El sonido del claxon rompe la quietud matinal que impera en el pueblo de Flores un día cualquiera del mes de enero. Ahí llega Antolín con su furgoneta oscura. Viene al volante sin desabrigar, con el gorro azulado y la braga amarilla. Hay que bajar cada poco y el frío inmisericorde aconseja protección. Ya en el interior de esta localidad alistana, unos cincuenta metros antes de la iglesia, se le acerca un vecino. Quiere una caja de leche y algo de pan. El vendedor despacha y se dispone a seguir, pero antes habla un poco de su historia; de una vida que se cuenta de madrugada en Alcañices y de mañana en la contorna.
Antolín se apellida Román García, como se llama su panadería ubicada en la cabecera de la comarca. Allí la tuvieron también su padre y su abuelo. Y la rutina diaria que describe consiste, básicamente, en levantarse a las cuatro de la mañana para hacer las barras, las hogazas y lo que toque, subirse a la furgoneta ya de día y marchar. A cada localidad se mueve dos veces por semana. Son cerca de veinte núcleos atendidos, según estima a vuelapluma el ambulante. En este jueves de enero posnavideño le han visto pasar en Viñas. Y en Santa Ana. Y en Gallegos del Río. Ahora, toca Flores. Luego vendrán Puercas y Lober.

Hasta allí llega Antolín con su pan. Y con más cosas. Recuerde que un vecino se ha llevado leche. Si uno se asoma, ve también dulces, huevos, bebidas y otros productos básicos propios de una tienda. «Es que ya no hay negocios en los pueblos», justifica el comerciante, que lleva cuarenta años de ruta y venta. «Todo esto ha ido a menos», subraya el dueño de Román García, que pone como ejemplo las matanzas domiciliarias del cerdo que se hacían antes en este tiempo y en diciembre: «Ahora no hay quien cuide los chorizos. Eso ha desaparecido todo», lamenta.
Antolín ha visto ese bajón en directo, pero no deja de ir donde siempre. En enero y en agosto. Ahí, en el corazón del verano, es cuando la jera aumenta: «Pero son quince días. Si meto a uno, cuando quiera empezar ya se acabó», recalca Antolín, que también tiene tienda física. Allí atiende su mujer. Esa es la dinámica del negocio. «Aquí, en estos pueblos, si alguien quiere montar un bar o lo que sea habría que pagarle por el servicio», insiste el panadero, que critica que a esos emprendedores se les cobre «como en una capital».
Las ventas, desde luego, van por debajo. En una ruta como esta del jueves, Antolín se da por contento si vende treinta barras en total. Entre los seis pueblos del día viven 315 personas. O eso dice el censo. «Da exactamente igual al sitio al que vayas», advierte el comerciante, que ve un panorama envuelto en la incertidumbre de aquí a unos años. Él tiene ahora 60 y prevé seguir cinco más. Ni un minuto de regalo: «Por aquí, dos o tres panaderos nos jubilamos en poco tiempo», señala. ¿Vendrá alguien a cubrir su ruta?
Las cuentas
«Si me pongo a echar cuentas de los kilómetros que hago y de lo que se vende, no es rentable. Pero a la gente hay que atenderla como sea, darle servicio. No puedes decir: venga, allí hay cuatro, así que no voy», opina Antolín, que ve así el asunto, pero que no decidirá el futuro. Tampoco recibirá relevo dentro de casa: «Tengo un chaval, pero está por ahí trabajando en otra cosa», indica el panadero de Alcañices, que cierra solo los domingos y vive «casi sin vacaciones».
Eso último lo dice mientras tira de las puertas de la furgoneta para seguir el camino mientras toca el claxon que anuncia su presencia. «Hablan de la despoblación en la tele, pero desde allí se habla bien. Ya querría yo que viniera un día conmigo uno de esos», remacha Antolín. Invitación lanzada. Como las advertencias. Luego, que nadie diga que él no avisó de lo que puede venir.
