Llega uno con el coche a un semáforo en rojo y se pone a la fila. Disco verde, la fila avanza… y el semáforo vuelve a ponerse en rojo antes de que dé tiempo a pasar. El que conoce Zamora sabe que eso solo pasa los días de trajín. Arrancó Fromago, la tercera edición de la feria que aspira a convertirse (lo es ya por números y va camino de serlo por prestigio) en la más importante de Europa. Un jueves, día en que, en teoría, aún no han llegado los forasteros. Zamora, de nuevo en teoría, es para los zamoranos y los vecinos llegados de los pueblos. Gente que se basta y se sobra para poner la ciudad de bote en bote hasta el punto de que es complicado caminar por Santa Clara. Es lo que pasa cuando los que salen a la feria son los locales, que las conversaciones entre puesto y puesto obligan a detener el paso.
Sea como fuere, el de este jueves ha sido ambiente de día gordo en la capital. Desde el mediodía, cuando se produjo la inauguración oficial, pero especialmente por la tarde, cuando la salida de los trabajos y el primer viaje de ida y vuelta hasta la Catedral han ido de la mano. Paseo, saludo, trocito de queso. Caminar un pequeño trecho, curiosear por los puestos, trocito de queso. Así durante tres kilómetros. Más de uno llega a la Catedral con la tripa llena del trayecto. No pasa nada, la vuelta hasta la Marina se hace sin catar y listo. El problema es que pocos resisten.

Las catas son, precisamente, uno de los grandes atractivos de la feria. Cuando se anuncian por megafonía no son pocos los que aceleran el paso o los que directamente se dan la vuelta para llegar puntuales al lugar del anuncio. Para muestra, un botón. Quedan minutos para las siete y media de la tarde y paralelo al stand de Zamora es Calidad, en la plaza de Claudio Moyano, discurre una nutrida fila de personas. Muy nutrida, en verdad. Las tres Rutas del Vino de Zamora (Zamora, Toro y Arribes) han organizado una degustación que trae pastas, un postre a base de uvas, vino y queso y un chato de vino. No pasan veinte minutos y las raciones, preparadas por el alumnado y profesorado del CIFP Ciudad de Zamora (Escuela de Hostelería y Turismo), han volado. La cara de desilusión de la primera mujer a la que se le dijo que hasta aquí llegaba el dulce podría inspirar un cuadro.
Dura poco la pena, eso sí. Enfrente hay unas monjas que lucen los dulces que elaboran, a los que acuden decenas de manos. Al lado, los frutos secos garrapiñados gustan, será porque al haber tanta gente bien parece esto Semana Santa. Y un poco más allá, en un puesto de chocolate, el tendero no da abasto a sacar bolsas, guardar tabletas y marcar cifras en el datáfono. Se mueve mucho la moneda por la feria, poca duda cabe. Quien más quien menos, una bolsa, lleva.

En estas llega la feria a su segundo día, que promete más. Sobre todo, más personal, porque es viernes. Llegarán gentes de otras provincias animadas por el fin de semana y el recorrido se llenará un poco más de paseantes con el ojo avizor en busca del platito con trocitos de queso para probar. Queda mucho, la mayoría de las doscientas actividades previstas por la organización. Paciencia, no se empachen.
