Ángel Andrés Ferreras lleva todo el año haciendo rehabilitación. El calor extremo al que sometió su cuerpo durante el incendio de agosto del 25 en Abejera hizo que se «deshilacharan» sus tendones. «Como una cuerda», explica el alcalde pedáneo de la localidad, que al principio pensó que solo se le habían quemado los pelos de las piernas. Pero no. «Me están metiendo corrientes y eso. He tenido muchos problemas. Ahora mismo estoy bastante bien, pero esto es algo que va a quedar para siempre», señala el vecino, que entre la prensa y la gente de la zona que lo menciona está regresando estos días a lo que sucedió un año atrás: a la tarde en la que llegó a caer al suelo asfixiado y exhausto, pero se levantó para seguir en la batalla por salvar al pueblo de las llamas.
Ocurrió pasadas las 18.00 horas del 12 de agosto de 2025: Abejera quedó cubierto por el fuego que se había originado el día anterior en Puercas. Sucedió tan rápido que apenas hubo margen para reaccionar. Los testimonios de aquellos días lo constatan: «Vino el fuego que no dio tiempo ni a decir Jesús», aseguró entonces un vecino llamado Miguel Sánchez, que se encontraba echando agua en los bordes de su parcela para intentar, inútilmente, protegerla. «El fuego corrió dos kilómetros en tres minutos», añadió. Esa misma noche, desde uno de los refugios, una mujer llamada Beatriz Madrid lo narró de este modo: «Ha sido como una película de miedo. De repente, vino el fuego, lo veíamos todo rojo, se notaba el humo y no sabíamos ni por dónde estábamos. Salimos como pollos sin cabeza y un guardia civil nos dijo: Tábara, Tábara, Tábara».

A Tábara se marcharon algunos; a Alcañices, otros. Los demás, los que podían ayudar, se quedaron para vivir unas horas de fatiga, humo y miedo. Vecinos como el citado Miguel Sánchez resultaron heridos leves, pero una familia que trató de huir en dirección Riofrío con su coche sufrió quemaduras más graves. Los cuatro salieron vivos, pero las secuelas siguen. En lo material, ardieron parcelas, se dañó alguna casa y se calcinaron naves que no han vuelto a levantarse. «Allí», señala Ángel Andrés Ferreras en dirección a la carretera que viene de Puercas, «no quedó nada». «Es gente mayor, que luchó mucho por el pueblo y que invirtió todos sus ingresos en su tractor y en sus máquinas», lamenta el pedáneo.
Esos restos de las naves, los árboles quemados que se observan en el curveo que sirve de aproximación al pueblo o el monumento recién estrenado en recuerdo de quienes batallaron contra el fuego son los restos que saltan a la vista cuando uno regresa a Abejera un año después. De fondo, la normalidad de un agosto sin llamas recuerda que la vida sigue. Algunos muchachos juegan en la pista polideportiva con camisetas de los equipos de sus ciudades mientras los padres se refrescan en el césped. Por detrás, pasa un hombre con un tractor. Y otro con un carretillo. También unas señoras se cobijan a la sombra en un banco escoltado por la figura de uno de los personajes de los Cencerrones. Hace unos días, se hizo una mascarada para los niños pequeños, a imitación de la del invierno.

Es el verano de casi siempre en Abejera, pero aún hay cosas que decir de lo que sucedió. Y de lo que puede venir. «Tenemos mucho riesgo, pero muchísimo. Puede entrar por ahí o puede entrar por atrás», va indicando Ángel Andrés en dirección a Puercas o a Riofrío. «Es verdad que tiene mucho menos que quemar, tocaremos madera», añade el pedáneo, que se recuerda a sí mismo en este lugar del centro de la localidad, con las máquinas de la cantera listas, horas antes de que vinieran las llamaradas. «No nos dejó la UME actuar con ellas», subraya el responsable local, que lleva clavada la actuación de la unidad de emergencias en su pueblo.
«Se podía haber apagado perfectamente», lamenta el vecino, que se vio atado entonces e impactado como los demás cuando las llamas se echaron encima. «Para arriba quemó todo el barrio. Era como si en el propio cemento hubiera vegetación», sostiene Ángel Andrés, que rescató a un par de vecinos mayores ya impedidos por el humo y que estaban dentro de su propiedad. Casi fue un milagro que nadie muriera. «Había lumbre en la calle», insiste el representante de Abejera, que se visualiza a sí mismo «angustiado» por no saber entonces si todo el mundo se había puesto a salvo en ese margen tan corto. Se miraron las viviendas y se tocaron las campanas, pero el incendio era voraz.
«Fue muy duro», resume el pedáneo, que enumera los daños de las naves tiradas y los paisajes tocados, pero que mira sobre todo a lo psicológico: «Ha sido matador, muy duro, fatal. Todavía se me pone la piel de gallina», destaca Ángel Andrés. En la víspera del aniversario en Abejera, poco a poco va descendiendo el sol. Esta vez, no hay humo en el horizonte y la gente baja desde las calles que conducen al local social y a la zona polideportiva y de juegos para niños. De fondo, un columpio chirría, señal de que un muchacho juega en la localidad que se salvó. Lo normal, un año después de aquel fuego extraordinario.

