Al Molino de la Resbaladera se llega por un camino irregular, con baches. Conviene dejar el coche unos metros más arriba, como hace el propio alcalde de Moral de Sayago, Emilio Jorge. Desde ahí, casi se atisba la instalación, que en realidad tampoco está demasiado lejos del pueblo: a un paseo. Ya a la vera del río, aparece el destino, que exhibe a la entrada un letrero que reza «Ecomuseo del Agua». El mismo panel informativo habla de los orígenes de una aceña que fue y que, como todas, con el paso de los años y los avances de la vida, dejó de ser.
Este lugar estuvo cerca de la ruina a comienzos de siglo, pero finalmente se restauró hace veinte años, en 2005. Ahí se evitó su caída en desgracia y se inició su conversión en un pequeño tesoro para el municipio y para la comarca. Pero faltaba algo para darle vuelo. Por eso, hace cosa de un par de años, el Patronato de Turismo introdujo su acondicionamiento y el de su entorno en el Plan de Sostenibilidad Turística en Destino de Zamora y el Duero, de la mano de otra intervención en las cercanas cascadas de Abelón.

La intervención en el molino fue avanzando en su tramitación como parte del eje de «Recuperación e interpretación del Paisaje Cultural y Tradicional de Zamora y el Duero», y con la implicación del Ayuntamiento de Moral de Sayago en el proceso administrativo. Todo marchaba según lo previsto hasta que, en marzo de 2024, entró un mensaje en el correo del municipio. Venía de la Confederación Hidrográfica del Duero, y pedía un documento: la concesión del aprovechamiento de aguas.
La respuesta a ese mail se mandó el mismo día con el siguiente argumento: no hará falta tal licencia. La rehabilitación se plantea para el uso turístico, no para moler como antaño. La réplica parecía sólida, pero solo encontró el silencio de la CHD, y ya ha pasado un año. En esta tesitura se encuentran otras instalaciones similares de la zona, en mejor o peor estado de conservación; casi ninguna tan bien aprovechada como el Molino de la Resbaladera.
Visto el panorama, el presidente de la Diputación, Javier Faúndez, le comentó el asunto a la presidenta de la CHD en una reunión que tuvo lugar la semana pasada. La respuesta, la misma: «no tienen aprovechamiento de aguas». La intervención va por otro lado, solo se busca preservar el patrimonio y crear nuevos centros de interpretación o mejorar los existentes. Pero esa parece la posición definitiva de la Confederación.

Tanto es así que el Patronato de Turismo se reunirá el lunes con la intención de tomar una decisión definitiva sobre los proyectos de los molinos dentro del Plan de Sostenibilidad Turística en Destino, y todo apunta en una dirección: la renuncia a incluir estas rehabilitaciones, según traslada su responsable, Víctor López de la Parte. En este momento, todavía se pueden cambiar algunas propuestas, y la prioridad para los dirigentes políticos es no perder la financiación. Es decir, al menos utilizar el dinero para algo que no vaya a decaer por la falta de permisos.
Esta situación dejará fuera del plan el arreglo previsto en el molino donde trabajaron en su tiempo vecinos de la zona como Agustín, Conrado, Julio y Alonso, citados en el recorrido de este «Ecomuseo del Agua» que, a pesar de la falta de un par de apaños, aún está más que digno para una visita. En realidad, este es, sobre todo, el lugar donde emprendió un hombre nacido en Pereruela, llamado José Peñas, que arrancó con la actividad, instaló un motor de vapor y utilizó los recursos naturales para generar riqueza.
En el viaje por el museo, que cualquiera puede recorrer mecido por el rumor del agua, se narra la historia de la familia, se cuenta que José falleció joven y que el molino pasó a manos de su hija Luzvelina y de su yerno Amador Luengo, de Luelmo y maestro. También se explica que todo funcionó hasta los 60 y que luego llegaron la ruina, el abandono y casi la pérdida. Hasta la intervención de 2005.

Lo que se conserva
En esas mismas estancias de la amplia instalación se pueden ver los ingenios, existe la posibilidad de conocer su funcionamiento y aparecen los componentes de un molino que llegó a contar con dos muelas al final de su vida laboral: una, para el centeno, la cebada y las algarrobas del pienso para el ganado; y otra para obtener harina panificable.
En otras estancias, este «ecomuseo» ofrece también las vistas hacia la naturaleza, hacia al río, hacia las piedras que también fueron riqueza. Vale la pena contemplar las estampas. Y se puede hacer. No ocurre así en otros de los molinos que se quedarán sin plan y sin dinero para la rehabilitación. En Moral, de momento, basta con pedirle las llaves a Luis en el bar para conocer la herencia que dejó José Peñas. Eso sí, si nadie deja que se vuelva a tocar, su languidecer también podría resultar inevitable.