
Arriero o arriera, según la definición de la Real Academia Española, es la persona que se dedica al transporte de mercancías con animales de carga. Desconozco el motivo por el que un «festival y encuentro de creación contemporánea de Castilla y León» ha decidido emplear dicha palabra para autodenominarse. Pero hay una cosa de la que sí soy muy consciente, el enorme trabajo y la ardua tarea que sus organizadores han llevado a cabo, tal y como trabajaban a destajo los antiguos arrieros, para que esta primera edición pueda ver la luz en la villa de Puebla de Sanabria.
El encuentro tendrá lugar este fin de semana y en él se podrán contemplar obras artísticas llegadas de toda Castilla y León. Casi cuarenta artistas compartirán recorrido y espacios por el centro histórico de la villa para ofrecernos sus pinturas, fotografías, esculturas, instalaciones, teatro o música. Un festival para disfrutar a la vez del arte y de uno de los pueblos más bonitos del país.
Si el arte, como decía el pintor Edvard Munch, deriva de un deseo de la persona para comunicarse con otra, cabría preguntarnos cuál es el motivo de llevar tantas obras contemporáneas a las calles del pueblo, al mundo rural. Para mí se trata de una acción con la que los hijos y nietos del éxodo rural -organizadores y voluntarios- tratan de devolverle a la tierra de sus padres y abuelos -Sanabria- el cariño con el que se habla del hogar, y el amor, casi siempre incondicional, que se profesa a la patria chica. Intentar aportar experiencias enriquecedoras a la tierra de la que nos seguimos sintiendo parte.
Porque Arriero no está pensado solo como una actividad que pretenda darle una nueva forma al turismo de interior, sino que se plantea principalmente como un acontecimiento para las personas que habitan el pueblo. Para buscar que la implicación y la interacción con los artistas y sus obras sea de una inmersión total, que es la única forma real para conseguir arraigo y un desarrollo de la idea a largo plazo. De ahí surge también la idea del arte al aire libre, porque es la calle la que nos une socialmente. Son las calles y las plazas las que permiten dirigir nuestras conversaciones y esfuerzos a un lugar común: el pueblo a través de nuestros otros ojos y de los del resto.
Por todo ello, os animo a subir a la Puebla viernes y sábado, para disfrutar de dos jornadas llenas de imaginación, cultura y compromiso con nuestros orígenes y con el territorio. Y a que cada uno pasee por las calles dejándose llevar y evocando todo aquello que las obras expuestas le sugieran. Yo, por mi parte, jugaré a imaginarme a La Triana y al Ferrolano, mis bisabuelos, recorriendo a mi lado las calles del que fue su hogar. Parándonos frente a las obras para figurarme sus reacciones -de asombro o de escándalo- o sus preguntas -inocentes o incisivas-, pero sobre todo para fundir pasado y presente en la tierra que nos une, esta vez, a través del arte.
