Son las seis y media de la tarde y bajo el Sol que pega en Tierra de Campos empiezan a arremolinarse cientos de personas. Todas llevan gafas protectoras, muchas llevan cámaras y bastantes acuden con los prismáticos o con telescopios. No hace falta ser el más avezado de la clase para saber que hablamos de la tarde del eclipse, cuando alrededor de dos mil personas llegadas desde distintos puntos de la provincia y desde territorios limítrofes se desplazaron al entorno de las Lagunas de Villafáfila para disfrutar de horizontes despejados y visión perfecta al horizonte. Algo que va bien para la observación astronómica y para otros menesteres. Por ejemplo, para transmitir con radio.
En medio de esta vorágine de observadores ataviados con sus útiles destaca uno. En la explanada cercana a Otero de Sariegos se eleva sobre el resto una delgada antena clavada en el suelo, conectada con cables a todo un aparataje que, sobre una mesa de camping, ha dispuesto nuestro protagonista, José Bernal. De Vitoria aunque llegado de Salamanca, son varias las cosas que traen a Bernal a Otero de Sariegos en esta tarde de verano. La primera, claro, el eclipse, «un fenómeno histórico que hay que ver bien». La segunda, su pasión, la radio. Montado el set, José se dispone a trasmitir el eclipse a otros radioaficionados que, confía, harán lo propio desde otras partes del mundo. El primero que se oye en la emisora es un ruso.

Los radioaficionados tienen sus frecuencias y sus satélites, reservados casi en exclusiva para su uso. «Unos son estacionarios y otros se van moviendo. Hay algunos que te permiten contactar con Europa, otros con el norte de África», relata Bernal, que ha escogido Otero de Sariegos para «desbloquear» un parque, una actividad que llevan a cabo los radioaficionados para contactar con otras personas cuando se encuentren en diferentes lugares del mundo. Es lo que llaman el sistema «POTA» (en inglés, Park On The Air), que consiste en ir al punto establecido en el mapa, establecer ahí una estación de radio y realizar contactos a través de ella. «Tenía este parque por activar y aquí se ve el 100% del eclipse, así que era muy buen día», razona.
La estación de radio se convierte en poco rato en una de las grandes curiosidades de la tarde y pocos son los observadores del eclipse que hay por la zona que se resisten a preguntar a Bernal por lo que hace, dudas que él resuelve «encantado» porque, dice, «es una buena manera de difundir» lo que hacen los radioaficionados entre un público que generalmente no se acerca a este hobby. Sobre la mesa hay, además, un manipulador de telegrafía, «algo más sencillo», reconoce el protagonista, que los que se ven en las películas, pero con el mismo fin. Tiene dos palancas, una introduce los puntos en el mensaje y otro, las rayas. «Esto es algo que estoy aprendiendo ahora y tiene una frecuencia de radio asignada», así que parte del plan de la tarde es enviar mensajes y esperar contestación, algo un poco más complicado que la radio.
Mientras avanza la tarde José se va afanando en enviar mensajes, en intentar comprender los que llegan desde distintas partes del mundo en lenguas no siempre conocidas y en intentar trasladar al mundo el momento histórico que esa tarde se está viviendo en Otero de Sariegos, pueblo que se vació en 2003 pero que el 12 de agosto de 2026 acogió a más de doscientas personas desplazadas allí para ver el primer eclipse total del siglo XXI en España. La tarea de José fue intentar poner palabras a las increíbles sensaciones experimentadas en el despoblado, sensaciones que, gracias a gente como él, traspasaron fronteras en directo.
