Esta es la historia de un viaje con varios capítulos. Primero, el de una familia; luego, el de Carolina en solitario; y, más tarde, el del núcleo que ella misma formó en su vida adulta a miles de kilómetros del punto de partida. Pero no nos adelantemos. Los relatos se cuentan desde el principio. Y el inicio aquí hay que buscarlo antes incluso de que la protagonista naciera. Allá en los tiempos del éxodo rural, cuando Zamora vio marchar a tantos hijos de la tierra, una joven de Villaveza del Agua decidió irse a hacer la vida a Barcelona. En Cataluña, conoció a un hombre de la provincia de Palencia con una historia similar: la del adiós a la patria chica en pos de la prosperidad. Se casaron.
En el seno de esa familia nació poco después Carolina, de apellido Martín, ya catalana, pero irremediablemente vinculada a Castilla y León. Sobre todo, a Villaveza del Agua, el pueblo de los abuelos maternos y el hogar de sus agostos. De niña, esta mujer que ya ha cumplido los 43, viajaba para la fiesta del pueblo, de las tempranas en el mes de las jaranas rurales, en un Seat 127 en el que la familia hacía 800 kilómetros de ida. Los mismos que de vuelta cuando había que afrontar el inicio del curso. Fue en esas vacaciones recurrentes en la provincia cuando esta mujer ganó el arraigo. Y no lo perdió nunca, a pesar de la distancia.

Ya en la juventud, la historia de Carolina se aproximó puntualmente a la tierra familiar gracias a una beca Séneca en Salamanca. Pero la vida echó pronto a rodar para ella, en el camino de su formación como terapeuta ocupacional: Lleida, Pamplona, Vitoria y, finalmente, Chile. En el año 2017, y después de una experiencia temporal en 2015, esta mujer catalana con orígenes zamoranos y palentinos se abrió al mundo, cruzó el océano y se plantó en el país sudamericano. Gracias al paréntesis citado poco tiempo atrás, ya conocía a un hombre llamado Míchel Toledo. Se casaron.
La nueva vida de Carolina arrancó entonces allí, primero en Santiago y más tarde en la ciudad de la familia de su marido, en un lugar llamado Punta Arenas, al sur del continente: un sitio frío y aislado. Pero un hogar. En 2019, la protagonista de esta historia se quedó embarazada de un niño llamado Arnau; dos años más tarde, de otro varón: Biel. Todo iba rodado, pero la idea de retornar a España nunca se borró de su cabeza. A pesar de tener una posición cómoda en Chile. «Envejecer allí es muy difícil», justifica la mujer, que habla de unas pensiones bajas y de gente muy mayor trabajando aún por no poder jubilarse. No se quería ver así, pero tampoco se decidía.
Hasta que lo hizo: «Vas pensando en el futuro, pero lo vas alargando. Lo que ocurre es que mi padre falleció en noviembre y mi madre se quedó más sola. Además, pensamos en volver para darles mejores posibilidades a ellos», explica Carolina, mientras observa a Arnau y a Biel. «Allí hay una buena educación, pero toda privatizada», aclara Carolina. Míchel y ella pagaban 300 euros mensuales por la escolarización de sus hijos en un país donde el sueldo medio es de 900. «En general, los servicios públicos son peores», añade la madre de familia, que acabó por convencer a su marido para dar el paso: vuelta a España.

¿Pero dónde? Para una mujer que había vivido en tantos lugares, el abanico de opciones era amplio. Pero no hubo dudas: había que regresar al lugar donde comienza esta historia, a la provincia de Zamora. Aprovechando también la presencia de su madre, Carolina montó una nueva vida para los suyos en Benavente. Y allí viajaron todos a finales de agosto. Míchel regresará unos meses a Chile, pero volverá para quedarse. Y los niños ya están matriculados para seguir con sus estudios en el colegio Virgen de la Vega.
«Yo lo tuve claro. Estar aquí va a ser lo mejor para los chicos y vamos a tener una mejor calidad de vida», remarca Carolina, que ahora está inmersa en un proceso de papeleos y de búsqueda de empleo. De momento, ya tiene uno temporal, para un mes. Pero aspira a conseguir algo más fijo. Tiene opciones de lograrlo, habida cuenta de que su perfil se demanda por la zona, como cualquiera del sector sociosanitario. La familia también podrá acogerse a algunas ayudas de la Junta por retornar a Castilla y León. Como hija de los que se fueron, pero con las raíces aquí al fin y al cabo.
La integración de los niños
Mientras Carolina lo explica todo, sus hijos corretean por la calle primero y por el bar después. Los dos llevan camisetas de fútbol: uno la de la selección de Chile con el «8» de Vidal y el otro la de Fernando Zampedri del Universidad Católica de su país. «Les ha dado por ahí con el Mundial. También estamos haciendo la colección de cromos de LaLiga», revela la madre, que confía en que por esa vía del deporte o por otra los niños se integren bien. «Se adaptan a todo. Yo creo que si nos hubiésemos ido a China, también», ríe la mujer, antes de que su marido exprese el deseo de integrarse bien en el mundo laboral cuando le toque venir para quedarse. Será un poco más adelante.

De momento, la historia de la familia se irá construyendo con Carolina y con sus hijos en Benavente, al pie del pueblo del que marchó su madre para buscar la prosperidad. Ahora, ella cruza de vuelta el océano para encontrar el futuro en la tierra de la que tantos se fueron a partir de la segunda mitad del siglo XX. Las cosas de la vida.
