El anochecer del 15 de agosto viene tormentoso por Aliste. No está de más buscar refugio para echar el rato. Sin problema en Santa Ana, uno de los pueblos que sale a mano izquierda en el tramo de la N-122 que une Alcañices con Trabazos. Aquí no hace falta la excusa de la lluvia para que la gente se junte bajo el mismo techo. Cuando acaba el día, el personal se busca y se encuentra en el local compartido por los vecinos, que son 23 en el invierno y el doble o el triple en los picos del verano. En agosto, los de todo el año se mezclan con los que vuelven desde Madrid, Zaragoza, Rentería, Oviedo o Tarragona. Y su hogar común se halla en las antiguas escuelas, el lugar que algunos abandonaron para marchar a estudiar lejos por decisión de los que mandaban: los niños, a Puebla de Sanabria; las niñas, a Zamora capital. Todavía eran veinte, pero se cerró el colegio. Algo se quebró con ese movimiento hace más de medio siglo.
Pero el pueblo aguantó. Con menos, pero adelante. Y ahí resiste. Los que están todo el tiempo y los que vuelven siempre son los garantes de la pervivencia de la identidad de Santa Ana. Y los que replican sus costumbres. Este reportaje pretende hablar de una en particular: la de la partida. Durante el año, el local se abre para echar alguna mano al tute. En el tiempo cálido, con más jugadores potenciales, los tapetes se multiplican por las mesas. Juegan los hombres, también las mujeres. Algunos, por pasión; otros, por «ejercicio mental». Los hay que miran. Y también alguno que tiene que atender la barra de este espacio social que no es un bar, pero que tiene la misma forma.

A eso de las diez de la noche del día grande de agosto, Pepe y Paco y Tito y Jose echan la segunda mano a ocho en su duelo de tute particular. «Estos son los titulares», apunta un vecino. Es decir, los que más y mejor juegan. Lo hacen intercambiando las parejas de noche en noche, no hay una rivalidad creada. Como coincida. La contienda discurre tranquila. Unos perdieron la primera partida, pero van por delante en la segunda. Apenas levantan la voz para comentar alguna jugada, y solo las cuentan si tienen alguna duda. Muchas veces, a ojo, ya ven quién ha sumado más tantos.
De fondo, otro grupo más grande abre una tertulia con la baraja, el tapete y el papel ya como espectadores. Esa partida se acabó. Lo que aparecen son las pastas, los cafés o las cervezas sin alcohol que los vecinos adquieren y ellos mismos se despachan en este bar de autoconsumo donde el ambiente de cartas merma en invierno y crece en verano. Como en tantos otros lugares. De la mesa sola – si no vacía – a la sala llena. El repunte de la gente es acelerado y dura poco, pero es un clásico de agosto en Zamora.

Cuando Pepe y Paco y Tito y Jose ya están por acabar la segunda de las partidas, hace su entrada en el local José Antonio Terrón, el alcalde pedáneo de Santa Ana. El representante del pueblo saluda al personal, sin más ajenos que los periodistas, y cuenta que el recinto y las partidas forman un binomio que les permite «pasar el rato y divertirse un poco» en comunidad. «De normal, aquí se juega al tute. Están los del pueblo, los que vienen en verano y la gente que se jubila y ya se queda más tiempo», abunda.
Las cartas sirven como elemento de cohesión y el número de partidas es un termómetro de la vida que tienen los pueblos como este, donde agosto es el pico y los meses que suceden a la Navidad, el valle. Cuando asome el otoño, lo que ahora es el bullicio de gente en manga corta se convertirá en un grupo pequeño al abrigo de la lumbre. Pero hay que vivir el momento. Son ya más de las diez y media de la noche del 15 de agosto en Santa Ana, la tormenta ha parado y Pepe y Paco y Tito y Jose siguen echando cartas.

