Son las doce y media de la noche posterior al eclipse. El fenómeno ha quedado atrás y la luz que ahora atrae las miradas es la que proyecta la Orquesta Musical Compass sobre las fachadas de las casas cercanas. Los colores y las formas varían en consonancia con el momento del espectáculo que ofrece el conjunto salmantino en el pueblo de Ricobayo de Alba, cuyas gentes van ocupando una plaza amplia, difícil de llenar. La madrugada que se abre va de miércoles a jueves de diario, pero es agosto y no hay día ordinario en los pueblos de Zamora. Sí verbenas: el punto álgido de la fiesta. Los carteles pueden variar a la luz del sol, pero de noche nadie se salta la jarana.
Cuentan las gentes de la localidad que esta es la primera verbena de unas fiestas que aún seguirán el fin de semana. Y no es azaroso que Musical Compass venga un miércoles. Pagar por un grupo como este un sábado de agosto puede resultar muy lesivo para los organizadores de los festejos. Quizá, el 12 cueste la mitad o menos que el sábado 15. Para bailar de vacaciones, igual da el día de la semana. Y eso hacen varias parejas de personas mayores, con la agilidad de la lozanía ya perdida, pero con la voluntad de aferrarse a la mujer o al marido para perpetuar la costumbre de girar juntos al son que marque el grupo de turno que se presente en Ricobayo.

Las orquestas y esos dúos de baile tienen la habilidad común de poner cada cual de su parte para convertir en pasodobles canciones que en su versión original van por otro registro. Son cosas de la verbena y de sus primeras horas, cuando todo es, además, intergeneracional. Adelante, una juventud vestida con camisetas de azul clarito – peña se asoma al carro en busca de algún mejunje en botella de plástico que ayude a quitar la timidez; algo más atrás, los que hasta hace poco vestían esa indumentaria y se refrescaban el gaznate con combinados de distinta procedencia mueven también los carritos, pero los de sus bebés, para que los primeros temas de la noche los vayan adormeciendo; un pelín más lejos están las parejas veteranas ya citadas; y algo más apartados aún, los niños en bicicleta a los que aún les queda grande la madrugada.
En Ricobayo, además de todas estas escenas, aparecen varios niños más en el parque estratégicamente ubicado al pie de la plaza. Y señores que se apilan en los cotizados bancos que circundan este espacio arbolado en los laterales y despejado en el centro: idóneo para la verbena. «Buenas noches, ¿cómo estamos? Qué bonitos aplausos nada más empezar. ¿Hay ganas de fiesta? Venimos de Salamanca y nuestra intención de esta noche es que no la olvidéis», clama desde el escenario una de las cantantes. De fondo, algún coche asoma todavía por la carretera que pasa tras la orquesta mientras un leve viento agita los banderines de España y de Castilla y León que decoran el entorno.

La misma mujer que alienta a las decenas de personas que van poblando el lugar se mete con una de Melendi. Y luego su compañero con un poquito de El Barrio. Por ahí va avanzando una verbena que tiene el respaldo de una noche de agosto serena. Las señoras mayores que siguen accediendo a la plaza llevan chaqueta por encima, pero con las mangas sin poner. Señal de que no hace falta abrigo. No lo llevan, desde luego, los jóvenes aún más jóvenes que los de azul clarito – peña que van bajando por la pequeña ladera que desemboca en la verbena. Ya ronda la una de la madrugada. Y Gloria falta en el aire. Y, al menos, ahora, nos miramos sin volver la cara.
A medida que avanza la noche, la gente mayor se va retirando un poco y la más nueva se lanza hacia delante, atraída por la pequeña pendiente descendente que conduce al escenario. Con todo, ya entrada la madrugada, aún hay vecinos que resisten con la cerveza o el cubalibre en la terraza del bar de arriba. Son las opciones que hay. Esa noche, en Ricobayo, no hay puestos de feria abiertos. La diversión viene acotada. Y bastante es.

Desde el escenario, uno de los cantantes se va camelando a la gente: «Somos una familia, ¿no? Nos conocemos, nos agarramos…». El tipo va conduciendo al público a su territorio. La gente de Ricobayo cumple puntualmente las instrucciones, ya metida en la faena de la fiesta; fresca, además, por ser el primer día. No hay resacas con las que lidiar. «Solo nos queda la música, maestro», advierte el artista antes de que suene finalmente la ranchera:
Yo sé bien que estoy afuera
Pero el día que yo me muera
Sé que tendrás que llorar (llorar y llorar)
Habrá otras alternativas para las noches de verano en los pueblos, pero lo que reina en una fiesta intergeneracional es la verbena. Y así te vas a quedar.

