Josefa y Catalina Mateos suben como pueden por una cuesta empinada que conduce a una de las zonas altas de Mámoles. Van con algunos familiares y con dificultad. Los años, la rampa, el calor y el olor a quemado se alían para lastrarlas. Las hermanas van soltando comentarios a medida que ascienden por un lugar minado de parcelas calcinadas, aún en pleno pueblo. «Cómo está esto…», desliza Josefa, la que vive en la localidad. Catalina, que vuelve de visita porque el hogar lo tiene en Barcelona, la sigue por el camino. Ambas crecieron juntas en la casa que buscan ahora con la mirada, advertidas ya de lo que se van a encontrar.

La vivienda que fue de sus padres, donde Catalina nació y Josefa se crió, tiene el techo en el suelo. Todavía humean las paredes mientras yacen en el piso los escombros. «Uy, se ha caído todo, se abrasó todo…», lamenta la hermana que vive en la localidad. El fuego pudo con el tejado de esta vivienda, ya deshabitada y ahora destruida. Una de las familiares explica que la idea de Catalina era poner la casa a la venta, pues cuando viene se aloja donde Josefa. Ahora será más difícil. «Se venció el tejado para abajo, cagüen los demonios«, se lamenta otra vez la vecina de Mámoles.
La propia Josefa sale de la casa con algo de susto porque, todavía este sábado, los aviones vuelan con cargas de agua y se ven zonas humeantes en puntos cercanos. Aún así, desde las zonas altas, se ven paisajes imponentes. «Dicen que esto es muy bonito, pero siempre fue muy pobre», remarca la mujer, que despide a los periodistas con la resignación en las palabras: «Qué le vamos a hacer, que no os veáis así».

La realidad es que, en el pueblo de Mámoles, el incendio ha pasado factura material. Como la casa de la familia de Josefa y Catalina han ardido algunas más. Son viviendas vacías, pero no necesariamente abandonadas. Lo de las naves y las pérdidas de los agricultores y ganaderos es otra historia. La de los inmuebles destruidos la cuenta también un hombre llamado Domingo García, que contempla desde su casa nueva cómo, justo enfrente, se ha calcinado la antigua, la de su suegra, a la que iban habitualmente hasta «hace diez u once años», cuando se mudaron a la actual.
«Eso estaba hecho de ripio y escobas, así que a nada que se cayó encima del tejado…», explica Domingo, que señala las dos construcciones, contiguas entre sí, que pertenecen a su familia, ahora destruidas por dentro a causa de las llamas. «Eran casas que estaban cerradas, pero no abandonadas. Esta la teníamos completa, con muebles, camas y armarios; estaba habitable», asevera el vecino, que concede que había equipamiento antiguo en la cocina, el salón o los dormitorios, pero que recalca que se podría haber utilizado como vivienda llegado el caso.

«Ahora ya nos dirán», señala el vecino, que ya ha ido echando un ojo a las normativas sobre ayudas después de regresar al pueblo desde Zamora, donde su familia estuvo desalojada. Allí viven una parte del año. Mámoles es su segunda residencia. Antes de despedirse, Domingo García apunta que su suegra, la dueña de la vivienda quemada, falleció hace cuatro meses, a los 102 años. «Menos mal que no lo ha podido ver, porque habría sido un disgusto enorme ver así su casa», zanja el vecino.

