A las doce de la mañana del último día de julio, una nube de humo cubre todavía Sayago. Solo Mámoles y Pinilla de Fermoselle siguen desalojados en ese instante – dejarán de estarlo pasadas las siete de la tarde – pero el olor a fuego penetra todavía en los cuerpos y en las casas. Mucha gente va con mascarilla por las calles para aislarse de ese ambiente contaminado mientras riega sus plantas, evalúa los daños y toma conciencia del peligro que corrieron los pueblos. No son solo los entornos completamente arrasados en puntos como la carretera que va de Muga a Formariz. El fuego cercó las localidades, quemó alguna nave y bastante forraje y alpaca. Incluso, arrasó parajes naturales con nombre propio. Y pudo ser mucho peor.

En el ya citado pueblo de Formariz, José Manuel Benéitez, Luis Fernando Cabrero y Javier Alejo contemplan la escena de fardos humeantes en la parcela de este último, al lado de la nave del segundo, que se libró por centímetros. El fuego llegó aquí, a la parte baja de la localidad, de manera inopinada. En la noche del miércoles al jueves, el operativo y los vecinos habían trabajado para librar el pueblo casi hasta el amanecer. En la tarde siguiente, con un escenario aparentemente tranquilo, las llamas se reavivaron por esta parte de la localidad sayaguesa, no muy lejos de un barrio conocido como Los Majadales bajos.
El incendio se plantó en este terreno donde Alejo guardaba el forraje que ahora humea, cerca ya de la parte habitada. «Esto son unos pocos euros. A mí lo que me preocupaba era la nave de Fernando», apunta el ganadero. Como casi todos, pensó que la instalación contigua no libraba. Vista la escena, casi parece un milagro que las llamas no tocaran esa construcción que sí se vio afectada por el calor. Quizá, haya que cambiar el tejado. Al menos, repararlo. Pero eso se antoja como el mal menor. «Nunca en mi vida había visto lo que vino por donde el Charco de la Barrera», advierte nuevamente Alejo, en referencia a un paraje de la contorna.

Él mismo sufrió con las llamas cerca del tractor, el vehículo que decenas de agricultores y ganaderos utilizaron para colaborar con el operativo en la zona. Salió indemne. «Lo podemos contar porque nos ha acompañado la suerte», afirma Alejo, mientras sus dos compañeros y él ponen la vista en el horizonte cercano. Allí, detrás de su parcela y de unos muros en piedra seca ennegrecidos, aparecen las primeras casas. El fuego rodeo la nave de Luis Fernando y continuó hacia esa parte. Los vecinos cuentan que, en una de las viviendas, las llamas rodearon por completo la casa. Los testigos pensaron que se calcinaba sí o sí. Pero ese hogar de una familia resistió.
Ahora, en la parcela que rodea a la vivienda, el suelo tiene el mismo color que los terrenos ubicados en los laterales de la carretera que conduce al pueblo: completamente negro. La familia prefiere no hablar. Va procesando lo que ha sucedido. De fondo, todavía se ven puntos calientes que tendrán que ir controlándose con el paso de las horas. El gran susto del jueves, cuando todo parecía resuelto, mantiene muy alerta a los vecinos de Formariz. Aunque por el panorama parezca que hay poco más que quemar en los alrededores.

A un puñado de kilómetros de allí, en Fornillos de Fermoselle, el testimonio de Patxi Martínez es la memoria reciente de la angustia. El hombre, uno de los dueños de La Setera, un negocio con quesería y bodega, sale a su puerta, baja una pequeña cuesta y se encuentra con los restos de lo que hace 48 horas era un paisaje envidiable hasta donde alcanzaba la vista en dirección a Pinilla. Buena parte de esa fotografía se la comió el fuego, que también devoró la zona del alcornocal de Valduyán mientras la atención del operativo estaba centrada en la defensa de Mámoles.
Martínez da cuenta de todo eso mientras observa lo lejano, pero pide a los periodistas una mirada corta para comprobar lo cerca que estuvo el fuego de su casa. Tanto, que una chispa se coló en su patio y quemó una madera y unas bicicletas. Un vecino se percató y apagó las llamas antes de que se propagaran hacia un árbol previo a la bodega y la vivienda. El vecino de Fornillos se emociona. Sabe que solo pequeños detalles han evitado males mayores. Justo enfrente de su casa, una construcción aparece calcinada. Tres cabras y un chivo perecieron dentro.

Y por la calle hacia abajo hay más ejemplos de destrucción. En Fornillos, el fuego ha golpeado fuerte. El entorno está totalmente tiznado y hay parcelas dentro del casco urbano completamente calcinadas. En un paseo rápido, se ven los restos de lo que era un huerto, los frutos que resisten a duras penas en un peral o un membrillero acabado. Una vecina pasa por allí, recién realojada, y señala hacia unas piedras separadas en el lateral de una parcela: «Entre una y otra, todo eran zarzas, pero se han quemado», constata la mujer.
En el camino de regreso, en dirección a Palazuelo, una nube de pájaros vuela en busca de un alimento que le costará encontrar en los próximos días. El fuego parece haber pasado, pero el panorama queda en una comarca que tendrá que rehacerse. Como de tantas cosas.

