La crónica de un eclipse generacional: «Con el móvil no hago nada, esto que quede en la retina»

Cientos de personas resisten el calor hasta romper en vítores con la oscuridad de las ocho y media de la tarde en los Paseos de la Mota de Benavente | Muchos forasteros, bastantes llegados desde Portugal, eligen este mirador para contemplar un fenómeno especial

por Manuel Herrera
La gente congregada en los jardines de La Mota presencian el eclipse en su fase de totalidad. Foto Emilio Fraile.

El reloj marca las seis menos diez de la tarde en la subida que conduce a los Paseos de la Mota de Benavente. El único ruido que se escucha es el del GPS de una familia portuguesa que va a pie y que se guía por las indicaciones del móvil. No tiene pérdida, todo para arriba. El padre conduce a los demás rumbo a la parte alta mientras uno de sus hijos, con camiseta de Dragon Ball y la fatiga en el rostro, remolonea entre las sombras de los árboles. Sin rastro de nubes, el eclipse se verá bien aquí, en el punto más destacado de la provincia para seguir un fenómeno generacional; irrepetible para quienes hoy viven en estas latitudes. Lo dicen las campañas promocionales con algo de pompa: son lugares escogidos por el cielo.

A su llegada a los paseos, los portugueses de antes no tienen razón para sentirse extraños. Su idioma materno suena tanto como el castellano en una amplia zona estancial que ya está poblada hora y media antes de que la oscuridad empiece a ganarle terreno al sol. La gente se reparte entre la arboleda y la zona sin sombra. Y no es que los segundos quieran tostarse sin motivo, es que de ese lado está la primera línea de mirador hacia la contemplación del eclipse. Esa zona más pegada a la barrera que protege del abismo traslada a quien observa a una escena de playa. Hay sombrillas, alfombras estiradas sobre el suelo como las toallas en la arena y entretenimientos clásicos de un día frente al mar: las cartas, los libros y los crucigramas. Todo, por no perder la vez, aunque aquí la segunda, la tercera y la vigésima fila también tendrán el premio de la contemplación.

Una mujer amamanta a su bebé durante el eclipse. Foto Emilio Fraile.
Una mujer amamanta a su bebé durante el eclipse. Foto Emilio Fraile.

Aún así, entre esa gente que se posiciona por si acaso hay familias con niños. Está, por ejemplo, la de Ana Paiva, que trata de entretener a la tropa con el UNO cuando todavía queda bastante rato para que el eclipse diga presente. El niño, Bernardo, y la niña, Ana Carolina, empiezan a estar un poco modorros. Son las seis y diez y llevan allí desde las tres y media. Los tres vienen de Oporto, aunque han hecho noche en Bragança. La mujer adulta eligió Benavente porque se lo aconsejó ChatGPT y porque quería ver en el mejor sitio posible «un acontecimiento único» que pasó relativamente cerca de su casa sin tocarla. «Probablemente, será el único fenómeno de este tipo en mi vida y en la vida de mis hijos», defiende la portuguesa.

A su alrededor, hay fotógrafos y aficionados a la astronomía que verán más de estos porque entre sus intenciones está viajar allá donde corresponda. Pero la mayoría está ante una cita que no volverá. Así lo entiende también un grupito que ha venido desde Béjar y que ha aprovechado para comer en Benavente y hacer un poco de turismo por las iglesias. «Hemos pagado las entradas», recalca Fátima Santamaría. Con esa combinación de nombre y apellido, casi era obligatorio ir a los templos. Más allá de la chanza, la gente que ha venido para el eclipse ha dejado dinero repartido por la zona. Eso que se llevan Benavente y la contorna.

Una mujer observa el eclipse desde los jardines de La Mota. Foto Emilio Fraile.
Una mujer observa el eclipse desde los jardines de La Mota. Foto Emilio Fraile.

Visto el panorama, los Paseos de la Mota son, a las seis y media, el escenario de una espera. La gente llega a cuentagotas y se aposenta por el césped, por los bancos o entre los árboles. A juzgar por la estampa, casi todos priorizan el bienestar a la colocación. Sobre todo, los que van con niños. Incluso con bebés que se entretienen con las hojas o con las monerías de quienes buscan su complicidad. Los adultos que van sin muchachada leen, miran el teléfono o hasta juegan a las palas. ¿Ven cómo esto parece la playa?

El eclipse en su fase de totalidad. Foto Víctor Gahber.
El eclipse en su fase de totalidad visto desde Benavente. Foto Víctor Gahbler.

Por haber hay hasta chiringuitos que anuncian hamburguesas para después y despachan cerveza. Los que prefieren agua tienen fuentes para todos los públicos que se agradecen. Alguna admite que le vendría bien también una silla para echar el rato, pero la olvidó. Esto lo dice hablando de unas cadeiras. Es decir, estamos ante otra portuguesa. Paisana del que advierte de que está por llegar al miradouro. De fondo se escuchan también acentos del sur que ya intuyen el comienzo del fenómeno cuando se acercan las siete y media.

En ese rato, las familias y los grupos de amigos empiezan con las lecciones: «Ni se te ocurra hacer así», le dice una adolescente a su madre mientras asoma los ojos por encima de las gafas. La sobreinformación ha generado temor entre una parte de la población. Y las recomendaciones vuelan durante la hora que media entre el arranque del eclipse y el minuto largo de la totalidad. Casi mejor así.

Un hombre presencia el eclipse fumando un cigarro. Foto Emilio Fraile.
Un hombre presencia el eclipse fumando un cigarro. Foto Emilio Fraile.

Cuando da la hora, la gente viaja de la sombra al sol para mirar al astro con las gafas homologadas puestas. Los primeros ya lo advierten: «Se nota un poco». «Sí, sí, un trocito», añade una señora a la que riñe su marido por girarse sin protección. La hora siguiente discurre así, entre avances e impaciencia: «Ya casi está», «solo queda un cacho», «al sol le está comiendo un trocito una cosa negra», «va por más de la mitad», «para el poquito sol que queda se ve mucha luz todavía», «está todo muy rojo», «no queda nada».

Pasadas las 20.25 horas, Benavente se sumerge en una luz crepuscular grisácea muy particular. El sol se estrecha. Va a desaparecer en mitad del cielo. «Van a sonar los cuartos ya», bromea un padre justo antes de que llegue el instante: un anochecer se cierne sobre los Paseos de la Mota y el sol es ahora una bola opaca rodeada por un halo de luz blanca. El fenómeno se hace invisible con las gafas del eclipse. Ya solo se ve al natural. «¡Madre mía, qué fuerte! ¡Flipa!». A la gente no le sale nada elaborado. La admiración viene con bocas abiertas y palabras que buscan en vano adjetivar algo único.

Muchos móviles se elevan en ese momento para intentar retratar el instante, pero algunos se rinden pronto. «Con el móvil no hago nada, esto que quede en la retina», se concede a sí misma una madre, instantes antes de que el sol asome de nuevo y el eclipse siga el camino inverso hasta despejar el sol. La misma mujer tarda unas décimas de segundo en reaccionar, pero enseguida se gira hacia su hija por encima de los aplausos generales: «La gafa, cariño, la gafa».

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