El vino queda en el medio de la plaza, al sol que calienta bastante menos de la cuenta para ser agosto. Los más valientes pisan la arena por el lateral y estudian la jugada. Ayuda poco que el novillo se cuele en el callejón a las primeras de cambio. Viene con empuje el animal, que asusta a los que parecían tener más arrestos. «Para aquí no puede saltar», tranquiliza una madre a su hija pequeña, a la que le cuelgan los pies en el asiento. No ha visto muchas de estas todavía. Pero las verá. Porque esto, en Toro, viene de lejos y no se detiene.
Por ordenar el asunto, diremos que el evento brevemente descrito arriba lleva por nombre Fuente del Vino. Se celebra desde antiguo en la plaza taurina de Toro. Esta vez, en la víspera de San Agustín y a las seis en punto. El dispensador con la bebida por antonomasia de la ciudad se sitúa, como hemos dicho, en el centro de la plaza. Y la fiesta consiste en ir a coger el vino para echárselo al gaznate mientras rondan por allí los animales: dos novillos y dos vaquillas; de uno en uno e intercalados: grande, pequeña, grande, pequeña.
Pero lo que decíamos: el primero sale respondón y deja muda hasta a la charanga, que tarda en reponerse, pero que acaba por arrancar con unas notas de Camela para meter en ambiente al personal. Lo muchachos, casi todos jóvenes, se quedan tras el burladero o en el callejón y citan al novillo. Pocos se atreven a salir. Apenas alguno con más finura brinca y recorta al animal. El respetable le ovaciona como elogio al valor, aunque pronto queda claro que va a costar arrimarse. Y más provocar al animal desde la fuente.
Más fácil se pone el asunto con la primera vaquilla, aunque aquí es el animal el que muestra menos brío. Aún así, uno de los muchachos se lleva un revolcón y deja la zapatilla en la arena. Parecía más mansa cuando la conocimos, pero siempre hay que ir con ojo. La caída a la arena del chaval precede al segundo novillo, imponente este, con trote pesado, pero con presencia. Ni los más osados se echan al ruedo. La fuente queda sola, a la espera del cierre.
Y el final llega con la vaquilla más accesible. La misma niña que antes se asustaba sonríe ahora, mira a su madre y se le dibuja una mueca de felicidad mientras dice: «La han pintado de marrón». El color destaca en este animal que sí ve cómo la arena se va poblando. La chavalería se sube a la fuente, coge el vino, recorta y hasta saca un capote. Una chica joven acaba en el suelo con un par de golpes, pero se sacude y continúa. Como seguirán las fiestas de Toro. Este viernes, con el patrón; en el futuro, con las mismas tradiciones legadas por los mayores.




