A las siete en punto del sábado 19 de septiembre, todavía es noche cerrada cerca de la frontera entre Aliste y La Carballeda, en plena Sierra de la Culebra. Se espera un día casi veraniego, pero los minutos previos al amanecer exigen abrigo para internarse a pie por uno de los caminos que exhiben la belleza natural de la contorna. Apenas se ve aún, pero ya se escucha. Y la atmósfera coge un tono a medio camino entre lo hermoso y lo inquietante. El sonido grave que retumba como un eco procede de la berrea del macho del ciervo rojo, un animal que, por estas fechas, entra en su época reproductora y emite unas vocalizaciones para ahuyentar a otros ejemplares y convencer a las hembras como potencial padre de sus hijos.
De eso va esta visita que empieza nocturna y sigue con los primeros rayos: de contar la berrea desde una de las atalayas que ofrece Zamora para disfrutarla con la vista y con el oído. Pero, para ponerle contexto, no basta la mirada principiante; se hace pertinente la compañía de un experto. En este caso, Javier Talegón, un biólogo especialista en la divulgación sobre la fauna salvaje en la Sierra de la Culebra. El guía acude ese sábado con seis personas procedentes de lugares como Valladolid, Lugo y Murcia a mostrar la berrea y a buscar el rastro del lobo. De su mano se cuenta mejor la historia.

Pero antes volvamos a las sensaciones y al camino. El sol sigue sin aparecer, pero ya se intuyen las primeras luces, que dejan a la vista una estampa de paisaje agreste y de niebla. El punto elegido por Talegón ejerce como balcón hacia un amplio valle con algo de arbolado, pero también con varios claros y zonas arbustivas. Allí, la bruma al amanecer dibuja un escenario casi onírico mientras las vocalizaciones de los ciervos aparecen con continuidad. Y retumban. E impresionan. Sobre todo al principio, cuando la emoción es nueva y nadie en el grupo sabe a qué atenerse. Ese rato sirve para afinar los sentidos, aguardar y subir las cremalleras. Queda un suspiro de verano, pero vendrá luego.
A eso de las siete y media, ya se puede comprobar cómo al grupo de Talegón se suman varios más que se plantan en el camino y van sacando material. Casi todos llevan telescopios, también nuestro experto. La berrea se escucha bien desde aquí, pero para verla conviene tener ayuda. ¿Podría uno acercarse más? Podría. Pero corre el riesgo de entorpecer. Incluso, si se aproxima demasiado, de sentir la furia de un animal que puede revolverse en este tiempo si siente invadido su espacio vital. Todo esto lo cuenta el guía, que aprovecha el último ratito de nocturnidad para hablar de ciervos y de lobos, pero también de la sierra que los acoge. Es un lugar especial La Culebra. Una tierra sufrida. Y así lo narra un hombre que la conoce bien.
Con los telescopios ya fuera a la espera de la luz, Talegón profundiza en la historia de los ciervos por estos lares. El guía cuenta, por ejemplo, que la especie llegó a desaparecer de la zona hasta su reintroducción a mediados de los años 70 del siglo XX. «Se trajeron de Andújar y de los Montes de Toledo», aclara el especialista, que apunta que también se soltaron gamos. Pero estos últimos no resistieron. De los lobos, el biólogo dice que son «animales bastante nocturnos por culpa de la presión humana», pero que aparecen. Y particularmente en esta zona, cuya ubicación exacta no se precisa para evitar la masificación, pero que se sitúa en la parte central de La Culebra, en uno de los sitios autorizados para la contemplación de la berrea. Pronto será el momento de mirar.
Ya cerca de las ocho, el avance ruidoso del tren regional rompe por unos segundos el intercambio de silencio y vocalizaciones de los ungulados, y da paso a la aparición del sol por el horizonte. Es el momento de los telescopios. «Disfrutad ahora, chicos», recomienda el guía, que apostilla siempre algún dato. «Los ciervos emiten vocalizaciones para disuadir a otros machos y convencer a las hembras», recuerda Talegón, que se asoma por el visor y que detecta antes que nadie la presencia de los animales en el ángulo preciso para seguir su rumbo. «Mirad, un bicho grande. Este seguramente se reproduzca», revela el experto, que intercala la observación con la didáctica.

Por ejemplo, Talegón narra, mientras todos buscan ciervos por los claros, que los machos pierden mucho peso durante la berrea. Pueden estar días sin comer y dedicados apenas a la cópula y a correr. Mientras, la mayor parte de las ciervas quedan preñadas en cuestión de tres semanas. «Les interesa mucho sincronizar los partos para dar a luz en mayo, con un montón de alimento y con todos los nacimientos concentrados, lo que se convierte en una estrategia anti depredatoria», recalca el biólogo. La réplica de los visitantes es de silencio atento, como el de los devotos en misa.
Talegón explica igualmente que, en La Culebra, puede haber 1.700 o 1.800 ciervos en las 70.000 hectáreas que componen la sierra. Es una densidad media-baja si se compara con la de otros territorios. Aún así, el valle muestra a un buen puñado de animales en plena berrea. Se escuchan y se ven por los telescopios. Ayuda que no son pequeños. Hablamos de ejemplares que pueden superar los 200 kilos en la madurez, cuando están listos para reproducirse, algo que suele ocurrir a partir de los tres años. «Es brutal la elegancia que tienen. No me extraña que aparezcan tanto en las pinturas rupestres», disfruta el guía al tiempo que enseña.
La mañana transcurre así, entre aviso y aviso de animal a la vista. «Hay que tener paciencia para escuchar y observar», recomienda Talegón. La previsión es que la contemplación dure hasta bien entrada la mañana, pasadas ya las diez. La idea también era ver algún lobo, pero la manada de la zona se escabulle: este sábado, los únicos protagonistas son los ciervos. «La berrea es un motor de desarrollo muy importante para esta zona», cuenta el experto, que enseguida se interrumpe porque detecta algo. «¡Toma, toma, toma!», exclama una de las asistentes. El revuelo, que rompe la quietud que ha de imperar para no importunar a los animales, lo provoca la presencia de una batalla entre dos machos, que se pelean por la ocupación del territorio.
Los animales se agachan y batallan cornamenta contra cornamenta. La acción, ya con la niebla disipada, se percibe con nitidez. Apenas la polvareda levantada por los propios ciervos nubla por momentos la visión. La lucha vista desde el telescopio dura cerca de dos minutos hasta que uno de los machos acaba perdiendo la batalla y abandona la zona. El ganador se queda con ese espacio. De momento. Más tarde, todavía puede llegar algún ejemplar que domine al vencedor provisional y se reproduzca finalmente con las hembras cercanas. Como en el boxeo, uno solo retiene el premio mientras evita ser derrotado.

El objetivo de divulgar
El instante de la batalla constituye uno de los momentos más especiales de una mañana en la que los visitantes han visto un buen puñado de ciervos, han escuchado la berrea durante horas y han ido recibiendo el goteo de enseñanzas de Talegón. «Esto se trata, sobre todo, de divulgar», asegura el experto, ya de recogida. El grupo seguirá aprendiendo en un taller que se organiza en un pueblo cercano. Antes, el responsable del proyecto que lleva por nombre Llobu comenta que el periodo de celo dura aproximadamente 20 o 25 días. Se trata, por tanto, de una fase del ciclo del animal muy atractiva y que se concentra en un puñado de semanas.
Esa circunstancia incrementa el volumen de visitantes de temporada a una zona «muy buena para observar a la especie en la naturaleza». En la Sierra de la Culebra hay amplias parcelas de matorral y un relieve irregular que facilita la contemplación de los ciervos o de los lobos desde las alturas, «siempre con telescopios para mantener esas distancias que permiten no interferir en la conducta de unos animales muy sensibles y con unas capacidades sensoriales muy desarrolladas». En paralelo, el turista o el lugareño interesado por la fauna puede ver corzos. O jabalíes. O buitres leonados y otros animales voladores.

Un viaje desde Lugo
A ver de todo un poco acudieron, por ejemplo, Belén Díaz y su familia. Sobre todo, ella y su hijo, bióloga y adolescente amante de los animales respectivamente. «Llevábamos tiempo queriendo venir, pero él era demasiado pequeño para pasar horas aquí mirando. Ahora que ya tiene una edad nos interesaba estar en la época de la berrea», explica esta mujer lucense, que se mueve con los suyos en autocaravana y que defiende ese tipo de turismo como un foco de enriquecimiento potencial para las zonas rurales. En su caso, también aprovecharon la coyuntura para ver Fromago y el partido de fútbol del Lugo en Zamora capital. Todo les fue bastante bien.

A la salida del camino, el sonido de los ciervos llega más discontinuo que al amanecer. Cuando caiga la tarde, volverá a repuntar. Aún así, varios grupos de observadores se mantienen atentos un ratito más, a la espera de que la naturaleza les regale una pizca de magia. En este balcón de La Culebra, lo formidable puede dar la cara en cualquier momento.
Este es un contenido patrocinado por el Patronato de Turismo de Zamora.

