Una tarde de martes cualquiera, un grupo de mujeres entra en un aula vacía. El espacio, dedicado en otros tiempos a la enseñanza escolar, está ahora completamente liberado en su zona central; casi diáfano. Solo en sus laterales se amontonan pupitres para que no estorben. Las protagonistas, vestidas con ropa de deporte, forman enseguida un círculo y empiezan a seguir las instrucciones de un hombre que se presenta como el profesor. Todas lo conocen ya. Al menos, desde el martes anterior, cuando arrancaron las clases. Todo esto sucede en las dependencias del seminario de Zamora, pero no va de religión. Lo que se mueve aquí es la Escuela Municipal de Teatro, que da sus primeros pasos.
El profesor, Pablo Lorenzo, es uno de los dos hombres de la clase de adultos, que tiene un alumno varón, el propio enseñante y veintiún mujeres inscritas. Durante la siguiente hora larga, el docente trabajará las dinámicas previstas con las asistentes como lo había hecho previamente con el grupo de adolescentes y de niñas. A eso dedica la tarde de los martes, la que está reservada para que esta escuela se desarrolle en la ciudad. La clase inaugural tuvo lugar el 22 de septiembre. La que se cuenta en estas líneas es la del 29. Quedan muchas tardes hasta junio. Y todo apunta a que serán divertidas.

Eso se intuye cuando se contempla desde fuera la deriva de ejercicio-carcajada-ejercicio que marca el paso en la clase de los adultos. Desde el calentamiento, todo va de destierro de la vergüenza y toma de confianza. Pablo Lorenzo plantea juegos que obligan a las participantes a hablar, a moverse, a mirarse a los ojos y a ir construyendo, en definitiva, un espacio de desarrollo personal que abra el camino de lo teatral. Por ahí, un mensaje rebota hacia la compañera. Y una sentadilla hace que la vez llegue a la siguiente. Y hay que ver la cantidad de aes que encuentra una en la misma letra «a»: susto, ahogo, risa o comprensión. Y carcajada.
A eso de las ocho y media, todo habrá acabado hasta la semana siguiente. Pero la enseñanza irá calando. De eso se trata en cada uno de los tres grupos que estrenan este año la Escuela Municipal de Música. Lo cuenta el director del Teatro Principal de Zamora, Cristian Santos, que llegó al cargo con el proyecto ya en la cabeza. En realidad, con el «anhelo» antiguo de poner en marcha algo así. No ha tardado en lograrlo gracias a «la disposición política, la implicación de los profesionales del teatro en Zamora» y el trabajo propio, claro.

Con los ingredientes puestos, el nacimiento de la escuela se cocinó entre julio y agosto. Ahí se vio el encaje legal, se habilitó la financiación y se le dio un discurso al proyecto. No en vano, no hablamos de talleres sueltos, sino de una iniciativa con un horizonte. La idea es que la formación se siga dividiendo en tres turnos por edad, pero con cuatro cursos: uno para cada nivel. Es decir, que las personas que comienzan este año pasen a segundo en el próximo mes de septiembre y finalicen el proceso en el año académico 2029-2030, cuando se contempla que la escuela funcione ya a pleno rendimiento.
Además, el plan del Teatro Principal es crear, a partir de ahí, un quinto curso para que se mantengan en él aquellas personas que quieran seguir con su formación tras los cuatro años previstos de escuela. Santos destaca que este proyecto no aspira a ser una compañía de teatro municipal, sino un espacio formativo. Para lo demás, ya están las 16 asociaciones que se dedican a planificar, ensayar y representar obras en Zamora. La idea es que la iniciativa educativa nacida ahora alimente a esos colectivos; en ningún caso, que compita con ellos.
Bajo esa premisa se desarrolla todo. Para los niños, los adolescentes y los adultos. Son 56 entre los tres niveles. Y 53 son mujeres. De ahí el uso del femenino como genérico. Y todas tienen como profesor principal al ya citado Pablo Lorenzo, que aprovecha un rato entre clase y clase para contar su tarde de los martes: «Lo que intentamos ahora es sentar las bases de las técnicas más sencillas para el acercamiento al mundo teatral», señala el docente, que menciona puntos como «la presencia en escena, el juego corporal, las dinámicas de grupo o la capacidad de entenderse unos a otros».

En estas primeras clases en particular, la clave es generar un contexto y un grupo que pueda funcionar como tal. También «un espacio seguro» en el que se vayan desterrando las vergüenzas, algo particularmente complejo con las adolescentes. Con las niñas, el reto tiene más que ver con adaptarse a su «energía pura y dura», pero el hecho de que tengan «el juego integrado» facilita la vida de Pablo Lorenzo. Ya con las adultas, en el año anterior, se había llevado a cabo una experiencia piloto que ahora se consolida. Muchas repiten. Y eso allana el camino.
¿Pero por qué los hombres no se incorporan? «Quizá deberíamos aprender de las mujeres, porque nos dan mil vueltas en esto de acercarnos a la cultura», sugiere Pablo Lorenzo, que será el encargado de dar las clases ordinarias, pero no el único maestro de la escuela. De forma progresiva, se irán incorporando distintos profesionales relacionados con el teatro desde una u otra óptica para acudir a ofrecer clases puntuales a los alumnos. El docente principal en este arranque aclara que él mismo lleva más de media vida ligado a esto como miembro de «Mejor con Arte», una compañía con la que ha pasado por los distintos puestos de «todos los estratos». Eso le da una visión global interesante para la función que desempeña ahora.
Otras aportaciones
Para aportar conocimientos más específicos acudirán a las clases personas como Clara García Fraile. Esta mujer se marchó a los 19 años de Zamora para estudiar dramaturgia en lugares como el Reino Unido o Países Bajos. También se formó en danza y artes visuales, y trabajó en el mundo de las artes escénicas. Hace cinco años, volvió a la ciudad, donde ahora se encarga del departamento educativo del Museo de Zamora y continúa con sus creaciones. Con ese bagaje en la mochila, dará dos lecciones en la escuela a lo largo de este primer curso.

«Voy a hacer talleres de dramaturgia. Y como mi interés artístico está en las dramaturgias no convencionales, voy a intentar hacer juegos con ellos para explorar estructuras un poco diferentes a las que están acostumbrados a ver. Se trata de probar cosas y encontrar vías de acceso para cogerle el gusto al teatro», cuenta García Fraile, que considera que es «una maravilla» poder plantear esto como un proyecto formativo a cuatro años, al hilo de lo que pretende la escuela. «Es un proceso que empieza ahora, pero que tendrá un camino más largo», constata la profesional.
Para esta experta en el mundo de las artes escénicas, la escuela también tiene la riqueza de la variedad; de que los alumnos – en este caso, las alumnas – vean «las distintas formas de trabajar, los diferentes enfoques» de cada docente. Durante la formación, y más adelante, cada cual decidirá si se sube a las tablas. Incluso, si quiere convertir la interpretación o los trabajos que se generan alrededor en un oficio. Aquí, en la escuela, se abre la puerta y se deja todo diáfano para que pasen, vean y hagan lo que les nazca.
