Si uno quiere ver al zangarrón de Montamarta en su recorrido por las casas durante la mañana de Reyes, lo primero que ha de hacer es aguzar el oído. Si se detiene y solo escucha el silencio, malo. Toca cambiar de dirección. Si empieza a percibir un ruido lejano, como un rumor, conviene seguirlo. Lo más probable es que ese murmullo sea el eco de los cencerros del personaje que sale cada 6 de enero, con careta roja, por las calles de este pueblo de la Tierra del Pan. Esta localidad se puede considerar privilegiada dentro del grupo de las que tienen rituales ancestrales. Su mascarada se representa dos veces.
Sucede el 1 y el 6 de enero, cada vez con un quinto. Siempre varones. Y se privilegia a los que viven en el pueblo. Tal es el caso de Ricardo González, el muchacho que hace sonar los cencerros en su correteo por Montamarta. Va por cada casa en busca del aguinaldo. Desde las nueve hasta la hora de la misa. Antes, ha asistido desde dentro al clásico ritual de la vestimenta; a la confección de su traje sobre la marcha. Tiene lío ese atuendo. Lleva tiempo también. Por eso resulta especial cada vez que se crea, aunque en esencia siempre sea lo mismo. Como todo en lo que merece el nombre de tradición.

Lo que no pasa habitualmente es que el mozo al que le toca el papel protagonista tenga el handicap del catarro. Mala suerte para Ricardo, que lo capea para cumplir con lo suyo. Allá va a eso de las once, casa por casa, sin dejar de trotar. En algunas se detiene solo a felicitar el año; en otras un poco más. En la calle Adrial asoma una mujer mayor, que le da ánimos. Los necesita. Mientras, varios fotógrafos le rodean y unos cuantos adolescentes le alientan. Quizá, pronto porten esa careta roja característica de Reyes o la negra de Año Nuevo.
La mañana pasa con esa liturgia del puerta a puerta hasta que llega el momento de correr cuesta arriba hasta la ermita. Allí es la misa a la una. El zangarrón cumple otra parte del ritual al pie de los quintos, con la flexión en el suelo y el tridente en la tierra cuando pasan las autoridades camino del templo. Luego, es momento de descansar un rato, allí en el atrio, con la cara destapada, la viva imagen del esfuerzo. Ya resulta duro encarnar al personaje en condiciones normales. La congestión se convierte en un lastre innecesario.
En el interior de la iglesia, Don Matías, el cura, se explaya con la historia religiosa que hay detrás de un día como este y habla también de lo popular, de «la raíz y la identidad», de la tradición antigua y el arraigo de ese personaje al que se le permite entrar en el momento de la bendición. El zangarrón, Ricardo, pasa y se acerca haciendo reverencias hacia el altar. Allí usa el tridente que forma parte de su instrumental para pinchar los panes benditos y sacarlos fuera, donde los reparte. Todo lo hace sin girar la cara: entra de frente y sale de espaldas.
La bajada
Podría parecer un final de guion, pero quedan carreras. La primera, cuesta abajo hacia el pueblo, por donde a veces hay embalse y esta vez se acumulan el hielo, el barro y la tierra del camino. El zangarrón trota acompañado por seis o siete muchachos, los niños que le gritan, le citan, le tocan los cencerros y sueñan con ser ellos quienes porten la careta un día. Ahora lo ven lejos, pero llegará. Esos pequeños son los personajes ancestrales del mañana en Montamarta. Si esto pervive es porque pasa de los mayores a los jóvenes. Y no como algo físico, sino identitario.
Abajo, al pie de lo que fue el bar Rosamari, los niños siguen azuzando al zangarrón. También treintañeros como Tanín o Darío, que juguetean con el personaje antes de que este trace el círculo en la plaza. Es el momento de repetir las tres venias, saltar con el tridente en alto y echar a correr en busca de los mozos. A los que caza, les toca agacharse y sentir el peso del hierro sobre su espalda. Golpe conocido y amable. El que solo se recibe el 1 o el 6 de enero. El que un día darán los niños que hoy quieren ser Ricardo.




