El bar Paloma de Pobladura de Aliste se llama así porque la mujer que lo regentaba en su día respondía al nombre de Paula (Pa) y los apellidos familiares eran Lorenzo (Lo) y Manjón (Ma). Aquella señora ya se jubiló, pero dejó heredero. No siempre pasa. De hecho, a falta de estadísticas concretas, uno podría atreverse a decir que no suele ocurrir. Pero aquí César dio el paso. Lo hizo con el negocio hostelero y con la parte de tienda que mantiene dentro del mismo local. Este es uno de esos establecimientos de la provincia que da un doble servicio. A veces, es la única manera de resistir en pueblos que pierden vecinos al galope.
«Cuando abrimos en 1984, aquí habría 400 personas y ahora, en invierno, somos 80», resume César, que sabe que tiene que aprovechar para hacer caja en Navidad. Al cierre del año, hay más gente por estos lares, aunque tampoco es el periodo más fuerte. Nada que ver con Semana Santa o el verano. «Ahí es cuando tiramos», admite este hombre de 49 años que mira hacia el espacio de la tienda cuando se le pregunta y que aclara que él da lo que puede: «las cosas de primera necesidad».

«Por aquí vienen bastantes ambulantes y reparten por las casas de la gente mayor. Yo lo entiendo. Traen carne, pescado… de todo. Yo tengo leche, agua, pasta, conservas, papel higiénico, papel de cocina… Cosas que no perecen o que tienen muchos años de caducidad», resume César, de apellido Manjón, que reconoce que en su rol de tendero vende «muy poco». De hecho, lo mantiene porque su familia lo sostuvo. El criterio de rentabilidad no pesa tanto aquí.
Sí el de servicio. Eso se vio de forma nítida durante la pandemia. En esa etapa, el rincón comercial del pueblo ganó peso a la hora de abastecer a quienes no se podían mover de la localidad. Es en esas circunstancias cuando la gente valora lo que tiene. Ahora, de vuelta a la rutina, lo que agradece César es que la localidad se mueva, que haya actividades algún fin de semana o que se fomente la iluminación navideña que genera «ese efecto dinamizador».
«Mucha gente viene a ver las luces y no se baja del coche, pero al final alguno pasa», apunta este vecino de Pobladura, que nació en Suiza por la emigración de sus padres, pero que regresó con tres años para crecer al pie de esa aventura empresarial del bar Paloma. Luego, marchó a estudiar e hizo Filología Hispánica, pero una sucesión de motivos personales le devolvió a Aliste. Por entonces, su familia le había alquilado el negocio a una persona que lo quería dejar. Y César tomó la decisión de seguir la estela de su madre.
«Aquí hay días mejores y días peores, como en todos los trabajos, pero estoy bien», resume César, antes de que una niña entre a pedirle unas Apetinas. La charla tiene lugar en la víspera de Nochebuena y hay más gente de lo común. Luegó, vendrá enero, pero él seguirá con los que estén. En el bar y en la tienda. En Pobladura.
