Zamora quiere invierno. Bajo un sol de justicia más propio de agosto que de finales de septiembre, a más de treinta grados, decenas de personas luchaban bajo máscaras que fueron pensadas para ser puestas en pleno solsticio de invierno. Santa Clara arriba, Santa Clara abajo, corriendo como se hace en los pueblos cuando el ahora añorado frío aprieta. Vaya trabajo, qué sudores. El desfile bien parecía una rogativa. Como se saca a los Cristos para que llueva, habrá que sacar a los zangarrones a ver si se va el dichoso calor. Vaya a saber, a lo mejor funciona y no lo había probado nadie. Ver enmascarados con esta temperatura es tan extraño como el pato por el Manzanares de la canción de Sabina. Lo suyo es más el frío.
Más de treinta mascaradas, 500 personas, han consolidado (si no lo estaba ya) la ciudad como epicentro del ritual de invierno más característico de este rincón de España. Personas que han vuelto a traer a la ciudad el pulso del pasado y el misticismo que guardan los pueblos, que han logrado sustituir por cencerros el ruido del tráfico. Zamora se ha convertido, un año más, en un hervidero de mitología viva gracias a un desfile, de nuevo, hipnótico, donde la espectacularidad de los ropajes y el estruendo del ritmo ha flanqueado a los grupos desde La Marina hasta Viriato. Un escenario monumental donde las agrupaciones han desplegado su arsenal de personajes, danzas y tradiciones. Casi como lo del invierno.
La presente edición ha destacado por su potente vocación internacional. Portugal ha exhibido su riqueza cultural con diez grupos procedentes en su mayoría del distrito de Braganza y el nordeste luso, deleitando a los asistentes con los saltos de los Caretos de Salsas o la vistosidad de los Pauliteiros. El mapa nacional se completó con nueve delegaciones españolas, entre los que han llamado la atención los Jarramplas de Cáceres o las Vaquillas de Segovia. El Antruejo de Fresno del Camino y Las Burras de Tremor de Arriba, dos joyas leonesas que regresaron al festival tras varios años de ausencia.
Como no podía ser de otra manera, la provincia anfitriona lideró el despliegue con catorce representaciones locales. El público zamorano vibró al paso de iconos indiscutibles de su identidad como el Zangarrón de Sanzoles, el de Montamarta, el Atenazador de San Vicente de la Cabeza y los vistosos Carnavales de Villanueva de Valrojo. La nota a apuntar de la jornada la puso la Filandorra de Ferreras de Arriba, cuya vuelta al circuito festivo tras años de ausencia fue celebrada por el personal. Cuantas más, mejor.







