El otoño asoma por la frontera entre las comarcas de Los Valles y La Carballeda. Menos gente, menos bicicletas y menos clientes para Óscar Trigo, que despacha a tres vecinos al pie de la iglesia de Uña de Quintana, en un lateral de la Plaza Mayor. Todavía hay que ponerse a la sombra, porque los veraneantes se han ido, pero el calor no. Allí, en ese ambiente discordante entre el estío meteorológico que se resiste a marchar y el invierno demográfico que viene, las gentes aprovechan la visita del ambulante para cubrir necesidades básicas de alimentación y droguería. Por algo el vendedor lleva un pequeño supermercado dentro de la furgoneta. Todo lo trae de Cubo de Benavente, el pueblo donde da el servicio presencial; los demás consumidores hay que ir a buscarlos por la contorna.
Trigo traza el itinerario con una media de siete paradas al día por esta zona de Zamora y por algún pueblo cercano ubicado al sur de la provincia de León. Ahora, con el cambio de estación, el ambulante modificará un poco las rutas para ir una vez cada quince días a muchas de las localidades a las que da servicio. «Hasta que pase otra vez Semana Santa», aclara. Apenas a Uña y a un par de sitios más seguirá acudiendo con periodicidad semanal. Mientras, en Cubo, el comerciante lo prepara todo para abrir con más continuidad de forma presencial. Casi un lujo para sus 117 vecinos censados.

Todo lo cuenta el propio Óscar Trigo tras terminar de atender a los tres clientes de Uña, que se marchan con algunos víveres y después de mantener una breve conversación sobre la actualidad política. La espera a los ambulantes suele ser un punto fijo de tertulia en los pueblos. El vendedor también mete baza con la confianza que le da saberse uno más. Ya son trece años de ruta por estos lares. «Empecé en 2013 y bastante bien, pero se ha ido muriendo mucha gente y se han marchado otros a las ciudades. Castilla y León está como está», constata el responsable del negocio.
El ambulante advierte lo que dicen todos los que llevan los servicios a los pueblos con una tienda a cuestas, ya sea de alimentación y droguería, de pescado, de carne, de pan o de ropa: «Esto va a menos». De hecho, la propia idiosincrasia de su proyecto tiene que ver con esa disminución de la vida y la población en unas localidades donde no da para mantener comercios físicos. Primero, cerraron las tiendas; está por ver cuánto aguantan estos repartos: «Yo espero que, en mi caso, más tiempo, pero no puedo decirte. El otro día me enteré de que un compañero que iba por esta zona lo dejaba. Este viernes es el último que trabaja», apunta Trigo.

El vendedor percibe las dificultades y las verbaliza, pero no se arredra. Ahí sigue con las rutas. «No llevo nada de frío. Solo algunas cosas en una nevera», advierte el comerciante, que mantendrá el servicio en los pueblos y que aspira a incrementar los horarios en Cubo de Benavente. También, a darles un carácter más fijo. En ello anda, peleándose para que la nueva puerta de acceso al comercio le salga económica y sea adecuada al mismo tiempo. La idea es que, presencialmente, su hermana atienda a los vecinos. Eso valdrá para las gentes de la propia localidad y para que los de Uña y otros pueblos cercanos puedan desplazarse si tienen la ocasión. Aunque él siga acudiendo una vez por semana a llevar los productos.
El precio del combustible
Óscar Trigo continuará con ese modelo a pesar de que el precio del combustible también le afecta. Muy negativamente, claro. El ambulante pone el foco en las guerras ajenas y en el papel de Donald Trump en la escena internacional. Cuesta vincular la acción política de un presidente de Estados Unidos y el día a día de un comerciante que viaja entre Los Valles y La Carballeda, pero la repercusión en el bolsillo es medible. Poco que hacer más que resistirlo, en todo caso. Como con el otoño y el invierno que se avecinan y que ya van dejando los pueblos con menos clientes que atender.
