Santibáñez de Vidriales es un pueblo en calma a última hora de la mañana de un martes cualquiera del mes de septiembre. Poco tráfico, poco paseante y poco ruido. Si acaso, el que hace Ricardo con la pala y la carretilla. Este hombre, de apellido Martínez, baja el material de la furgoneta y se dobla para adecentar un lugar con historia que se cuenta entre sus propiedades. El recinto en el que trabaja este vecino fue en tiempos una alcoholera, un negocio que se dedicaba a destilar brandy y coñac. Ahora, su aspecto evidencia el paso de años de abandono. Hace algunos decenios que esta industria dejó de funcionar, pero la supervivencia del inmueble es el testimonio de la arquitectura de una época.
Lo dice la asociación Hispania Nostra, dedicada a la protección del patrimonio, que hace siete años incluyó este edificio en su lista roja, la de edificaciones destacadas que se encuentran en peligro. El colectivo explica que el inmueble tiene su importancia «porque es de los pocos ejemplos del patrimonio industrial zamorano» que continúa en pie. Además, su chimenea, que sí se halla en buen estado, «es representativa de la arquitectura industrial de mediados del siglo XX».

En definitiva, Hispania Nostra considera que este edificio levantado en 1949 tiene interés. Particularmente, la ya citada chimenea, de ladrillo, cal y arena, que tiene una altura superior a los veinte metros. Su imagen constituye un símbolo para Santibáñez de Vidriales, pero la antigua alcoholera que la envuelve es una ruina. Además, carece de cualquier grado específico de protección. Su mantenimiento depende del propietario, de Ricardo Martínez, que hace lo que puede.
El propio dueño cuenta que, en su día, adquirió el inmueble para trasladar su negocio, Electrovidriales, a ese emplazamiento más céntrico, cerca de algún bar y del centro de salud. Para entonces, ya hacía tiempo que la alcoholera no funcionaba. «Lo que ocurre es que van pasando los años y, cuando te quieres poner a hacer algo, ya no te merece la pena», admite Martínez, que dejó la tienda donde estaba y que se quedó con la titularidad de la vieja industria sin uso que darle. Ahora, básicamente, lo que le genera este inmueble es faena.
Por eso, el propietario está dedicando estas semanas a actuar en el edificio. «Estaba esto lleno de enredaderas y las ramas de los árboles habían llegado a esos cables», cuenta el vecino de Santibáñez de Vidriales mientras mira hacia arriba y antes de añadir: «Lo hemos limpiado todo y hemos reparado la cerca esta para que no se caiga». En uno de los laterales del complejo llegó a venirse abajo parte de una pared. Sucedió hace unos meses, «con tanto llover». La intervención se hacía pertinente.

Lo que no está en los planes de Martínez es ejecutar una rehabilitación completa. «Eso es muy complicado y cuesta dinero», constata el dueño, que va haciendo arreglos para que el inmueble sea seguro. «Simplemente para tenerlo lo mejor posible y que lo vea el que lo quiera ver», apostilla Martínez, que reconoce que el edificio resulta llamativo por la chimenea, los rótulos «y lo que hay dentro». No en vano, en las dependencias interiores, se mantienen piezas como la rectificadora o la destiladora, ahora protegidas frente a los posibles ataques vandálicos.
Los Riesco y Exuperio Tejado
En algún momento, Martínez ha llegado a contactar con instituciones como la Diputación para ver si es posible acceder a ayudas para rehabilitar el inmueble. «Me han dicho que no hay nada y no sé dónde podría pedir algo», se resigna el dueño de la alcoholera, que en tiempos fue un boyante negocio en manos de un hombre llamado Bernardo Riesco, de San Pedro de la Viña y responsable de la compañía Riesco y Romero. Hispania Nostra aclara también que la torre fue obra de un hombre llamado Exuperio Tejado.
Ahora, los vecinos calculan que esto lleva cerrado «entre 40 y 50 años». Alguno todavía recuerda ir a comprar alguna botella que quedaba en la fábrica después de que la producción se paralizase. Hay que peinar canas para contarse entre quienes conocieron aquello. Lo que queda en 2026 es una propiedad en manos de un particular, con interés patrimonial según los expertos, pero sin protección y sin financiación. Solo la voluntad de una persona sostiene el legado industrial. Hasta que se canse o surja un lugar donde pedir ayuda.
