Entre los vecinos que se quedaron en Palazuelo de Sayago cuando la Guardia Civil ordenó evacuar el pueblo están José Antonio y Juan, abuelo y nieto. Al primero no, pero al segundo casi le obligan a irse. «No quise», asegura, porque cuando llegaron los guardias todavía no había hecho acto de aparición en el pueblo miembro alguno del dispositivo de extinción de incendios. Esto fue como a las cinco de la tarde del miércoles, cuatro horas después de que el fuego iniciado en Fermoselle asomara ya cerca del pueblo. Entre un punto y otro hay 15 kilómetros en línea recta que el fuego devoró en esas cuatro horas, a un ritmo de casi cuatro kilómetros por hora. «Venía que no veas, más de lo que aguanta un hombre andando».
Fueron los vecinos los que se organizaron y, con ayuda de varias personas llegadas desde localidades del entorno y de agricultores y ganaderos que pusieron sus aperos a disposición, consiguieron «salvar» el pueblo. A un joven se le quemó en los trabajos «un tractor recién comprado». Se quemaron varias casas viejas, una en las afueras y dos en el mismo centro, en la plaza. «Si no se quemó el pueblo fue porque nos quedamos aquí», aseguran abuelo y nieto. «Lo que no puede ser es que manden vaciar los pueblos y dejarlos solos cuando no hay nadie aquí que venga a apagar el fuego. Si dejamos el pueblo solo, hoy no hay pueblo aquí», apunta José Antonio. Al poco llegaron efectivos de la Junta y un camión de bomberos de la Diputación de Zamora. Entre todos apagaron las llamas de dentro del casco urbano y protegieron las afueras. El fuego rodeó la localidad y avanzó.

En el centro del pueblo está Manuel Ríos, otro de los vecinos que el miércoles desoyó a los guardias y se quedó en Palazuelo. Dice lo mismo, que si no es por los vecinos, la localidad «se quema». Vigila una manguera enganchada en un grifo de la casa de su sobrino, que atraviesa la plaza y entra por la ventana de una de las casas que se quemaron el miércoles. La tiene preparada por si salta otra chispa, que no se descarta, para que no pase a las casas de al lado. «Esto lo hago yo porque estoy aquí. Si no estoy yo, pues no lo hace nadie, porque de aquí se ha ido todo el mundo». Al frente del incendio, se interpreta. Pero el caso es que «se han ido».
Pasado Palazuelo el fuego avanzó para Zafara y a Muga de Sayago. Allí se aprecian las huellas de una noche larga en la que las llamas se acercaron mucho al pueblo y en la que, otra vez aquí, otro gallo cantaría de no ser por los vecinos que se quedaron a defender el lugar. Margarita Lorenzo, la tendera, está sentada en la puerta de su tienda. Su marido, Amador, que se dedica a la venta ambulante, no puede trabajar porque los pueblos están evacuados y las carreteras, cortadas. Ella tiene abierto, pero la clientela, lógicamente, escasea. Ha acudido para prestar servicio a los bomberos y a los vecinos que se han quedado. Aparecen tres, que piden algo fresco y marchan rápido a enganchar las mangueras para colaborar en la extinción de una reproducción entre Muga de Sayago y Zafara, felizmente apagada.

Entre una y otra localidad, entre Palazuelo y Muga, predomina el negro. Las señales no indican nada porque ya son negras, las cunetas están abrasadas y los muros de piedra seca del entorno muestran los efectos de las llamas. Que el fuego corrió mucho se ve en que las copas de los árboles están mayoritariamente intactas. De vez en cuando, en los bordes de la carretera, aparece algo de ganado. Casi siempre sobre terreno libre del impacto de las llamas. «Antes había más vacas y los fuegos se paraban antes», decía el pastor de Palazuelo. Será.

