A media tarde del miércoles, Marina Cortés y Ángel Peña tienen «el humo en la garganta». Lo cuentan desde el Fermoselle confinado y angustiado por las continuas reproducciones que nacen como de la nada. De una parcela que echa humo completamente calcinada a otra contigua que había quedado libre. Solo hacen falta viento y mala suerte. La mujer señala un lugar cercano que, efectivamente, humea. A unos centenares de metros de allí, otra paisana, Ana Rosa Gómez, tiene más daños que lamentar: se le ha quemado el merendero.
La gente del pueblo refresca sus casas, trata de convivir con el humo y con la inquietud y mira mucho a 2017. Casi constantemente. Para los vecinos, lo de ahora se parece a lo de entonces. Incluso, hay fotos comparativas; sitios que ardieron hace nueve años y que ahora han vuelto a quedar calcinados. Como si las llamas esperaran la recuperación del entorno para volver a golpear a la mínima. En la ocasión precedente, el fuego fue intencionado; esta vez, la hipótesis lanzada por el presidente de la Junta, Alfonso Fernández Mañueco, es que alguien cometió una imprudencia.
El caso es que, como señala Marina, el fuego vino de abajo, «subió y rodeó la zona». Peligro para Fermoselle, cuyas gentes pasaron las primeras horas «entre casa y fuera», haciendo lo que se les permitía. Eso, algunos. Otros decidieron salir donde pudieron a tratar de echar la mano, aunque no siempre es posible. Hay momentos en los que el fuego no abre paso a la buena voluntad. Los vecinos hablan de lo que hay por fuera sin saber exactamente cómo está en la contorna. Si lo dimensionaran, seguramente las comparaciones con 2017 terminarían. Esto es mucho más grande.
Según el informe que presentó la Junta de Castilla y León sobre ese fuego registrado en el agosto de hace nueve años, aquella vez se vieron afectadas 1.691 hectáreas de carácter forestal y 1.153 agrícolas y de otro tipo. En total, 2.844. Aquí, el director de extinción del jueves, Raúl de la Fuente, reveló a la una de la tarde, 24 horas después de que se declarara el fuego, que la cuenta ya iba entre 10.000 y 11.000. Y ni mucho menos se trata de un balance cerrado. Las llamas siguen activas, particularmente en la zona del cañón por las inmediaciones de Mámoles y Fariza.

El fuego de esta vez se parece más a los de los últimos años en el resto del oeste de la provincia que al propio de Fermoselle de 2017, en realidad. No alcanza, al menos de momento, los volúmenes de la Sierra de la Culebra, Losacio o Molezuelas, todos por encima de las 30.000 hectáreas calcinadas, y ni siquiera el tamaño del de Porto, que rebasó las 20.000. Pero sí supera ya al de Puercas para situarse como el quinto más importante de este ciclo de fuegos del último quinquenio que está poniendo a Zamora contra las cuerdas.
De hecho, lo que empezó como el fuego de Fermoselle al mediodía del miércoles, ahora se puede considerar ya como el incendio de Sayago, con catorce pueblos que iniciaron este viernes su tercer día desalojados, con otras dos localidades confinadas y con varias cuadrillas de bomberos y vecinos apagando las llamas a las puertas de las localidades o dentro de las propias naves en sitios como Muga, Formariz, Palazuelo o el propio pueblo donde comenzó todo.
Como en muchos de estos casos, el calor y el viento han contribuido de forma decisiva a que las llamas avanzaran a toda velocidad. Aún el viernes se espera un día malo, sobre todo en la citada zona de Mámoles, donde el fuego baja encañonado. Ahí, seguramente, queden jornadas de faena para controlar otro de esos incendios que la provincia recordará y que un día como este nota en la garganta. En las inmediaciones de Zamora, la jornada ha amanecido con el aroma del humo que ya respiraron Marina, Ángel y el resto de los vecinos de la comarca.
