Nos han repetido muchas veces que somos el futuro. Que somos la generación que tendrá que recoger el testigo, sostener las pensiones, los servicios públicos, las empresas y la economía cuando las generaciones del baby boom se jubilen. También nos han dicho que somos la generación más formada de nuestra historia. Y ambas cosas son ciertas: más de la mitad de las personas jóvenes, el 54,2%, cuenta con estudios universitarios o Formación Profesional superior. Pero hay una pregunta que cada vez resulta más difícil evitar: si somos la generación que se ha preparado para asumir el futuro, ¿por qué se nos está haciendo tan difícil construir nuestro presente?
El problema no es que la juventud no quiera trabajar, emanciparse o que haya perdido la llamada cultura del esfuerzo. El problema es que vivimos en una sociedad que nos ha enseñado a medir nuestro valor por nuestra capacidad para producir, mientras cada vez tiene menos interés en garantizar las condiciones necesarias para que podamos vivir dignamente. Nos exige acumular títulos, experiencia, idiomas, disponibilidad y capacidad de adaptación para competir en un mercado laboral cada vez más exigente, pero rara vez se pregunta qué recibe una generación que ha cumplido todas esas exigencias. Y ahí está una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo: el capitalismo necesita una juventud formada y productiva, pero no parece dispuesto a garantizarle una vida a la altura de todo lo que le exige.
La contradicción se hace todavía más evidente cuando se habla de nuestra generación como talento, futuro o relevo. Nos quieren suficientemente preparados para generar riqueza, pero no suficientemente libres para decidir sobre nuestras propias vidas. Y cuando no llegamos, cuando no podemos construir una vida como queremos o cuando tenemos que marcharnos, la responsabilidad vuelve a recaer sobre nosotros, sobre ese 15% de la población al que se le exige que sostenga el futuro mientras se le culpa de no poder construir su presente. Como si el problema fuera una juventud que exige demasiado y no un modelo económico que pone el beneficio por delante de nuestras condiciones de vida. No somos una generación que pide demasiado; somos una generación a la que llevan demasiado tiempo pidiendo que aguante demasiado.
Entrar en el mercado laboral siendo joven supone encontrarse con una paradoja difícil de entender: se nos pide experiencia para conseguir una oportunidad y una oportunidad para conseguir experiencia. Se habla de talento joven y de relevo generacional, pero cuando toca ocupar espacios de responsabilidad nuestra edad sigue siendo utilizada para dejarnos fuera. Tenemos que estar preparados para asumir el relevo, pero al mismo tiempo se nos sigue pidiendo que demostremos que estamos preparados. Se nos necesita para sostener el sistema, pero se nos cuestiona cuando queremos cambiar las condiciones en las que ese sistema nos hace vivir. No tendría demasiado sentido que una generación llamada a asumir el futuro tuviera como única tarea conservar intacto un modelo que no le permite construir su presente. No queremos recibir el testigo para perpetuar las mismas condiciones que nos han traído hasta aquí, sino para avanzar, transformar lo que no funciona y construir unas condiciones de vida en las que trabajar no signifique renunciar a vivir.
A esto se suman unos mantras que conocemos demasiado bien: «yo a tu edad ya tenía una casa», «yo trabajaba y no me quejaba» o «si no podéis compraros una vivienda será porque os gastáis el dinero en viajar». Como si las condiciones fueran las mismas, como si los salarios hubieran evolucionado al ritmo de la vivienda o como si disfrutar de unas vacaciones fuese incompatible con querer emanciparnos. Y cuando se nos dice que antes se estaba peor, se inicia una competición absurda por ver quién tuvo que aguantar más precariedad, como si el sufrimiento de una generación pudiera convertirse en la medida de lo que debe soportar la siguiente. Si quienes vinieron antes lucharon para conquistar derechos, tiene poco sentido que ahora se nos pida demostrar que podemos vivir sin ellos. Las conquistas sociales están para heredarse; la precariedad, para superarse.
Esa misma lógica aparece cuando hablamos de salud laboral. Hay quienes han llegado a llamar “memos” a los miembros de una generación que está aprendiendo que cuidar su salud, pedir ayuda u obtener una baja a través del facultativo cuando la necesita no es una muestra de debilidad, sino el ejercicio de un derecho. Quizá el problema no sea que hayamos dejado de aguantar, sino que hemos empezado a preguntarnos por qué deberíamos hacerlo. Una baja cuando estamos enfermos no es falta de compromiso, del mismo modo que cuidar nuestra salud mental no es una excusa para trabajar menos. Trabajar forma parte de nuestra vida, pero no debería determinar cuánto de nuestra vida estamos dispuestos a sacrificar. Y si hablar de salud mental nos convierte en “memos”, quizá el problema no esté en nuestra generación, sino en una cultura laboral que todavía confunde enfermar con fallar.
Porque esto no va de una juventud demasiado exigente. Va de qué modelo de sociedad estamos construyendo. Si la vivienda se trata antes como un activo que como un derecho, si el trabajo se organiza antes para generar beneficio que para garantizar una vida digna y nuestro tiempo solo parece importar cuando somos productivos, entonces el problema no es que la juventud no se adapte. El problema es un sistema al que le hemos permitido exigirnos cada vez más mientras nos devuelve cada vez menos.
Nos han llamado futuro tantas veces que casi hemos terminado aceptando que nuestro presente podía esperar. Pero no puede esperar. Somos quienes ya estamos trabajando, estudiando, cotizando, pagando alquileres, cuidando y tratando de construir una vida. No somos una promesa pendiente ni una generación que tenga que esperar su turno para empezar a vivir. Somos el presente y tenemos derecho a que ese presente sea digno.
No somos el futuro que alguien nos promete. Somos el presente que estamos intentando construir. Y queremos poder vivirlo.
Autora: Ariadna Huerga, secretaria de Juventud, Mujer e Igualdad de CC OO en Zamora
