Son los días del retorno. Lo dicen las televisiones y las radios; lo advierten también las autoridades. Durante los últimos restos de agosto, la gente de las ciudades que quedaba desperdigada por la España rural vuelve masivamente a sus casas. Precaución en las carreteras, recuerdan las declaraciones de los políticos y los carteles de las autovías. Vuelta a la normalidad, piensan los que se quedan mientras los sentimientos se agolpan. En las inmediaciones de esos lugares que hace unas semanas eran destino y ahora funcionan como origen de los desplazamientos, las calzadas secundarias ven pasar los coches rumbo a la salida. En la dirección de entrada apenas aguantan ya los de siempre, tipos que transitan estas vías casi de memoria. Hablamos de hombres como Manolo Sánchez, que echa el último sábado de agosto en Santa Eufemia del Barco.
A la una menos veinte de la tarde de este día 29, Manolo coloca varias cajas con ropa bajo el porche de un edificio municipal situado cerca de la carretera que atraviesa el pueblo. Allí espera a los clientes. De fondo, este vendedor de Fonfría escucha un debate sobre el problema de la vivienda en España, un asunto también de actualidad en la Zamora rural. Aquí, la gente busca alternativas y se topa muchas veces con inmuebles cerrados. Pero esa es otra historia. La de este alistano va de un ambulante que se mueve de localidad en localidad para despachar su género en un viaje recurrente, y en ocasiones ingrato, por las tierras de su comarca y de la Tierra de Alba.

«Ahora esto pasa de estar lleno de gente a quedar los justos, claro, los de plantilla», apunta con una sonrisa el vendedor, que lleva algunos días percibiendo que el pico de vecinos pasó. De la semana del 15 de agosto en adelante, la tendencia es descendente. Cuando asome septiembre, muchas persianas ya se habrán bajado. Unas cuantas cerrarán este fin de semana, aunque las lluvias de los días previos habían adelantado algún adiós. Luego, quedarán todavía los vecinos de temporada más larga, generalmente jubilados que resisten hasta el Pilar o hasta los Santos. Y a partir de ahí, el invierno.
Manolo Sánchez explica que un día de agosto se puede topar con cincuenta clientes potenciales en el mismo pueblo donde, en noviembre, cuenta ocho o diez. Los ambulantes como él tienen clara una realidad: a partir de ahora hay que volver a pensar en trabajar con la gente de ordinario. ¿Y eso da para mucho? El vendedor se encoge de hombros. Sí reacciona cuando se le menciona la posibilidad de un futuro de estos negocios a largo plazo; de otras generaciones que vayan de casilla en casilla como él. «A ver si me da para jubilarme a mí», remacha sin perder el gesto risueño.

Mientras Manolo Sánchez se queda colocando su ropa, las calles de Santa Eufemia muestran todavía el color de un verano que se resiste a marcharse. Hay alguna bici aparcada, aparece por allí un balón de fútbol y la terraza del bar del pueblo, el Jarero, comienza a recibir clientes. Menos que hace un par de semanas, según constata su dueño, Miguel Ángel Fidalgo, el heredero de un negocio familiar que da mucha faena hasta el 15 de agosto y que ahora empieza a ser más manejable. Esta localidad tendrá otro pico en las fiestas de mediados de septiembre. De ahí en adelante, la resistencia.
En parte, trabajadores como Miguel Ángel agradecen que el momento del lleno haya pasado. «Llevo parte del mes de agosto durmiendo cuatro o cinco horas, no más», apunta el hostelero. El esfuerzo se nota en la caja, pero también en el cuerpo. En octubre, el bar cerrará «una semana o diez días» para que las manos que lo sujetan recuperen fuerzas antes de continuar.
Para algunos, en Santa Eufemia del Barco y en otros rincones de la provincia de Zamora, el vermú de este domingo en el bar del pueblo será el último de la temporada. Bilbao, Barcelona o Madrid se convertirán en los escenarios de la rutina hasta que la rueda gire de vuelta y las carreteras secundarias que ahora les ven marchar les reciban un año más en casa. Son los que van al pueblo cuando calienta.
