A la una de la tarde del primer día de cole, dos madres esperan en la puerta del centro educativo de Villar del Buey, estratégicamente ubicado al pie de una zona deportiva y un parque. Al momento, las mujeres reciben a sus hijos y la maestra echa la llave. Ya no queda nadie más por salir. Aracelis Hernández se lleva a Angélica, que acaba de estrenarse en cuarto de Primaria, y Liliana Vila hace lo propio con Ismael y Lía Isabela, que este curso afrontan segundo de Primaria y segundo de Infantil respectivamente. Eso es todo en este pueblo de Sayago: tres alumnos en total, el mínimo estipulado por la Junta de Castilla y León para que los colegios puedan seguir abiertos. Esa circunstancia ya convierte a esta escuela en un lugar especial, pero la procedencia de los niños añade un ingrediente extra.
Las dos madres y los tres niños vienen de Cuba. Las familias no se conocían previamente, sino que coincidieron ya en Villar del Buey, un pueblo sayagués de 214 vecinos donde fueron a hacer la vida a miles de kilómetros del hogar. Ahora, los hijos comparten aula al tiempo que salvan del cierre a la escuela del pueblo. Solo con que uno de los pequeños se matriculase en otra parte, el cole tendría que echar la llave. Si ellos continúan aquí, la supervivencia del centro estaría garantizada, al menos, durante este curso y dos más, hasta que Angélica tuviese que marcharse al instituto.

La madre de esa niña, Aracelis, cuenta que su hija se pasó varios días llorando cuando vio amenazado el futuro del centro hace unos meses, antes de que Liliana y su familia aterrizasen en Villar del Buey. «Ella ya lleva cuatro cursos en esta escuela y está muy feliz con su profesora. En general, la atención de los maestros es genial», apunta la mujer, que aclara que, de los chavales del año pasado, uno tenía que irse a enseñanza especial y el otro comenzaba ya el instituto. La situación era más que límite hasta que aparecieron estos «dos niñitos» llamados Ismael y Lía, que danzan con Angélica por el parque mientras sus mamás cuentan la historia.
«Aquí los niños tienen la atención para ellos solitos y eso es espectacular», insiste Aracelis, mientras Liliana incide en la preparación del profesorado y en la tranquilidad del pueblo en general. Eso, lo de la calma de Villar del Buey, tiene el aprecio compartido de las dos madres, que perciben este lugar como un espacio favorable para su desarrollo vital y para el crecimiento de sus hijos. Aracelis lo compara ahora con la etapa inicial en Zamora ciudad y subraya principalmente el cambio a mejor de las circunstancias de Angélica. Por la parte adulta, antes de venir, su marido ya trabajaba por la zona. Luego, ella pudo incorporarse a la residencia del pueblo.

En el caso de Liliana y los suyos, el primer destino después de Cuba fue Costa Rica y, más tarde, ya directamente Villar del Buey, hace solo unos meses. Para este núcleo, esa mudanza tan específica a un pueblo de Zamora fue algo diseñado previamente, pues su suegra ya trabajaba en la localidad. «Vinimos para acercarnos a la familia», constata la mujer que, como su compañera, vería positivo contar con más alumnos en la escuela de sus hijos: «Sería bueno que viniesen más niños para acá, pero así están aprendiendo a convivir con varias generaciones y se llevan bien», apostilla.
Intención de seguir
En este, como en otros centros en el mínimo o con apenas un puñado de alumnos, se da la circunstancia de que los niños y niñas pueden no compartir curso con nadie más. Para estas madres, sería favorable que eso cambiara, pero tampoco imprescindible. Ambas transmiten su intención de seguir en Villar del Buey mientras puedan. En el caso de los hijos de Liliana, necesitarían la llegada de nuevos alumnos para poder continuar en la escuela cuando Angélica se marche a hacer la Secundaria. Con dos no es suficiente para sostener el colegio.
Mientras las madres hablan y los niños juegan, el cartero entrega un paquete y la maestra se marcha hasta el día siguiente. Todavía hay vida por aquí. «Ojalá se animaran más personas a llenar el pueblo», remacha Aracelis, antes de aclarar que las dos familias proceden de distintas partes de Cuba: una, de Camagüey; la otra, de la zona de Guantánamo. Han venido a encontrarse en Sayago y a salvar, con sus hijos, el cole de un pueblo.
