Nació en 1881 en Fuentesaúco, cursó Bachillerato en Zamora y medicina en el Colegio de San Carlos de Madrid, donde recibió el Premio Extraordinario por su desempeño durante la carrera. Laureano Olivares fue un médico excelente, de extraordinaria capacidad docente. Poseía dotes didácticas insuperables y logró formar a una generación entera de eminentes cirujanos españoles (como Plácido González Duarte o Mariano Fernández Zúmel) tanto en el ámbito universitario como en el meramente asistencial. Olivares, fallecido en 1944, vio como su labor fue reconocida en Zamora, que le dedicó una calle unos pocos años después en la zona de la ciudad que se desarrolló en la postguerra.
Olivares, cuya figura es ahora más desconocida para el gran público, fue considerado un clínico quirúrgico incomparable y uno de los cirujanos más afamados de su época. Destacaba por poseer una técnica sumamente depurada, rápida y segura, ganándose el respeto unánime de la comunidad médica por su rigor ante los pacientes y sus profundos conocimientos de la medicina interna. Olivares fue alumno interno por oposición del Hospital Provincial y del Hospital de San Carlos, obteniendo en 1904 el título de doctor también con premio extraordinario. Tras trabajar un tiempo como médico de guardia, ingresó como médico de número, por oposición, en la Beneficencia Municipal asignándose las labores de Jefe de Equipo Quirúrgico, accediendo rápidamente a Profesor de Número del Hospital Provincial del Madrid. Más tarde, y a propuesta Rafael Mollá que regentaba la Cátedra de Cirugía, fue nombrado Profesor Auxiliar de dicha asignatura.

El doctor tuvo una influencia importantísima en la medicina de la época. Persona «digna de ser aclamada» por la medicina de la época, fue Jefe de Casas de Socorro y Cirujano del Equipo Municipal de Madrid, director del Servicio de Cirugía en el Cuerpo de la Beneficencia Provincial y profesor Auxiliar y posteriormente Catedrático, por oposición y por unanimidad del tribunal, de Patología Quirúrgica en la Facultad de Medicina de Madrid. Se trata de una de las figuras más relevantes de la medicina del siglo XX, que logro formar a una generación entera de eminentes cirujanos, tanto en el ámbito estrictamente universitario como en el meramente asistencial de los hospitales públicos.
Aunque dominó todas las áreas de la cirugía de su tiempo, centró gran parte de su atención y esfuerzo en el campo de la traumatología. Destacó a nivel nacional por aplicar e introducir las técnicas más avanzadas para resolver fracturas de cadera, un problema quirúrgico sumamente complejo y de gran envergadura en aquella época. Se consideran sus aportaciones fundamentales a la hora de mejorar el pronóstico de este mal. Sus contemporáneos lo admiraban por sus extraordinarias habilidades técnicas dentro del quirófano. Era considerado uno de los profesionales más afamados y seguros del país.
Cuentan las crónicas de su figura que a lo largo de las décadas de 1920 y 1930 se convirtió en una especie de protector y referente de la comunidad zamorana en la capital de España. Atendía de manera prioritaria e implicada a los pacientes que viajaban desde Zamora buscando tratamientos complejos y ayudaba a los jóvenes estudiantes de la provincia a colocarse como médicos o internos. Una figura eminente que la capital (como también su pueblo, Fuentesaúco) han convertido en inmortal gracias a su presencia en el callejero.

