Castromil, municipio de Hermisende, mediados de septiembre de 2024: el fuego avanza por un término plagado de castaños que perecen entre las llamas. Mientras, los vecinos, ya apurados por el fuego, aguardan ante las casas para proteger sus bienes frente a un incendio «con mucho, mucho, mucho peligro». El pueblo se defendió a duras penas, pero los árboles y los pastos acabaron calcinados. Fue una más. Otra de tantas. Más grave, quizá, pero en la línea de lo que sucede en los últimos años por la zona. Hay algunos que prenden y muchos que sufren, sobre todo cuando pasa agosto, «el terreno se seca» y el daño potencial aumenta. Son las semanas del desasosiego por estos lares.
Lo cuenta el alcalde de Hermisende, Jesús González, que está al frente de un municipio que ha registrado treinta fuegos solo desde 2019: de ellos, al menos 23 figuran en la estadística como intencionados. El último, en este agosto, también lo fue, según explica el regidor. Las llamas de hace unas semanas obligaron a desalojar Castromil y San Ciprián. «Pasó algo más pronto de lo que esperábamos», afirma el responsable municipal, que insiste en que septiembre siempre es «un mes nefasto» por los fuegos. Ahora, de hecho, temen que la historia se repita.

¿Pero qué es lo que sucede por aquí para que el panorama sea ese? González menciona a un grupo de personas que quiere «hacer daño» por la contorna. Según el alcalde, se trata de gente que vive al otro lado de La Raya con Portugal, pero cerca de la frontera con Hermisende. «Sabemos de sobra quiénes son. Yo y mucha gente», aclara el regidor, que lamenta que la única posibilidad de frenar sus acometidas es «pillarlos con las manos en la masa».
Según Jesús González, se trata de «gente mala, envidiosa, que no tiene nada que perder y que actúa por maldad». Los vecinos son conscientes y, por tanto, también la Guardia Civil y la policía portuguesa. Lo que ocurre es lo de siempre: los pirómanos se vuelven escurridizos y no es sencillo cazarlos a tiempo. Algunos de los incendios registrados en la zona comienzan de madrugada y en zonas agrestes. «A lo mejor estoy hablando contigo ahora y salta un fuego», pone como ejemplo de lo aleatorio del asunto el alcalde, que pide alejar el foco de los que prenden, por la dificultad para meter mano por ahí, y centrarse en hacer una gestión del monte que impida que las llamas corran.
En esa línea, González se plantea tomar medidas de forma proactiva, como escribir cartas a algunos ayuntamientos de Castilla y León también afectados por incendios con el objetivo de convencer a la Junta de que hace falta tocar el modelo para ser más efectivos. «Aquí, toda la vida se hicieron quemas en invierno y eso ayudaba a apagar los fuegos del verano», apunta el alcalde de Hermisende, en línea con lo que señalan sus vecinos, que insisten en reclamar un trato particular para un terreno con un clima y con una orografía muy diferentes a los de la meseta.
«Hasta hace unos años, jamás un incendio empezó en Moimenta y llegó a Lubián», advierte González, que cree que el cambio climático influye, pero que pone el foco, sobre todo, en la continuidad del combustible: «Cuando yo era niño, nadie venía aquí a apagar los fuegos», afirma el alcalde de Hermisende, que insiste en que las estrategias de los propios vecinos servían. Ahora, la acumulación de factores en contra pone mucho más en riesgo a las localidades.
«Mi opinión es que tenemos que centrarnos todos y conseguir que la Junta vea que, en algunas cosas, vamos por el camino equivocado», desliza Jesús González, que lamenta que las enseñanzas de los grandes fuegos de la Culebra «parecen no haber servido para nada». «Cuando tienes un pirómano, el día a día es de mucho riesgo, pero estoy seguro de que hace años se habría quemado menos que ahora», remacha el dirigente local, que encara septiembre con la inquietud que siempre le sobreviene en las últimas semanas previas al frío.
