Todo era distinto en aquellas tardes de junio en las que la realidad y el sueño se entrelazaban. Todavía aparecen nítidas en la mente las imágenes de Fermín Sobrón antes del partido en casa contra el Sabadell: su rugido entre la humareda roja. También las de Adrián Bolo vestido con una camiseta blanca vintage del Zamora CF para dar aliento, junto a otras 8.000 gargantas, en la que fue su casa. Ese día, los rojiblancos salieron del Ruta de la Plata con ventaja antes de la última parada previa al ascenso a Segunda. Luego, en la Nova Creu Alta, se escapó la oportunidad. En esa noche funesta, dentro de una sala de prensa catalana con aroma de velatorio para los visitantes, Óscar Cano auguró continuidad. Pero sus palabras volaron pronto.
Muchos jugadores se marcharon y el proyecto de la 25-26 se quebró. Podrá ser mejor el nuevo, todavía está por ver, pero desde luego ya es otro. Tres meses después de aquel día de la humareda roja, Fermín Sobrón juega en el Logroñés con Adrián Bolo. Y los dos salieron del Ruta de la Plata este domingo con tres puntos bien ganados ante un equipo rojiblanco que extrañó la jerarquía. Lo citó explícitamente, en otra sala de prensa tristona, el mismo Cano, que habló de «tres o cuatro jugadores» que conseguían que se jugara a «lo que ellos querían». A dos les puso nombre: Markel Lozano y Kike Márquez.
No continúan ellos. Ni el propio Fermín. Ni Mario García. Ni Miki Codina. Ni Abde. Ni Erik Ruiz. Tendrán que ser otros los que den la mano a Ramos, Losada o Luismi en el camino hacia la conjugación de otro verbo que Cano repitió con insistencia: «competir». No ha sabido hacerlo bien el Zamora CF en los dos primeros días del nuevo curso. Ambos en casa. Ante el filial del Athletic, rescató un punto; frente al Logroñés, ni eso. Y la exigencia autoimpuesta de la propiedad es el ascenso directo. Si ese ha de ser el destino, conviene empezar a caminar a buen ritmo cuanto antes.
Con ese telón de fondo, la empresa que tiene ahora por delante Cano con el equipo es lograr que la finura que se les intuye a algunos futbolistas como Izan Yurrieta, Fabi o Pau Mascaró, por citar tres ejemplos, se transforme en acciones facturadas; no tanto en el aprecio efímero de la calidad de un control, de un regate o de un pase al pie. El Zamora tendrá que ser, además, un equipo más compacto que el de este domingo, cuando pareció romperse en cada tirón del Logroñés. Los riojanos se pertrecharon bien en su campo y fueron dañinos cuando correspondió. Los rojiblancos, en cambio, se aturullaron a veces, se desordenaron otras y concedieron demasiadas.
El panorama desilusiona a la parroquia por las expectativas creadas tras la intentona cercana del año pasado y las promesas de este, pero también por el desempeño del grupo nuevo en una pretemporada que, otra vez más, ha resultado ser poco provechosa para adivinar por dónde podían ir los tiros del arranque de la campaña. Superados dos partidos de los de verdad, los jugadores del Zamora CF aún dan la sensación de comportarse como extraños. Sin mucho margen para conocerse, les toca empezar a sumar puntos. De eso va la historia.
