A la entrada del recinto ferial de San Vitero, una serie de folios con imágenes y texto sobre la puerta invita a los vecinos a «aprender a leer sus tomates». «No todas las marcas son malas noticias», advierte inicialmente el autor, que detalla a partir de ahí «las bases para un huerto sano y productivo» en la zona de Aliste. En el interior de esa misma instalación se celebra durante el domingo la segunda edición de la feria tomatera de la comarca, pero muchos de los horticultores de la zona tienen otros asuntos que atender en las tierras del entorno. Es el tiempo de la recogida y la planta no espera. Ni entiende de fiestas. Entre el final del verano y el principio del otoño, familias como las de los miembros de la cooperativa Campo Aliste dan vuelo al floreciente negocio del tomate por estos lares.
El epicentro de esa cooperativa se ubica a la entrada de la carretera que conduce al pueblo de San Cristóbal, a un paso de San Vitero. Allí, en las dependencias de un viejo matadero de carne, hay ahora cajas y cajas de tomates que van llegando desde las parcelas de los socios. Un grupo de personas – en su mayoría, mujeres – se encarga de seleccionar el producto que se descarga de los vehículos en un goteo incesante durante estas semanas. Lo cuenta la gerente del proyecto, Lara Lorenzo, que saca unos instantes para explicar el trajín que se traen por aquí «desde principios de agosto» y, presumiblemente, «hasta finales de octubre o primeros de noviembre».

La responsable de la cooperativa apunta primero que este es «el punto más alto» de la campaña. Todavía está por ver qué cantidad de kilos se recogerán en este antiguo matadero, pero lo que todos tienen claro es que los que sean «se venderán sin problemas». «Y, si se pusieran más, pues más», asegura Lorenzo, que aclara que esta es la cuarta campaña para Campo Aliste y sus catorce socios. «Aquí traen los productos, los seleccionamos, los envasamos y los mandamos», enumera la gerente, que habla en plural porque la actividad genera una docena de trabajos temporales solo para esta labor. Luego, en la recogida, cada propietario tiene lo suyo.
Lara Lorenzo remarca que los productos se venden bien en los canales de distribución de los mercados de Madrid, Barcelona, Bilbao o Sevilla. «Con eso no tenemos problema porque clientes hay muchos. Es más, no podemos abastecer a todos como ellos quieren. Nos faltarían tomates, pero no se da para más con la infraestructura actual», insiste la gerente de la cooperativa, que regresa al trabajo tras dar indicaciones para encontrar a uno de los productores: el que ha ganado el premio al rey del tomate en Aliste en la feria de San Vitero. Su nombre es Javier Ratón, comparte el proyecto hortícola con su pareja, Luisa Casas, y vive en Palazuelo de las Cuevas. Inmerso en la recogida, no ha podido ir a por el premio al ejemplar más destacado.

Desde su pueblo, el tomatero cuenta que la recogida de este año va «bastante bien». Es el segundo año consecutivo que la campaña funciona conforme a las expectativas para este productor que vive en Palazuelo, pero que tiene los terrenos en el término de Sarracín. Entre otras cosas, porque las temperaturas son más favorables en esa zona que en la localidad donde reside, según advierte él mismo. Todo hay que medirlo. Javier Ratón comenta igualmente que ya roza las 5.000 plantas de tomates, lo que le da aproximadamente 20.000 kilos de producto por curso. «Llevamos con ellos seis años, pero tres en la cooperativa, que está bien porque ya sabes que lo tienes todo vendido y por el mejor precio», analiza el alistano.
Ratón asevera que, dentro de Campo Aliste, no ha habido de momento «problema ninguno», y constata que los productos de los socios «se venden bastante». ¿Pero por qué tanto éxito? «Bueno, si lo has probado, lo sabes», ríe el productor, que habla de ejemplares con «sabor más a tomate, algo distinto». Para este vecino de Palazuelo, la ubicación y la tierra de la zona dotan al tomate alistano de un carácter especial. De ahí el impulso que está tomando la producción en forma de negocio, más allá del consumo propio. «El riesgo aquí es que lleguen pronto las heladas. El año pasado vino una en octubre y fue jodido», admite el cooperativista.

También hay otro aspecto que conviene tener en cuenta: la campaña viene cuando viene y da faena. «Nosotros lo llevamos entre la familia, porque están mi mujer, mi madre y mis suegros. A mí no me importaría coger a una o dos personas de fuera si pudiera, pero es que tampoco encuentras», lamenta Ratón, que recuerda que esta es una temporada de momentos. Y el de ahora exige estar. Eso sí, luego sale rentable. En su caso, lo suficiente para que su pareja no tenga otro empleo fuera. Él sí trabaja en otra cosa y se multiplica para atender los tomates: desde la plantación en mayo hasta el final de la recogida ya entrado el otoño.
Antes de despedirse, Javier Ratón admite que la sensación que existe desde fuera es cierta: «Cada vez hay más gente poniendo tomates». El motivo es evidente: «Si se siguen vendiendo…». Y los de Aliste se venden muy bien.
