Una imitación de la copa del mundo conquistada hace unas semanas por la selección española de fútbol corona el cartel de entrada a Sejas de Sanabria, uno de los pueblos del noroeste de Zamora donde la escasez de población convive con la majestuosidad del paisaje. Allí, donde normalmente residen 26 empadronados, el verano es otra cosa. Y no solo por los retornos, también por la inyección extra de personal y juventud que aportan los muchachos del campamento. Son 72 en este turno. Todos, en una horquilla entre los ocho y los quince años. A media mañana del 6 de agosto, con el sol empezando a picar, hace un rato que las calles son suyas. Los muchachos planean y ejecutan, casi todo a la carrera y bajo las directrices de los abnegados monitores, que sonríen y jadean. Esto les gusta y les cansa.
El campamento en sí se ubica en un albergue situado en la punta de abajo del pueblo, pero la actividad ocupa toda la contorna de Sejas. En las calles, en las orillas del río Negro o en las zonas de monte, los muchachos aparecen. Tiempo habrá en invierno para la soledad. Aquí, cuando llegan los calores, todo el mundo sabe que asoman los niños y niñas de Don Paco, el cura de apellido Díez que montó eso en 1973 y que aún lo sostiene con la ayuda de la gente que se ha ido implicando en el proyecto por el camino. Todo comenzó con un turno de chicos y chicas que ahora rondan la edad de jubilación y que durmieron en el suelo, «sin nada de nada». La intendencia ha cambiado, pero la esencia no.

Lo cuenta Don Paco, vestido sin rastro de simbología sacerdotal: camiseta promocional de Lituania, pantalón corto, zapatillas de deporte y a funcionar. El cura cuenta que la razón de venir a Sejas en los 70 tiene que ver con la recomendación de una maestra de Los Bloques a la que conoció en sus tiempos como sacerdote de la parroquia de San Lorenzo. La mujer le vendió bien la zona y él se dejó convencer. No falló. De hecho, le quedó tan claro que el lugar era ideal que, poco después de aquella primera experiencia al raso, la gente empeñada en montar el campamento, con Díez a la cabeza, construyó a prestación el albergue donde aún hoy pasan cada noche los muchachos.
«Aquí no ha entrado ninguna empresa», asegura Don Paco. Todo a pulso. Y así ha funcionado el campamento durante cincuenta años con la salvedad del 2020 pandémico. Al principio, solo se admitía a chicos: 54 en la primera edición. Luego, se abrió a las chicas, inicialmente en una zona separada. Funcionó poco eso de ponerle puertas al campo entre los más adolescentes: «De aquí han salido 16 matrimonios. Y ninguno se ha divorciado», presume el cura, que aclara que el terreno donde se construyó el albergue fue una cesión de familias del pueblo. En Sejas de Sanabria, este proyecto siempre ha tenido un apoyo firme.
Ahora, en la zona del albergue, hay también dos pistas deportivas y una tienda donde los niños se van rotando para dormir. La idea es que bajen allí para vivir la experiencia de pasar la noche al raso, como los de la primera edición. Todo esto lo cuenta Raúl Alonso, una de esas personas vinculadas desde la infancia a este lugar: primero, como acampado; luego, en calidad de monitor. «Ahora tenemos 72 niños, pero en el primer turno fueron 92», remarca este hombre, que apunta que los acampados van siempre a lo mismo: «a pasárselo bien y a desconectar de sus padres».

Aún así, resulta inevitable que alguno sienta pena por la lejanía de sus seres queridos, y más aún en un lugar donde las pantallas quedan fuera y la comunicación más habitual es por carta, un medio para muchos desconocido hasta la llegada a Sejas. Por suerte, hay poco tiempo para la nostalgia. Las actividades cubren gran parte de la jornada «y los niños se olvidan». Algunos de ellos vienen de Zamora, claro, pero también los hay de Madrid, de Burgos, de País Vasco o de Asturias. «Se conocen un año, hacen piña y al siguiente vuelven y ya son amigos», destaca Raúl, que hace un repaso de un día normal en el campamento, para que la gente entienda de qué va esto.
«Nos levantamos a las nueve de la mañana, después de habernos echado tarde, y ellos se van a lavar, a desayunar y a hacer las tareas. Aquí, limpiamos el baño y el comedor, recogemos, se hacen las habitaciones y a las once de la mañana hacemos un juego. Cada año, el campamento va sobre una temática, y este es la magia. Después, a las doce y media se cambian y bajamos al río. Ya a las dos y media comemos, damos tiempo libre hasta las cinco y a continuación tenemos los talleres de varitas, de mapas, el coro o un podcast que hacemos para que los padres lo puedan ver. Tras eso, merendamos, hacemos deporte, a la ducha y a la cena», repasa Raúl.
Todo eso tiene un cierre más tarde con un juego nocturno que precede al cántico del himno del campamento. Así a diario para los niños y para monitores como él. «Esto a mí me ha formado como persona, ha sido una experiencia vital», reflexiona Raúl, que acumula catorce años consecutivos viniendo, tras un parón posterior a la infancia y la juventud, y que comparte experiencia con mujeres como Esther Movilla, que en 2026 disfruta la vivencia de una forma más especial: con su hija Claudia como acampada.
La monitora cuenta que, de su etapa de niña en Sejas, conserva cartas enviadas por sus ahora difuntos abuelos y también una colección de recuerdos lo suficientemente buena como para querer que ahora su hija construya los propios. No en vano, Esther empezó a ir a Sejas en 1993 y no ha dejado de hacerlo. Ella es una de las más constantes dentro de las 7.700 personas que han pasado por aquí desde 1973. «Hacemos el oficio de padre y de madre estas semanas para que los niños se encuentren a gusto», remacha Don Paco, al pie de la calle que lleva su nombre en este lugar de Sanabria.

