En la calle que baja de las piscinas de Fermoselle, un camión de bomberos a la puerta revela el lugar donde el miedo se ha transformado en disgusto por la pérdida material. No es una casa estrictamente, pero sí el txoko, el merendero, el lugar de reunión de Ana Rosa Gómez y los suyos al pie de la vivienda en la que residen desde la jubilación, hace más o menos un año. La dueña, resignada, no quiere ni mirar hacia la zona. Mientras los profesionales trabajan, ella espera en un patio a la entrada con la vecina que le dio el aviso de que las llamas se estaban colando en su propiedad. A veces, le vienen las ganas de llorar; otro rato bromea para quitarle hierro y que se pase. Le costará pasar el trago.
En el lugar al que no quiere mirar Ana Rosa están los restos de lo que fue su merendero. Apenas queda la estructura en pie. Lo que fue el txoko sigue ardiendo un poco y echando humo mientras los bomberos refrescan la zona. También se han quemado algunos olivos, una parte de un huerto y los setos. «Había dejado el andamio para podarlos y mira, me han quitado ese trabajo», vacila con amargura la dueña de una propiedad que estaba vacía cuando el fuego sobrevino. Ella y su padre de 95 años se habían movido al polideportivo para evitar riesgos. Su marido estaba fuera en ese momento.

La que dio la voz de alarma fue la vecina, que también abrió paso a los bomberos. Todo se precipitó unos minutos después de las seis de la tarde, según apuntan ambas. En Fermoselle, en general, todo el miércoles fue de susto en susto. Y alguno terminó en faena. En muchos de los rincones periféricos de esta población rayana, los puntos calientes estallaron y exigieron la rápida intervención de los vecinos o de los medios de extinción. En casos como este no se llegó a tiempo para evitar daños materiales. Sí se salvaron las personas y las viviendas principales.
«Yo aquí tenía muebles de cocina que me habían regalado, una mesa enorme para veinte personas y todo para comidas familiares y de amigos», explica Ana Rosa, que preveía organizar allí «una primada» este verano. La vecina lo cuenta antes de dirigirse a los bomberos que se acercan por allí. «¿Por qué no bebéis agua? Tenéis agua fresca». La mujer se preocupa por los efectivos de extinción y, de fondo, también por lo que le viene. «A ver el seguro», desliza. En eso se tendrá que poner cuando pase el impacto.
La pena se centra en la construcción que se ha venido abajo, pero también en la parcela quemada alrededor. Mientras, la preocupación también se desvía hacia lo que ha sucedido en otros puntos de la comarca. La mujer ve fotos y se espanta con lo que hay. Luego, vuelve a mirar hacia lo suyo, sin entrar a la zona donde el txoko sigue echando humo.
