinativo. Menos discutible resulta lo que el pedáneo añade a continuación: «Hoy en día, si no tienes cobertura, no tienes nada».
De hecho, entre que la fibra va mal, que la gente mayor no se maneja con los smartphones desde casa y que la cobertura es una quimera, a vecinos más jóvenes como José Martín Teso les toca ir de vez en cuando a las casas de determinados paisanos, a instancias de sus familias, para comprobar que se encuentran bien: «Me llaman y me escriben para esto», señala el representante de la localidad, que suele estar localizable: sale de Flores a diario por motivos laborales.
Conversaciones con el alcalde de Rabanales
Ante todo este panorama, José Martín Teso está en conversaciones con el alcalde de Rabanales para ver si «se puede ir a Valladolid» o mover lo que haga falta. Al menos, protestar y trasladar el desagrado de los vecinos. De los mayores y de los jóvenes. Como apunta Tomás, aquí todavía hay gente «que cotiza». Los hay que andan en la construcción o en el sector del porcino, sin ir más lejos. Huelga decir que cuesta emprender un proyecto de vida en pueblos como Flores si falta lo más básico. Aunque ese sea el deseo de partida.
Desde el Ayuntamiento, la concejala Ester Rivera anima a las empresas a dar el servicio básico a esta localidad: «Si viene una compañía, aquí tiene el terreno y ni se le cobra», zanja la representante municipal. De momento, ni por esas.
