En el verano de 2025, el incendio de Porto puso contra las cuerdas al operativo de extinción, a los pueblos y a los animales que pueblan en este tiempo la amplia sierra que circunda la comarca. El fuego se apagó y las localidades se salvaron, pero parte de la cabaña ganadera pereció. «Tuvimos una pérdida muy grande. Se murieron unos 40 ejemplares entre vacas y terneros», cuenta, un año más tarde, Fernando Antonio García Diéguez, un profesional de esta zona zamorana de As Portelas que tiene historia para contar sobre este y otros sucesos relacionados con las llamas. Cada poco hay un susto; de forma demasiado recurrente, un daño doloroso.
Pero volvamos primero a lo de 2025. «Hubo algunas vacas que quedaron allí abrasadas completamente y otras que intentamos recuperar luchando con el veterinario, pero no pudimos», lamenta Fernando, que aclara que el humo y el fuego causan lesiones «muy difíciles de recuperar». En aquellas semanas del año pasado, el ganadero tenía en la sierra más de 200 animales, «como ciento y pico» de ellos en la parte alta, en una zona que les exigía un viaje a pie de tres horas entre ida y vuelta. No era sensato arriesgarse. «Era un peligro, teníamos que ser conscientes de que no se podía hacer nada», admite ahora el afectado, que llegó a pensar que morirían más. Muchas pudieron salvarse «casi de milagro».
Ahora, en esa misma zona, se han hecho unos caminos para acceder mejor a la sierra con los vehículos. Para que no vuelva a pasar. A él ya le sucedió, pero aún así agradece el esfuerzo. Poe experiencia, sabe que padecer un fuego un año no te exime de sufrirlo el siguiente. Esa inquietud permanece mientras Fernando aún se lame las heridas del pasado. «Las pérdidas las tienes ahí y hay que volver a recuperar ese ganado. Nosotros estamos en una asociación y tenemos unos compromisos quinquenales de mantener la raza autóctona», remarca el afectado, que cuenta con una explotación de la alistana-sanabresa.
Eso le ha obligado a comenzar enseguida con la cría en la propia explotación, a la vista de que «no es fácil encontrar en venta este tipo de animales». «A eso hay que añadir que estamos en ganadería ecológica, que tiene un mercado específico», abunda Fernando, que se ha visto con «mucho trabajo y mucho coste» en este último año. «Y después te quedas muy tocado», apostilla el ganadero, al tiempo que advierte que hay cosas que «no se pagan con dinero». «No se va de la cabeza ver así a los animales y saber que no pudiste hacer nada por salvarlos. Llegar allí y encontrar solo cadáveres es algo que ni he olvidado ni voy a olvidar nunca. Me dejó muy marcado», asevera.
A ese mal recuerdo, Fernando añade también la angustia de vivir en una zona con incendios recurrentes. En su hogar, en el municipio de Hermisende, el fuego asoma cada poco. Este mismo verano ha habido varios, uno de ellos de nivel dos que exigió otra vez el desalojo de su localidad, Castromil: «Estamos ya completamente desbordados», lamenta el ganadero, que recuerda que el fuego de Porto de 2025 comenzó con la caída de un rayo, pero que los focos que aparecen en su pueblo tienen otras causas. «Estamos hablando ya de terrorismo, de gente que se dedica a prender para hacer daño», alerta el profesional, que llama «desalmados» a quienes actúan así por no usar otras palabras.
«Es que no puedes tener ganado en el monte ni nada», clama el vecino de Castromil, que en este último fuego se ha visto castigado también en su faceta como apicultor: «Pasó el fuego por tres colmenares y uno de ellos quedó muy tocado por el calentón del humo. Teníamos la miel sin sacar y todo», destaca Fernando, que constata que las pérdidas son cada vez más grandes en el municipio de Hermisende: «Tenemos incendios todos los años, algo hay que hacer porque esto no puede ser. Es algo seguido, seguido, seguido y la gente está muy cansada», señala el profesional, que pone el acento igualmente en los desalojos que traen aparejados los incendios más graves y en la zozobra que generan entre la población mayor.
El sinvivir y los castaños
Fernando habla aquí de prevención, de limpieza y de vigilancia; de medidas para que el fuego, si llega, «sea más fácil de controlar». Como mucha gente por la contorna, el ganadero estima que en esta parte de la Alta Sanabria debería haber actuaciones distintas; más quemas en invierno «como hacían los antepasados». «Nos parece la única solución», afirma Fernando, que es consciente de que puede acceder a ayudas cuando se le queman los bienes, pero que subraya que, al final, «siempre se sale perdiendo». En lo económico y en lo demás: «Te quedas con la tensión. Es un sinvivir con el fuego», lamenta.
Este ganadero es uno de esos profesionales que se mueve por toda la zona. Su residencia está en Castromil, pero el ganado bovino pasa seis meses en Porto. Su proyecto está vinculado a otras dos explotaciones más y, en total, las tres suman cerca de 400 cabezas. A eso hay que añadir las colmenas y algo que Fernando menciona al final: los castaños. En los fuegos de 2025, este propietario perdió árboles de más de veinte años que «estaban en plena producción» y terminaron «carbonizados». «Eso tarda mucho tiempo en crecer cuando los plantas de nuevo. Se te quitan las ganas porque todos los años tenemos la misma situación», remacha el afectado, que habla por los vecinos para concluir que, por aquí, «la gente está aburrida» de este enfrentamiento permanente con las llamas.
