A hombros, mientras llega la magia: «Ya están ahí, cariño, ahora vienen»

Melchor, Gaspar y Baltasar cruzan el corazón de la ciudad en una cabalgata multitudinaria a pesar del frío

por Manuel Herrera

De fondo, se escuchan ya los tambores. Es el momento. Los adultos de la escena repiten el gesto, como si se imitaran unos a otros. El tronco abajo, agarre seguro y el niño arriba: a los hombros. Hablamos de criaturas generalmente embutidas en abrigos, bufandas, gorros, manoplas y toda clase de ropaje contra el frío. De día ha ayudado el sol; de noche hay que taparse bien. A muchos solo les quedan libres los ojos. Lo que les hace falta para ver la magia que se va a hacer presente ante sus rostros.

Alguno de los que ahora contempla Santa Clara desde una altura aproximada de dos metros protesta porque lo esperado no acaba de llegar. Una madre se compromete: «Ya están ahí, cariño, ahora vienen». Y así ocurre. Es la cabalgata de los Reyes Magos, momento cumbre de la Navidad para quienes viven en la edad de la ilusión y para sus convivientes. Por eso, los padres cargan a los muchachos a sus espaldas. Vale la pena el esfuerzo.

Un instante del desfile. Foto Emilio Fraile.

Pronto, nada más asoma la banda que anima el arranque, los pequeños cambian la impaciencia por estupefacción. Atraen los ritmos, los colores, las luces y la atmósfera en conjunto. Los niños bailotean desde su posición privilegiada, mientras sus hermanos mayores, ya erguidos y en primera fila, apañan caramelos a diestro y siniestro.

Un poco más atrás, una mujer joven admite que hacía veinte años que no se pasaba por la cabalgata. Nunca es tarde para reengancharse a la ilusión. O para recordar si eras más de la M, la G o la B: Melchor, Gaspar o Baltasar. ¿Hay que escoger? Igual si repartes la lealtad llegan más regalos. Pero antes de clamar por el monarca de cada cual hay que ver las carrozas. Y hacerse fotos. Y comprobar si la temperatura de los pies del bebé es suficiente como para seguir a la intemperie. Sus Majestades traen la magia, pero papá y mamá nunca abandonan su abnegada tarea de protección cotidiana.

Y en esas pasan los duendes. Y las estrellitas. Y los patinadores. Y más percusión. Y antorchas. Y miembros de los séquitos que se salen de la fila para repartir caramelos atrás. Es al final cuando Melchor, Gaspar y Baltasar cruzan mandando besos por doquier. El tercero siempre es el más aclamado, pero todos reciben las llaves para pasar sigilosamente por las casas.

Por si las moscas, un camión de bomberos cierra la comitiva con regalos extra. Luego, todos dejan atrás el lugar y se hace el silencio. Es la hora de bajar de los hombros, irse a la cama y soñar fuerte para que la ilusión se haga realidad por la mañana.

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