El despacho ubicado en las entrañas del frontón San Atilano es un pequeño museo. Cuando uno entra, casi no sabe dónde mirar. La colección de trofeos de toda clase y procedencia se mezcla con unas paredes plagadas de fotos, casi todas antiguas. Muchas corresponden a exhibiciones populares atestadas de gente, son de los buenos tiempos. Frente a la puerta, también aparecen las herramientas clásicas del juego: la paleta cuero, la pala corta, el remonte o la cesta-punta. Y, claro, repartidas por casi toda la estancia, las pelotas.
La cita tiene lugar un jueves por la tarde, día de faena, así que la banda sonora de la conversación son los chillidos de las zapatillas de los cuatro jugadores que entrenan a paleta cuero, la modalidad más común en Zamora de un tiempo a esta parte. También se escucha el sonido característico de la pelota golpeando contra la pared. Todo llega a este despacho en el que aparece, pasadas las siete y media de la tarde, Óscar Núñez. El protagonista de esta historia viene con una bolsa, pero dentro no trae la ropa para cambiarse y salir al frontón. Eso fue quedando atrás para él. Lo que esconde este zamorano es todo lo necesario para fabricar una pelota.

«Esto no lo ha visto todo el mundo», arranca Óscar mientras abre la cremallera y va sacando los materiales y las herramientas. No es solo que este hombre sepa hacer una pelota reglamentaria, es que, apenas en un año, puede fabricar y rehabilitar cientos. De hecho, todas con las que entrena ahora el club San Atilano de la ciudad tienen el sello de este zamorano vinculado desde niño al juego y que, ya de adulto, empezó a interesarse por la pieza más destacada de su deporte: el elemento que se golpea.
Óscar, que ahora tiene 45 años, explica que cuando apenas contaba con siete u ocho ya echaba horas en el frontón: «Mis abuelos vivían aquí al lado y siempre que salía del colegio, en vez de ir a hacer los deberes, venía para acá. Desde pequeño hasta hace un par de años, he estado jugando, casi siempre como pelotari de mano», señala el zamorano, que se considera «prácticamente retirado». El brazo derecho ya no le permite grandes alardes.
Las horas sobre la pista se agotan, pero queda esa particular pasión que Óscar empezó a cultivar «ya con 20 o 25 años», cuando empezó a notar en el bolsillo los veinte euros que le podía costar una pelota para practicar su deporte: «Comencé a averiguar cómo se hacía y, a base de preguntar e investigar, fui aprendiendo», resume el pelotero, que subraya que las primeras no salieron precisamente bien, pero que destaca que, con insistencia, le fue cogiendo el punto.
Óscar fue autodidacta casi por obligación: «En este mundillo, nadie te cuenta prácticamente nada», apunta el ahora experto en la materia, que aclara que, hoy en día, existen máquinas que prácticamente fabrican la pelota entera, salvo el cosido final. Él trabaja como toda la vida. «Primero, empecé a hacer las de mano, con las que yo jugaba. Luego fui ampliando y comencé a ver que había muchas pelotas aquí que se podían reacondicionar para ahorrarle un dinero al club», añade el artesano, que ha ido ampliando su radio de acción.
De hecho, ahora es capaz de hacer pelotas de mano en todas las modalidades, «desde alevín hasta sénior», y también las de paleta cuero, que solo tienen un tamaño. «Todas están reglamentadas por la federación española. Tienen unos pesos y unas medidas concretas», recalca Óscar, que por eso saca de la mochila un molde que le tuvieron que pedir a la India, y una báscula de precisión. «Una pelota de mano para sénior estaría entre 100 y 106 gramos», aclara, antes de empezar a narrar todo el proceso con los materiales sobre la mesa.
El proceso de fabricación de una pelota
Lo primero que saca el artesano es el núcleo. Una pequeña bola «maciza y de plástico» que «puede pesar unos 19 gramos». «Eso lo compro. Suelen tenerlo en las ferreterías», comenta Óscar, que añade que la siguiente capa es de látex. Este material lo adquiere «en forma líquida» y lo echa sobre un cristal para dejarlo secar «hasta que se convierte en una goma». «Después, lo voy cortando en tiras y lo voy enrollando sobre el núcleo. Eso lo tienes que dejar secar hasta que queda duro y ya consigues el sonido que tiene que tener al golpear contra el suelo», narra el pelotero.
A partir de ahí, viene la lana: «Tiene que ser una concreta, no puede ser cualquier tipo», recalca Óscar, que utiliza un material «100% de oveja» que va enredando sobre la pelota hasta conseguir un diámetro de unos 60 milímetros. La última capa es el hilo de algodón: «Le pones dos o tres gramos, y luego se hace un hilvanado para que las dos capas queden compactadas. A partir de ahí, ya solo queda el cosido de la piel», destaca.
Ese material que cita Óscar es «piel de cabra curtida»: «Hay algunas que son más gruesas y otras que son más blanditas. Depende del tipo de pelota que vayas a coser, se usa un tipo de cuero u otro», resalta el zamorano, que matiza que, en las pelotas duras, hay que mojarlo para coserlo mejor. Ahí quedaría rematada la creación, aunque quedan el secado y el sobado. Conviene dejarla unos quince días sin tocarla antes de darle unos 1.500 botes para que coja el tono necesario para poder disputar un partido.
Después de todo este proceso, a uno le gustaría tener una pelota de estas para toda la vida, pero no: «Con las de paleta cuero, en dos o tres partidos hay que quitarlas y poner otra. Con las de mano, después de cuatro o cinco, ya cambia mucho», admite Óscar, que incide en que, «cuando los núcleos están buenos y tienen sonido, se pueden rehabilitar». De eso se encarga él. Solo en un año, se ocupa de «cientos de ellas». Y lo hace por hobby, por amor al arte.
En realidad, «es amor por el deporte que has practicado toda la vida y una ayuda para que esto no se pierda», asegura el pelotero, que mira alrededor y sentencia: «Ahora mismo, con las pelotas con las que se está entrenando son todas mías. Sí, seguramente». Otra cosa son los partidos oficiales. Para eso, el club tiene que comprar un juego específico. Las de Óscar sirven para lo demás: desde entrenamientos a partidos amistosos pasando por exhibiciones.
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Los precios en tienda
Lo cierto es que el ahorro para el club y para sus miembros es considerable. Si uno entra en una web especializada en este tipo de pelotas, se encuentra con precios que van desde los casi 20 euros la unidad para las infantiles hasta los 37 euros de las sénior pasando por los 27 de las de iniciación. Hay un dinero ahí. Y Óscar es la única persona en Zamora capaz de hacerlas. «En País Vasco hay más gente y algún otro en Castilla y León», indica el artesano.
En su vida laboral, Óscar se dedica a reparar fotocopiadoras e impresoras. Cuando llega a casa es cuando se relaja con el molde, la báscula, los materiales y la pelota: «Aquí hubo un pelotero muy conocido que se llamaba Manzano. Hasta venían clubes vascos y le compraban a él», recuerda el zamorano, que ha sido el heredero de aquel hombre en la tarea. El juego ha perdido popularidad de una época a la otra, pero la pasión de uno no se guía por las modas, y a este tipo lo que le hace feliz es el sonido de fondo de los chillidos de las zapatillas y de la pelota, su pelota, golpeando contra la pared.