A quien pasee estos días por la calle de San Torcuato quizá le sorprenda ver algo más de gente. Es lo que traen los primeros días de septiembre, el final del verano y el comienzo del nuevo curso. A quienes no caminan tan a menudo por ella, y cuando lo hacen, acostumbran a ver qué hay de nuevo en los escaparates, seguro que les han llamado la atención los carteles que lucen desde hace una semana en las cristaleras de los locales que aún se mantienen abiertos. En suma, no son pocos, y es que, aunque pueda dar la impresión de que muchos negocios han cerrado, aún son bastantes los que luchan cada día por levantar la persiana para mantener con vida la calle. Los carteles anuncian la fiesta del comercio de San Torcuato, que será este sábado. Una actividad de pura reivindicación.
San Torcuato está llena historias de relevo generacional y de constante adaptación. Montar o mantener un pequeño negocio no es tarea sencilla. Como cuentan quienes siguen al pie del cañón, la mayoría de los locales son bajos de gran superficie que requieren importantes inversiones en obras. Más allá de los precios de alquiler, no hay quien asuma fácilmente esos gastos de entrada sin una buena dosis de valor. Y quien a duras penas logra sobrevivir al empuje de las tiendas online y las grandes franquicias es porque no se ha «cansado de intentarlo». Y las cosas, al final, salen.
Ahí está el caso de Cristina Herrán, al frente de la tienda de ropa Serendipia, quien no dudó en trasladarse desde Santa Teresa hasta San Torcuato en plena pandemia, apostando fuerte en momentos de máxima incertidumbre. O el de Mabel García, que lleva tres décadas en su quiosco, con la misma vitalidad que el primer día, viendo evolucionar esta arteria comercial y manteniendo el pulso gracias a esa prensa diaria que acuden a buscar fielmente los vecinos más mayores. Con 55 años de trayectoria, la Zapatería Marymar es una de las pocas supervivientes de una rúa que, en sus años dorados, fue principalmente una calle de calzado. Ahora solo quedan tres.

Esa misma constancia se respira en Egido, donde llevan nada menos que 51 años vistiendo, principalmente, a hombres. Su secreto para mantenerse vivos ha sido la especialización, «una atención personalizada para un perfil muy concreto, principalmente hombres de edad adulta y vecinos que bajan por las mañanas desde los pueblos buscando un producto determinado y de calidad», dicen en la tienda. Aquí, vivieron la transformación del centro cuando el auge de las franquicias arrinconó al comercio local hasta hace un cuarto de siglo. Hoy, el futuro de Egido se escribe con continuidad: el relevo pasa de Jesús Egido a su hijo Javier quien, tras estudiar Ciencias Políticas, asume el timón con la idea de preservar el negocio familiar.

Junto a los más veteranos, la calle también se renueva con propuestas como la de Ariel Sosa y María Eugenia Romero, quienes al frente de El Caserito, su negocio especializado en empanadas argentinas, buscan hacer de su pequeño espacio un pedacito de su ciudad natal. Llegaron desde Málaga motivados por la historia familiar de él y, tras evaluar si eran capaces de adaptarse al frío de la meseta, decidieron apostar todo lo que tenían en este proyecto. Un negocio que, a día de hoy, reconocen que ha sido la aventura más importante de sus vidas.
Frente a las franquicias y el comercio online, el corazón comercial de la calle San Torcuato se mantiene vivo gracias al coraje de sus comerciantes. Entre la tradición de los negocios históricos y la valentía de quienes abren nuevas propuestas, esta emblemática calle demuestra que el comercio de cercanía no solo se adapta a los nuevos tiempos, sino que sigue siendo el verdadero motor del centro urbano de la ciudad.

