Cuando Otero de Sariegos acabó de vaciarse, en 2003, habían pasado casi cien años desde el eclipse solar de 1905, el último que se vio en el pueblo. Desde que se vació hasta este miércoles han pasado más de dos décadas. En total, 121 años en uno de los lugares de la provincia más propicios para la observación del cielo. Puntos elevados, grandes llanuras, horizontes despejados… Normal que este año, Otero de Sariegos, justo cuando se ha vuelto a esconder el Sol, haya vuelto a la vida.
En 1905 vivían en el pueblo alrededor de 160 personas. Ayer, fácilmente más de doscientas escogieron este enclave para mirar al cielo. Vecinos de las localidades del entorno y de otros muchos lugares, tantos como idiomas y acentos se escuchaban en las ya siempre vacías calles del pueblo. El recuperado pilón recuperado en la entrada del pueblo por los alumnos de la escuela taller encontró ayer utilidad para que los observadores se remojaran los pies. Los ladrillos con los que se está reformando la entrada de la iglesia hicieron las veces de sillas para que varios jóvenes echaran la partida. Volvieron a juntarse grupos, a reunirse amigos y a llegar visitas de distintas partes del mundo, desde Asia hasta América. Otero de Sariegos nunca fue tan internacional.

Y eso que el entorno, despejado para observar el cielo, tiene sus contras. Y es que aquello, a las siete de la tarde del 12 de agosto, era una solana. Se desplazaron a la zona algunas patrullas de la Guardia Civil y desalojaron a la gente un par de veces de la zona restringida más próxima a la Salina Grande. Tanto daba, porque a la media vuelta de los guardias los observadores ya entraban otra vez para no perder esa supuesta «primera línea de cielo» que había en el terreno prohibido. Por lo demás, pocos incidentes.

A la zona llegaron zamoranos, portugueses, alemanes, franceses, andaluces, catalanes, madrileños… Gente de vacaciones y auténticos cazadores de eclipses que llevaban meses intentando escoger el mejor sitio para ver el fenómeno. Luis, un miembro de la Agrupación Astronómica de Madrid, se desplazó con su familia. Otro Luis llegó desde Lisboa. Louise y Noah llegaron desde Francia y plantaron la tienda de campaña para que sus hijos se protegieran mientras ellos se deleitaban con el espectáculo celeste. Michael y su grupo de amigos venían desde Alemania.
Todos presenciaron el espectáculo inenarrable del eclipse, percibieron la bajada de las temperaturas que sucedió a eso de las ocho y media de la tarde, notaron cómo se paraba el aire, como el Sol que tanto había castigado en las horas previas dejaba de picar, cómo las aves se ponían nerviosas antes de la oscuridad y se callaban cuando sucedía. Ellas, no la gente, que irrumpió en vítores y palmas cuando apareció la tan ansiada corona, una experiencia cercana a lo espiritual, una experiencia demasiado bonita como para existir por casualidad.

Otero de Sariegos, como hace más de 120 años, volvió a sumergirse en el instante eterno de la totalidad del eclipse, volvió a ser el lugar perfecto para intentar entender cómo se despliega el sistema solar. Unos ochenta segundos después, la vida comenzó a volver a la normalidad. Regresó la luz, el bullicio de la naturaleza y la gente volvió a marchar del pueblo, que ya durmió vacío aunque algunos aseguraban que se quedarían a ver las perseidas. Otero de Sariegos renació cuando el Sol se escondió y, después, regresó a su realidad.

