El reloj instalado desde hace meses en la plaza de Viriato agota su vida útil. Los dígitos que marcan la cuenta atrás para la tercera edición de Fromago alcanzan el cero. Es la hora. Desde ese instante, se abre un paréntesis en el que Zamora no es Zamora, sino la ciudad del queso. A las once en punto de la mañana del jueves 17 de septiembre, una voz femenina lo anuncia fuerte por megafonía: es el momento de las primeras actividades. Para entonces, algunos stands ya están montados. Otros abrirán pronto. Y la gente ya pasea por las calles frescas y desahogadas. Enseguida, subirá el calor y se abarrotará el centro, aunque sea un día laborable.

La crónica de la tercera primera mañana de Fromago empieza a unos centenares de metros de Viriato, en la plaza de la Catedral. Allí, los operarios se mezclan con los visitantes en las primeras horas mientras los expositores dan forma a sus reclamos promocionales. Entre tanta opción cuesta destacar. Incluso, aunque el producto se defienda solo. «De mis cabras a tus bocas», reza el cartel de una quesería francesa. Al menos, con ese eslogan, la gente pone las orejas tiesas. A su alrededor, varios productores portugueses colocan el queso frente a las bebidas japonesas con las que comparten vecindad. Los derivados lácteos brillan, pero todo lo gastronómico tiene presencia.

Hasta las «divinas aceitunas» que se despachan a unos metros de los gigantescos quesos gruyer venidos de Suiza, ya clásicos en una feria que empieza a tener memoria de quienes repiten. «Tenemos una producción muy pequeña y un trato cariñoso en la elaboración», trata de advertir un productor gallego con un queso más chiquitín al que busca hacer hueco entre la majestuosidad de lo que viene del país helvético. Eso se escucha camino ya a la plaza de Fray Diego de Deza, en una ruta en la que los stands van dando la cara de sus semejanzas: muchos carteles hechos con IA, muchas referencias al «mejor queso del mundo» y mucho para probar.
La gente, que ya va poblando el recorrido, coge palillo, pincha y come. Con el queso y con más cosas. Por ahí está también, por ejemplo, «el mejor sobao de mantequilla de Cantabria». Los que se centran en el queso tienen por allí una opción de pago, pero con una selección cuidada. «Ah, un túnel del queso», advierte una señora. Ahora se llama galería, cabría matizar, pero la esencia es la misma. Todavía no hay muchas colas en esas carpas. Algo pronto para llenar el buche con tanto. Lo que sí se llenan son los talleres infantiles. En cada esquina hay una clase de muchachos rumbo a lo que toque: la lana, la producción de queso, el pastoreo… A aprender un poco fuera del aula.

Encarados hacia la Rúa de los Francos, el jaleo sube y las alternativas también. En el puesto de Alejandro Casielles, con las tartas y las rocas de queso. Da la sensación de que los postres tienen más peso esta vez que las dos anteriores. Lo disfruta el público de Zamora, pero también el de fuera, que agarra folletos turísticos en Viriato para saber qué ver en la ciudad del queso más allá de lo evidente. Por el camino, los negocios de hostelería anuncian ofertas especiales por Fromago mientras la Plaza Mayor empieza a ser un hervidero. Más queso y más tartas: las de Innova Chef.
«No pude dormir en el avión», se queja un tipo en francés mientras se asoma a algún stand. Le vendría bien un café, pero lo que ofrece un bar al pie de Sagasta va por otro lado: «Queso is good, cerveza is better». No es mal sitio para parar. De hecho, es buena idea coger aire antes de encarar Santa Clara y la carpa de la plaza de la Constitución, que acoge gente y productores como si no costara. «Hay tropecientas mil personas. Vienen en bandada», clama un jubilado con la costumbre algo distorsionada esta semana.
También es verdad que otros días no puede probar salchichón con frutos secos y arándanos, centenares de quesos distintos o una particular variedad de aceitunas. Incluso, ya en la Marina, una incontable cantidad de tipos de fuet «al gusto» que llegan de Girona. Hay comida de todas partes: mucha del norte, pero también andaluza. O canaria. O de Sanabria. Al cierre – o al principio, según donde arranque – otra de las galerías da a probar una selección de quesos de los Premios Cincho. Un par de mujeres se asoman a ver y una de ellas se entera, pero no le salen las palabras. «Esto es una… de eso…», titubea antes de rematar: «Para comer». Como todo en Fromago.

