
He visto la película de Adam Mckay Don’t Look Up en incontables ocasiones. A estas alturas, resultaría difícil explicar esa reiteración únicamente por sus virtudes cinematográficas -para mí un clásico contemporáneo dentro de un mundo que transcurre a una velocidad vertiginosa-. Hay algo en ella que me fascina, me sobrecoge y, paradójicamente, me reconforta. Quizá porque, bajo la apariencia de una sátira despiadada sobre la sociedad occidental, encierra una reflexión mucho más elemental: hemos olvidado con demasiada facilidad la importancia de mirar hacia arriba.
El próximo 12 de agosto tendremos una oportunidad excepcional para volver a levantar nuestras cabezas. Un eclipse total nos permitirá a millones de personas compartir un acontecimiento que no volveremos a experimentar en circunstancias semejantes. Aparte de un fenómeno astronómico, será uno de esos escasos acontecimientos -a pesar de la efemeridad del recuerdo colectivo- capaces de convertirse en memoria generacional: dentro de décadas probablemente recordaremos dónde estábamos, con quién lo contemplamos y qué sentimos cuando llegó la efímera totalidad.
Durante unos instantes, la mecánica celeste alterará nuestra cotidianeidad. Saber cómo sucede no disminuye un ápice su capacidad para sobrecogernos. Al contrario: pocas cosas resultan tan extraordinarias como comprender que no necesitamos recurrir a lo sobrenatural para sentirnos abrumados por la realidad de lo sublime.
Algo semejante ocurre cada agosto con las Perseidas -las cuales, por cierto, alcanzarán su máximo durante la noche del 12 al 13 de agosto-. Un pequeño fragmento de materia penetra en nuestra atmósfera a una velocidad descomunal, dibuja durante apenas un instante una línea luminosa en el firmamento y desaparece. Las hemos apreciado en innumerables ocasiones y, sin embargo, seguimos señalando el cielo cuando ocurre. Hay algo profundamente humano en esa fascinación, en ese sobrecogimiento y en esa capacidad que tiene lo sublime para reconfortarnos.
La película Don’t Look Up construye buena parte de su extraordinaria ironía precisamente alrededor de nuestra incapacidad para detenernos y observar. Mientras sobre las cabezas de los personajes Randall Mindy (Leonardo DiCaprio) y Kate Dibiasky (Jennifer Lawrence) sucede algo abrumadoramente cósmico, la sociedad continúa atrapada en memes, intereses económicos, burdas polémicas políticas mediatizadas, audiencias y nimias preocupaciones cotidianas. Todo parece urgentísimo. Todo reclama inmediatamente nuestra atención.
Hasta que verdaderamente miramos hacia arriba.
Contemplar detenidamente el firmamento produce una saludable alteración de las proporciones. Nuestros problemas no desaparecen, pero recuperan su verdadera escala. Frente a distancias medidas en años luz y procesos que comenzaron miles de millones de años antes de nuestra existencia, descubrimos nuestra extraordinaria pequeñez. Y, sorprendentemente, esa insignificancia cósmica puede resultar, también, reconfortante.
Somos una porción minúscula de materia que, después de miles de millones de años de evolución cósmica, ha adquirido la extraordinaria capacidad de contemplarse a sí misma. Somos, literalmente, polvo de estrellas; stardust que cantaban los Mills Brothers, varias veces reproducidos de forma sublime en el film de Mckay. Podemos contemplar un eclipse, maravillarnos ante las «lágrimas de San Lorenzo», apreciar el espectáculo en soledad o junto a quienes están a nuestro lado y conservar después el recuerdo.
Por eso este 12 de agosto merece la pena hacer algo cada vez más difícil: detenernos. Despreocuparnos. Olvidar durante unas horas el móvil para disfrutar de la plenitud de un momento único para todas las generaciones que compartimos la vida en la Tierra.
Quizá una de las mejores maneras de comprender lo verdaderamente importante sea, tal y como defendían fervientemente los protagonistas de Don’t Look Up, dejar de mirar hacia abajo y volver a mirar hacia arriba.
