«Venía oscuro por ahí por Mahide», advierte un hombre que llega en moto a eso de las siete y media a Pobladura de Aliste. Efectivamente, no está muy clara la tarde, pero hace falta más que una nube amenazante para amedrentar a la Obisparra. Y más en el vigésimo quinto aniversario de su retorno a las calles. La fiesta siempre se celebró el 26 de diciembre, San Esteban, pero se perdió hasta que las gentes de la localidad la recuperaron en 2001. Lo hicieron el 15 de agosto para tener el material mínimo imprescindible: el capital humano. Triunfó la idea y por eso pervive, ya con la coletilla de que esta es una mascarada de invierno que se celebra en verano.
Con esa premisa y con el ambiente tormentoso de fondo se preparan en el local este sábado los personajes de un ritual que se convierte en un verdadero teatro por las calles del pueblo. Uno, además, con muchos personajes. Allá van los bueyes, el arador y el gañán, los sembradores, la filandorra con el niño, el soldado, el ciego, el piojoso, los bailadores y los músicos. Y luego está el público, claro. Sobre todo los niños, que citan a los bueyes para echar a correr en unas persecuciones que secunda, tras las figuras de los animales, otro muchacho llamado Adrián. A sus doce años, descendiente del pueblo y llegado de San Sebastián de los Reyes, el rol del arador le sienta como hecho a medida al zagal, que vocea desde el inicio del recorrido en la era.

Con el sonido de fondo de los gritos de Adrián, el desarrollo de la mascarada tiene un punto anárquico. Los bueyes giran en todas las direcciones, se dan la vuelta, persiguen, se paran y burlan a los niños, que se cuentan por decenas, casi siempre en la parte delantera de la escena. Parece improvisación, pero es una revolución controlada. Al tiempo, la filandorra amarrada al soldado, el ciego o el resto de los personajes participan en misiones secundarias entre el gentío, que se mezcla con los vecinos que van caracterizados.
Avanzado un poco el recorrido, en una de las calles laterales, cinco mujeres trabajan la lana. Esta es una de las particularidades de la mascarada de Pobladura: la práctica de los oficios se convierte en una escena integrada en el ritual. Las señoras cantan: «Dame la cordonera, niña del corazón…». Alguna se equivoca y todas ríen, mientras una nube de móviles las retrata. La estampa de la normalidad de antaño se vuelve ahora una curiosidad que todo el mundo quiere captar en su teléfono inteligente. Pero más que inmortalizarlas, lo suyo es interactuar con ellas. Y allá van algunas vecinas del lugar: «¿Cuántos refajos habéis hecho ya?», pregunta una.

La más dicharachera de las artesanas replica que lleva tres inviernos para la misma prenda mientras se gira hacia la compañera veterana, «la bisabuela», que «vende las medias a 2.000 pesetas, a mil por pierna». La escenificación termina con con otra faltada para la tejedora que está en el medio: «Desde el año pasado para hacer un puto calcetín y no lo termina». Entretanto, Adrián sigue gritando a los bueyes, que persiguen a los niños sin cansarlos. Incluso, tienen que ajustarse alguna pieza mientras el ciego pide pan y mujer casadera en una casa y se lleva un mendrugo rancio y las calabazas de la aludida.
Así, la Obisparra sigue su camino tras dejar atrás un cartel que reza que «un pueblo sin tradición es un pueblo sin porvenir». La tormenta ya se escucha, aunque antes un niño tiene tiempo de enterarse de que los bueyes llevan por nombre Garbosa y Romera. Pronto serán animales empapados. Quedaba un ratito de mascarada, después de una hora por las calles, pero las cuatro gotas del principio son pronto un diluvio. Y el diluvio hace correr el agua por el asfalto como antes corrían los personajes.
En una de las esquinas, las mujeres que trabajaban el lino se quedan sin la atención que tuvieron las de la lana: «No ha llovido en todo el año y mira…», lamenta una de las afectadas. Otra señora, desde el cobijo de su casa, mira a la gente que va en pantalón corto y advierte con sorna: «No se puede venir a la Obisparra así de verano». Recuerden que, a pesar de todo, esta sigue siendo una mascarada de invierno.







