Administradora educativa, especialista en Gestión Publica y exconcejala en su Colombia natal, ella es Beatriz Barbosa y, a sus 56 años, su relato es el reflejo de las miles de personas que migran por la necesidad de garantizar un futuro digno. Su historia, que ahora sigue en Zamora como trabajadora de Cáritas, comienza en el departamento de Vichada, en el oriente colombiano, donde ejerció la política entre 2008 y 2011 como concejala del municipio de La Primavera. Siempre entendió el cargo público como «la herramienta para servir y ser la voz de los vulnerables», pero decidió retirarse cuando la corrupción sistémica amenazó sus valores.
Después, la vida la golpeó sin previo aviso cuando inesperadamente el padre de su única nieta y pareja de su hija falleció en un accidente laboral. Entre el duelo y las dificultades económicas de su país, Beatriz se hizo cargo de la casa y decidió moverse para salir adelante. Tras un breve paso por Chile y trabajos en el archivo municipal del Meta (otro departamento colombiano), emprendió junto a su hija en un pequeño negocio de comida que prosperó con rapidez. Sin embargo, en 2024, el municipio fue catalogado como «zona roja», un territorio donde mafias y grupos armados al margen de la ley siembran el miedo mediante extorsiones a cualquier comercio, por modesto que sea. «Siempre tuve claro que no cedería a las extorsiones; el día que me pidieran dinero no les iba a dar porque no es justo», recuerda Beatriz.

Manteniéndose fiel a sus principios, Beatriz decidió ceder la gestión del pequeño establecimiento a su hija y emprender el viaje a España. Tras ese varapalo, la mujer decidió cruzar el Atlántico y llegó a Madrid, pero debido a las dificultades para encontrar trabajo se movió hacia Extremadura, donde cobrar «en B» por un empleo le permitió saldar las deudas del pasaje y enviar dinero a su familia. Eso sí, sin papeles y en un contexto en el que la falta de cobertura legal pesaba sobre su tranquilidad.
Tras intentar asentarse sin éxito nuevamente en Madrid y Cataluña debido a los elevados costes de vida, el 1 de enero de 2026 una amiga de la infancia la acogió en Zamora. Aquí consiguió un trabajo cuidando a una mujer mayor y, combinando su modesto ingreso con la asistencia diaria al comedor social de la Casa de Acogida gestionada por Cáritas Diocesana, pudo mantenerse y comenzar con el proceso de regularización habilitado poco después por el Estado. «Una entiende que hay familias que necesitan cuidados y de verdad no les alcanza para pagar un contrato ordinario, pero no se siente bien sabiendo que está al margen de la ley», confiesa.
El proceso de regularización
La colombiana se introdujo más en Cáritas a través del Programa de Inmigración. Isabel Sampedro, técnico del servicio de orientación, fue quien la contactó para guiarla en el proceso de regularización extraordinaria abierto entre el 16 de abril y el 30 de junio de 2026. Los requisitos requerían una permanencia previa de cinco meses continuados antes del 1 de enero de 2026 y un certificado de delitos penales limpio. Fue un proceso tedioso, cuenta, pero finalmente el 19 de mayo se lograron presentar todos los documentos y el 30 de junio se le concedió la autorización provisional de residencia y trabajo.
Sampedro insiste en la necesidad de matizar el discurso social respecto a los migrantes y desmentir el argumento del «efecto llamada»: «Para acogerse a esta regularización extraordinaria debías estar en España antes del 1 de enero de 2026. Quien llegó después se quedó fuera. No ha sido un proceso masivo e indiscriminado, sino exhaustivo para dar cobertura legal a quienes ya estaban conviviendo e integrados en nuestras ciudades», explica la técnico de Cáritas.
Tras la concesión del permiso provisional, Beatriz ha firmado un contrato en el servicio de inserción de Cáritas, orientado a ayudas a los mayores de 50 años con perfil de vulnerabilidad social. Eso le permite cotizar y ejercer un empleo digno.
Ahora, Beatriz mira al futuro con la esperanza de volver a juntar a su familia en la ciudad. Frente a todas las personas que cuestionan y reniegan de la población inmigrante, su respuesta es firme: «No venimos a quitarle nada a nadie; venimos a aportar desde donde nos den espacio. Queremos que a España le vaya muy bien y progrese, porque si al país le va bien, a todos nos va bien.» Si pudiera retroceder en el tiempo y hablar con la mujer que dejó Colombia, Beatriz Barbosa comenta que solo le regalaría un consejo: «Que no tenga miedo».
