La paz no llega a Mámoles con el regreso de los vecinos. Durante la mañana del primero de agosto, el sonido de los helicópteros y de las sirenas pone la banda sonora en el último de los pueblos realojados tras el incendio declarado el 29 de julio en Fermoselle. Por la tarde, las reactivaciones alterarán aún más a la gente de una localidad donde el fuego ha golpeado fuerte. Hay casas viejas destruidas, parcelas ennegrecidas y parte del paisaje tostado. La vecindad mira con pena algunas estampas, pero pocas generan tanta desazón como la de que ofrece la propiedad de Alfredo Fernandes y Josefa Fadón, en uno de los barrios habitados de este rincón de Arribes.
Alfredo enumera las pérdidas tras charlar un rato con los responsables de la cooperativa Asovino, que vienen a darle apoyo. Como a muchos – demasiados – estos días. Allá va la lista de este ganadero de ovino de Mámoles: 50.000 kilos de alfalfa, 300 bolas de forraje en casa «y todas las que cogió el fuego en las cortinas», cuatro o cinco placas solares, tres tanques de 4.000 litros cada uno, tres tractores en una nave cercana que también ardió, la desbrozadora, los rastrillos y otros aperos, las ruedas de las gradas y un par de coches: uno en una casa que se quemó en el pueblo y otro en una parcela.

A Alfredo apenas le han quedado, en realidad, la casa, la nave de las ovejas y los propios animales. El resto ha perecido entre las llamas. Incluida la estructura techada donde protegía la alfalfa y el forraje. Esa construcción aún sigue en pie, «pero va a haber que tirarla». El deterioro es irreversible. El ganadero, que pronto cumplirá los 69 años y ya atisbaba la jubilación, lo cuenta todo desde ese lugar que ardió a media tarde del jueves, aunque la alfalfa aún echa un humo que pide mascarilla. Todos allí la llevan menos el propio profesional, que mira de soslayo hacia los restos del alimento de su ganado y constata que «era del bueno».
El hombre, portugués de nacimiento, pero de madre sayaguesa y afincado en Mámoles desde hace medio siglo, pide prudencia a la visita. «Mira, esa columna del medio está muy tocada y, si se parte, se cae todo. Pero vamos, que ya está inutilizable», lamenta Alfredo, que aclara que la jubilación tendría que llegar en el próximo mes de noviembre. Ahora, no sabe si esto cambiará algo. «Lo que sé es que andamos un poco escasos de dinero para volver a rehacer lo que se nos ha fastidiado», cavila el ganadero.

Por hacer cuentas, solo los 50.000 kilos de alfalfa pueden ser más de 10.000 euros. Póngase a sumar todo lo demás. Alfredo trata de no abrumarse con el panorama e intenta pensar en el corto plazo. Lo primero, en la comida para las ovejas. En el rato siguiente tiene previsto recibir un remolque de alfalfa que le dona una asociación y que llegará desde Fresno de Sayago, de manos de un compañero de nombre Lolo que abastecerá a los animales. «Solo de agua no se vive», recuerda el profesional, que explica que él estaba en otro frente de fuego cuando sus propiedades empezaron a arder: «Cuando llegué, ya no había nada que hacer», lamenta.
El hombre mantiene la entereza, pero aún así le duele: «Hombre, de todo lo que tenías aquí, ver que te quedas sin nada, pues es muy jodido», concede Alfredo, que vio casi todo arder «de un momento a otro». Aún así, cuando alguien se acerca a preguntarle, trata de ser amable sin dramatismos:
– ¿Cómo estás, Alfredo?
– Bien, a pesar de todo.

