La gente no esperó a que se lo dijeran dos veces. Cuando se anunció el realojo de los doce pueblos de Sayago que han recuperado a sus vecinos este viernes, los evacuados salieron a escape a por el coche. Todos dicen que en Bermillo les han tratado bien, pero nada como el hogar, claro. El alivio del retorno llegó, aunque muchos regresaran cinco o seis años atrás en el tiempo y salieran a las calles de Palazuelo, Formariz o Muga con mascarilla para evitar los efectos perniciosos del humo todavía presente en este viernes de desescalada en la comarca.
Esa ha sido la escena común en los pueblos de la zona: reencuentros, abrazos, autoprotección y miradas de soslayo a lo que se ha quemado. También lamentos por los agricultores y los ganaderos, los más afectados económica y laboralmente. La cara B de esa escena de la vuelta a casa se percibe horas después en un polideportivo de Bermillo casi vacío. Allí solo quedan algunos voluntarios, trabajadores de la Cruz Roja y las gentes de Pinilla de Fermoselle y de Mámoles. De esos lugares, los que siguen con peligro por las llamas, proceden los diez últimos desalojados.

Los dos pueblos son pequeños, pero no tanto como para sumar solo diez vecinos entre los dos. Lo que ocurre es que mucha gente tenía alternativa. Lo explica con gracia una mujer llamada Natividad Villar, una de las tres personas de Mámoles que están alojadas en Bermillo a la espera de que el incendio les permita pasar. «Unas tenían un piso en Zamora y se llevaron a más gente para allí con ellos. Otro era de Roelos, ¿sabes donde está? Y tenía sitio allí. A los demás ni teníamos ni nos llevaron a ningún sitio», ríe la mujer, acompañada aquí por Josefa Sánchez y Lorenzo Villar, los otros dos paisanos del pueblo cuya protección marca ahora el paso del operativo.
Natividad cuenta que la pareja citada vive parte del año en Plasencia y otra parte aquí en Sayago. «Yo siempre en Mámoles», advierte la vecina, que es dura de oído, pero que tiene energía. ¿Y años? Pues 95. Y ya van dos noches en el polideportivo sin que su actitud parezca demasiado resentida. La mujer, sin achaques aparentes de cabeza, habla de las cosas de su vida, de las pérdidas, de las visitas de los familiares que están en Barcelona y de la belleza de su lugar en el mundo, donde espera volver pronto. Como los demás.
La gente de Mámoles y de Pinilla pregunta cómo está la cosa, si se ve humo, si hay mucha Guardia Civil o si se saben nuevas noticias. Los trabajadores y los voluntarios de la Cruz Roja admiten que, en el momento del realojo de la gente de otros pueblos que había compartido con ellos la angustia, el disgusto fue palpable entre los pocos que se quedaron. Ya son 48 horas en Bermillo, y los allí destinados, muchos de ellos entrados en años, temen tener que pasar otra noche lejos de casa.
Por si acaso, todo está listo para mantener el operativo el fin de semana si hiciera falta. El personal de Cruz Roja lo confirma y añade que la colaboración de la gente de Bermillo, de Almeida y de otras localidades de la contorna ha sido total. Hasta el final. Todavía con los diez que quedan, un buen puñado de hombres y mujeres resiste para dar respaldo. Hasta que Natividad y el resto retornen a su sitio.
