
Ceuta nos recuerda que la política exterior, la soberanía nacional y la cuestión migratoria no admiten ni consignas fáciles ni sentimentalismos de ocasión. Lo primero es llamar a cada cosa por su nombre. Quienes cruzan la frontera no son un ejército invasor: son personas, muchas de ellas empobrecidas, desesperadas y convertidas en material fungible de una estrategia de presión por parte de la despreciable monarquía alauí. Confundir al instrumento con quien lo instrumentaliza es una nefasta forma de ceguera política.
La responsabilidad debe dirigirse hacia el régimen marroquí. La magnitud de la entrada irregular de finales de julio y los antecedentes de utilización de los flujos migratorios como mecanismo de presión obligan, como mínimo, a contemplar seriamente una estrategia de presión híbrida mediante la instrumentalización del pueblo marroquí por parte de sus propios gobernantes. Rabat conoce perfectamente el valor geopolítico de Ceuta y Melilla y sabe que puede convertir la desesperación de su propia población y del resto de migrantes que atraviesan Marruecos en una palanca diplomática contra España. Todo ello mientras el sátrapa Mohamed VI mantiene una privilegiada inserción en el dispositivo estratégico de Washington y una creciente cooperación con el estado terrorista de Israel.
La respuesta de la izquierda española ante esta situación debe defender la humanidad y la solidaridad. Humanidad significa garantizar alimento, atención sanitaria, protección a los menores y trato digno a quienes han sido utilizados como carne de cañón mientras estén en suelo español. Solidaridad significa que la vulneración de la soberanía nacional en Ceuta es un problema del conjunto del país: Defender su seguridad, su estabilidad y su condición inequívocamente española es una obligación colectiva, y su defensa no debe emplearse como un arma política a utilizar de forma partidista, como están realizando de forma execrable tanto Partido Popular como Vox contra un gobierno languideciente que, una vez más, no ha sabido ni está sabiendo estar a la altura de las circunstancias.
Tampoco sirve el buenismo «progre» que convierte cualquier reflexión sobre fronteras, inteligencia o defensa en una sospecha moral. Un Estado democrático necesita servicios de inteligencia eficaces, capacidad de anticipación y unas Fuerzas Armadas plenamente dotadas para disuadir y responder ante agresiones contra su soberanía. Eso no equivale a militarizar la sociedad ni a llamar “invasores” a seres humanos desarmados. Significa entender que la paz y la defensa de la soberanía requieren capacidad material para preservarlas en todo momento –si vis pacem, para bellum-.
Quizá uno de los síntomas más preocupantes de nuestro tiempo, todavía más palpable en este tipo de coyunturas, es precisamente la práctica desaparición de una corriente de opinión marxista reconocible en la izquierda española capaz de formular análisis materialistas. El progresivo borrado político y discursivo de Izquierda Unida, tras subordinar voluntariamente buena parte de su tradición propia a Podemos -en aquel nefasto «pacto de los botellines»- y a las sucesivas escisiones y recomposiciones del espacio «woke» posmoderno -el Sumar de «Yolandemos»-, ha dejado huérfana a una otrora sólida perspectiva que durante décadas intentó interpretar la realidad desde categorías materialistas: clase, estado, soberanía, relaciones internacionales y correlación de fuerzas. Con demasiada frecuencia, el análisis de las contradicciones concretas ha sido sustituido por un vocabulario moralista, identitario y puerilmente emocional que permite denunciar tibiamente las consecuencias, pero dificulta o imposibilita comprender las causas de fondo para formular soluciones concretas. Recuperar una izquierda con pensamiento, voz y capacidad de acción propias exige, también, recuperar esa capacidad de analizar el mundo sin complejos, sin consignas posmodernas y sin temor a afirmar que la defensa de la clase trabajadora -nativa o extranjera-, de la soberanía y de la paz pertenece igualmente a nuestra tradición política.
Y, por otro lado, resulta fundamental combatir, ante todo, a quienes pretenden convertir cada crisis nacional en combustible electoral. Como ejemplo Vox -centrándonos en este caso en el plano local, en su sucursal zamorana- una vez más muestra su empeño en enturbiar la política municipal siguiendo disciplinadamente el argumentario de su dirección nacional. Resulta llamativa su iniciativa coyuntural respecto a la cuestión ceutí cuando su presencia en debates estrictamente municipales, incluido el presupuestario, es habitualmente raquítica -por no tildarla de inexistente- y huérfana de propuestas concretas.
La política municipal, si de verdad está motivada por una voluntad de transformación, exige trabajo, conocimiento de los expedientes administrativos y presencia y propuestas, no consignas teledirigidas.
Si sus votantes zamoranos conocieran quiénes están realmente a los mandos, les saldrían a deber los votos. Lástima que la política municipal muchas veces se vea salpicada por el filón de la política nacional y no por la realidad humana de quienes la componen, aun de forma ornamental.
Humanidad y solidaridad no son, por tanto, dos palabras que deban encontrase vaciadas de su contenido material, sino dos exigencias inseparables de una política digna y a la altura de las circunstancias. Humanidad para no convertir a quienes huyen de la miseria en enemigos, ya que no podemos olvidar que nuestros bisabuelos y abuelos tuvieron que migrar para buscar una vida mejor -bien lo expresó Valderrama en su copla; adiós mi España querida-. Solidaridad para comprender que la defensa de Ceuta, de su población y de nuestra soberanía nacional es una responsabilidad común. Sin duda hay que sostener ambas cuestiones al mismo tiempo: proteger al débil sin renunciar a proteger el país; combatir el racismo y los pogromos alentados por la extrema derecha sin caer en el buenismo «progre» respecto a las fronteras; defender la paz sin desarmarse política, diplomática ni materialmente. Frente a los regímenes que utilizan a los seres humanos como instrumentos y frente a los partidos que explotan su sufrimiento como mercancía electoral y para fomentar el racismo, el odio y la división, solo cabe una respuesta firme: humanidad y solidaridad entre los pueblos, determinación política frente a quienes pretenden utilizarlos y someterlos.
