La escena muestra a un grupo de ocho jóvenes reunidos en torno a una mesa. Es 29 de agosto a las cinco y media de la tarde, pero varios de ellos se abrigan con una sudadera. Después de un inicio de mes sofocante en Sanabria, resulta que ahora refresca antes de que asome septiembre. Los presentes forman el equipo de trabajo del bar El Pato, en una de las playas del Lago. En ese instante, no hay clientes que atender. Sí algunos lamentos que rumiar. El incendio ha guillotinado la campaña justo en el momento clave, y ni siquiera se espera que el último fin de semana corte un poco la hemorragia. Toca resignarse.
Lo cuentan los responsables del negocio, Anna Quintana y Guillermo Sánchez. Es su segundo año al frente de este bar con terraza privilegiada al pie del Lago. Y con esto no contaban: «La campaña ha ido de cien a cero directamente», admite la mujer. Quizá evacuaron la zona en una de las semanas más fuertes para vosotros, sugiere el periodista. Y ahí interviene Guillermo: «No, no, en la más fuerte. Al menos, basándonos en la temporada pasada, fue ahí cuando hicimos más hucha».

Esta vez, vino lo imprevisto. Y luego el miedo de la gente a encontrarse con un escenario apocalíptico que no es tal. Si uno se asoma a las inmediaciones del Lago de Sanabria se encuentra con un panorama ciertamente normalizado. La estampa no es la de un entorno ennegrecido. Nada que ver. Lo más molesto son, quizá, los medios aéreos que utilizan esta gran masa de agua para recargar y refrescar las zonas donde aparecen reproducciones. Por lo demás, situación normal desde hace una semana.
«Sanabria no está cerrada ni se ve todo quemado. El Lago sigue abierto, los restaurantes y nos negocios también, y la temperatura ahora es la normal aquí», analiza Anna, que indica también que el humo se ha ido dispersando y que el agua no está sucia. «El drama que se cuenta es lo que nos mata», añade su pareja. Los dos eran conscientes de que, después del fuego, no iban a trabajar ni la mitad de bien, pero creen que las noticias que se ven están retrayendo aún más a los visitantes potenciales.
Y todo esto, claro, no se soluciona con las ayudas de 5.500 euros que ofrece la Junta de Castilla y León para compensar el lucro cesante. «Todo apoyo es bien recibido, pero lo que hemos perdido no tiene nada que ver con esa cantidad», advierte Anna, que estima que este año tendrán que cerrar antes de tiempo el bar. El plan inicial era estirar la campaña hasta noviembre, pero «a lo mejor no compensa contratar a gente» hasta entonces.
Los responsables de El Pato sí han conseguido mantener a toda la plantilla hasta ahora. No es poco. «Ellos no tienen la culpa y todos los sueldos se van a pagar normal», subrayan. Son ocho empleados más ellos dos, lo cual da una idea de cómo tendría que estar funcionando el negocio en agosto para sostener esa estructura. Al menos, junio y julio vinieron buenos. Un alivio para pensar en el futuro, rematar esta campaña hasta donde se llegue y regresar en primavera sin humo, sin helicópteros y sin cancelaciones.
En la zona cercana a la playa de los Arenales, una manada de caballos ocupa el espacio normalmente reservado al estacionamiento de pago para vehículos. La poca gente que pasa por la zona se para, fotografía a los animales y los contempla. Al fondo de la explanada, al lado del chiringuito de Los Enanos, solo se observa un coche. Dentro, los números cuadran. Apenas hay dos mujeres, ambas encargadas del negocio. Ni rastro de clientes.

El panorama lo explica Facunda Cruz, que incide en el mensaje de los responsables de El Pato: la cosa ha bajado claramente y la ayuda no compensa: «Es poquísimo», constata la mujer, que recuerda que fue casi una semana con el local cerrado, pagando los suministros, las nóminas y las cotizaciones: «Hemos perdido mucho dinero», advierte la hostelera, que está preocupada por la cantidad de comida que tiene en el congelador, adquirida en previsión de dos semanas sin parón que al final han sido quince días de nada. «Casi todo el mundo se fue y esa gente no va a volver», apunta.
En el caso de Los Enanos, el chiringuito seguirá abierto todo el año. «En invierno también. Si un día vendemos un café, contentos», señala Facunda, que justifica la decisión: «Queremos que la gente que venga a pasear por aquí, o a hacer una ruta, tenga dónde ir al baño o dónde beberse una taza de algo caliente», remacha la responsable del negocio, que mira hacia delante a pesar de todo.
También lo hace, más cerca de la playa, la encargada del chiringuito de los Arenales. Su nombre es Tatiana Cepeda y su testimonio está muy alineado con los del resto. Los problemas están identificados, las pérdidas también: «Éramos diez personas y a partir del domingo nos quedamos tres. No da para más», comenta esta joven, que mira más a la campaña próxima: «El Lago sigue ahí», recuerda la trabajadora, que tiene inquietud por dar salida a las provisiones: los helados, los refrescos y los barriles de cerveza: «Es que encima pedí bastante justo antes», lamenta.

Ya rumbo a Ribadelago, el entorno de Viquiella ofrece una imagen idílica de la zona, generalmente compartida por una multitud que se agolpa en la arena y en el bar. Ahora, hay sitio de sobra. A la entrada del negocio, todavía resiste un cartel de la travesía a nado por el Lago, que no se celebrará. Al menos, en la terraza, sí hay algunas mesas ocupadas por gente con chaqueta que comprueba en primera persona que Sanabria no ha sido arrasada por este flanco. Otra cosa es la sierra.
Detrás de la barra, en Viquiella, se encuentra Braulio Delgado. Es un trabajador. Normalmente vive en Madrid, pero viene aquí para la campaña. «Desde el lunes pasado, cuando el fuego empezó en los montes de allí, aquí no hay nada. Esto tendría que estar lleno, ¿sabes? La gente viene a comer, a cenar y luego a tapear; en agosto se triplican las ventas», narra el empleado del chiringuito. No en 2025: «Afectan las fake news, los periódicos que dicen que está quemado el Lago», remarca.
«Lo mejor de Sanabria es volver»
Pero no, el Lago y sus vistas no están calcinados. De vuelta al inicio del recorrido, un grupito comprueba cuál es el panorama en la zona de El Pato. La quietud, el agua, la terraza disponible. Un minuto de espera antes de ser atendidos, que los camareros posan para una foto. Lo hacen en un banco con vistas en el que se puede leer la siguiente frase: «Lo mejor de Sanabria es volver». Aunque sea con la sierra marchita.