Solados de distintos tipos, estructuras antiguas que servían para el culto de los monjes sanjuanistas y de las monjas y una historia que se intuía pero que ahora empieza a verse mejor. Las obras que la Fundación Zamorarte realiza durante estos meses en la iglesia de La Magdalena, en la rúa de Los Francos, permiten ya atisbar la importancia de una de las empresas de mayor calado de las que se han llevado a cabo en la capital en los últimos tiempos. La primera fase, ya terminada, ha servido para modificar la cubierta del templo respetando su forma original, que según los documentos es de madera y no de piedra, como es habitual en el Románico zamorano. Acabada y consolidada esa fase se ha iniciado la segunda, consistente a grandes rasgos en una restauración del templo para adecentarlo para el culto y el turismo de una forma moderna. La Magdalena es, salvando la Catedral, la iglesia más visitada de la capital. Y, como sucede siempre en obras de este tipo, la historia ha comenzado a aflorar debajo de las piedras.
Los trabajos que se están desarrollando ahora están incorporados al Plan Románico Atlántico, que ahora está siendo gestionado por Zamorarte. Plan que ha tenido una mirada especial para La Magdalena, una iglesia que, se entendía, como apunta Juan Carlos López, de la Fundación, «necesitaba de un lavado de cara» bastante serio. Se va a instalar una nueva iluminación integrada con el templo, de acuerdo a los cánones actuales e ideada por el mismo arquitecto, Jesús Castillo, que trabajó en la iglesia de La Hiniesta. También se van a recuperar y sustituir vidrieras, introduciendo en algunas alabastro, al estilo de las que hay en la iglesia de San Juan, una solución que se ha demostrado bonita y eficaz. Y, lo más importante, se va a ampliar la iglesia.

En la parte suroeste del templo, lo sabrá cualquiera que haya entrado, había una estructura de madera que se comía buena parte de la nave central. Era un habitáculo usado principalmente por las monjas, que accedían desde la Casa Betania por una especie de butrón abierto en el muro, directamente a esta estructura que era para ellas. Se trataba de una construcción relativamente moderna, sin gran valor, que ya forma parte de la historia. Se ha retirado completamente, como también una especie de peana de piedra sobre la que se apoyaba, cuyas piedras están ahora en el exterior del templo. Ello permitió hacer aflorar un primitivo sistema de conversión de electricidad con el que contaba la iglesia, que también ha sido desmontado.
La obra está ahora parada mientras la Comisión de Patrimonio estudia los últimos hallazgos. Hallazgos que están en el piso y que suponen uno de los hallazgos de la intervención. Hay en el suelo original de La Magdalena diferentes tipos de solado. Uno más noble, de granito, que se encuentra en la parte principal. Y otro más humilde, de cerámica, en la parte de atrás. «La orden que poseía esta iglesia, que era la de San Juan de Jerusalén, entendía que había diferentes niveles eclesiásticos. Los señores, caballeros, los monjes… y el pueblo», que accedía por otra parte y que se tenía que conformar con un piso más modesto.

Esto se ha visto cuando se levantó la tarima que hasta hace unos meses tapaba todo el piso. Al levantarla patrimonio pidió hacer una cata (ya se ha hecho) para ver si existían restos relevantes debajo, más allá de los restos óseos habituales en este tipo de intervenciones. El suelo necesita además ser nivelado porque el paso de los siglos y la humedad han hecho de las suyas. La zona está ya bastante saneada, pero aún aqueja de problemas de agua. No en vano, en La Magdalena, en la zona derecha conforme se mira al altar, hay un pozo, algo que en Zamora sucede también en San Andrés o Santa María la Nueva, por ejemplo. Lo que no es fácil determinar es la causa-efecto de la cuestión. «No sabemos si hay humedad porque se abrió un pozo o si se abrió el pozo para que hubiera menos humedad», relata López, que apunta a documentos que hablan de una gran concentración de agua en la zona.
En la parte de atrás, la de las monjas, han aparecido además los restos arqueológicos de lo que parecen ser pilares de otra construcción. No es fácil determinar si formaban parte del templo o si se trata de una construcción anterior, más porque los archivos de la Orden de San Juan, que es donde se encuentra esta documentación, se encuentran en otras diócesis y su acceso no es fácil. La idea es respetar los restos y, posiblemente, habilitar el acceso de la parte suroeste, que ha estado cerrado hasta ahora. También existe la idea de abrir la puerta norte, que da a la Casa Betania, para poder ver el pequeño parque anejo a La Magdalena.

Los trabajos continúan y están ya finalizados a un sesenta por ciento, aproximadamente. La idea de Zamorarte sigue siendo que las obras estén terminadas este año, si los plazos lo permiten, para poder volver a abrir la iglesia al público. Con el cierre de La Magdalena Zamora ha puesto en pausa uno de los bienes románicos más preciados de la ciudad, hogar además de un sepulcro románico de finales del siglo XII, realizado a modo de baldaquino y que es una de las grandes joyas del patrimonio local. Un sepulcro que aún guarda el misterio de quien hay enterrado (más bien enterrada, porque se da por seguro que era una mujer) entre los muros de la iglesia. Iluminarlo correctamente es uno de los grandes retos de la intervención. Los resultados se verán en unos meses, cuando se retiren los muchos andamios que ahora ocupan el interior de la nave y la iglesia estrene nuevo aspecto. Un nuevo aspecto que necesitaba desde hace ya muchos años.
