Se dice que unos tienen la fama y otros cardan la lana. Virginia Anta y Esmeralda Folgado son de las segundas. Trabajadoras, con mucha presencia y ganas de enseñar, estas mujeres se acercan el primer jueves de agosto a Codesal para hilar y contar a los vecinos todo sobre el oficio de la lana. Los abanicos se agitan bajo un sol achicharrante que no impide a la Asociación Cultural Las Raíces cumplir con su programa de fiestas, como sucede en esta localidad desde hace ya cuarenta años.
En esta ocasión, el pueblo cuenta con Virginia Anta y Esmeralda Folgado, cada una responsable de un proyecto, pero con mucho en común. Las dos cuentan que se conocieron hace unos años durante unas Jornadas del Lechazo y, desde entonces, comenzaron a colaborar. Con el objetivo común de poner en valor la lana local, estas hilanderas entregan todo su cariño para dar a conocer los procesos del hilado y rescatar los conocimientos que, por su desuso, tienden a desaparecer. Mientras Virginia impulsa el proyecto de La Iaia, Esmeralda desarrolla su trabajo en Aliste con Lana y Candil, aunque lleva sus talleres allí donde la llaman.

La Iaia es una asociación que funciona a través de dos líneas. La primera, como proyecto solidario. Un grupo de tejedoras trabaja en un voluntariado elaborando piezas que luego dona a colectivos más vulnerables. Todos sus materiales proceden principalmente de la campaña «Dona tu ovillo», mediante la cual empresas y particulares entregan ovillos nuevos o sobrantes al colectivo.
Además, la organización se sostiene con talleres como el de Codesal, pero también gracias a los mercadillos de artesanía y el apoyo institucional, lo que le permite mantener los proyectos sin ánimo de lucro. La Iaia ha recibido este año el Premio Fundos a la Innovación Social, como reconocimiento a su labor en la lucha por la mejora de la calidad de vida y contra la despoblación en Castilla y León.
Por su parte, Esmeralda es maestra de formación y, además, hilandera. Al frente de Lana y Candil, dedica su tiempo a los talleres y la educación ambiental. Aparte de recuperar el patrimonio textil, también lucha por recuperar el vocabulario del oficio a través de cuentos.
Un conocimiento que estaba desapareciendo
La mujer relata que todo comenzó a partir de una pregunta: «¿Por qué estoy pagando la lana tan cara si los ganaderos me dicen que la están tirando?”. La contradicción la llevó a investigar. Y cuando consiguió un par de vellones sin lavar quiso aprender a procesarlos. “Mi gran maestra fue mi tía Tomasa, quien entonces tenía más de 90 años”, afirma emocionada. Ese aprendizaje le hizo comprender que no solo estaba memorizando una técnica, sino recuperando un conocimiento que estaba desapareciendo.
Hoy apenas quedan personas que sepan hilar. Y frente a ello, Esmeralda y Virginia tratan de evitar que desaparezcan los conocimientos tradicionales. Por eso, no solo enseñan el trabajo, sino también el vocabulario asociado al oficio. Palabras como escarmenado, cardado o hilado siguen utilizándose en sus talleres, porque ellas consideran que “cuando desaparecen las palabras también desaparece la cultura que representan”. Incluso durante su explicación se refieren a quienes les escuchan como «rapaces» o «rapazas», expresiones que acercan a los participantes a la identidad de la comarca. Una identidad que estas dos mujeres luchan por conservar.
