A la puerta del pabellón de Bermillo de Sayago hay un plano explicativo hecho a mano. A la entrada, por la derecha, van los vecinos de Fermoselle. Más adelante, por el lateral, los de Palazuelo, Formariz y Fornillos. Ya en el otro frontal, la gente de Pinilla, Mámoles, Zafara y Cibanal. De este último pueblo viene Julen Martínez con su familia. En esa localidad es donde veranea, pero su casa de la rutina está en Bilbao, donde tendría que volver este jueves. Lo hará si puede, pero antes la vida le tenía preparado un desalojo por el incendio de Fermoselle. Unas 300 personas como él pasan una tarde tórrida y de inquietud en este espacio polideportivo.
«Estábamos en casa justo para empezar a comer y mi mujer iba a dormir a la cría, pero justo nos ha llegado un audio de una sargento de la Guardia Civil y nos hemos puesto a recoger», explica Julen. La niña de la que habla se llama Ane, tiene dos años y medio y, en ese momento, trepa por el cuerpo de Noelia, su madre, aparentemente a modo de protesta. Habrá que tener paciencia. «Aún así, pensaba que iba a ser más alboroto», admite el vecino estival de Sayago, que destaca que les han organizado bien por pueblos, que todo el tiempo tienen agua y que la sensación es de amparo.

Julen cuenta todo esto mientras sujeta también a una perra llamada Duna que viene en el pack. Todos caben en este pabellón polideportivo multideporte, con sitio para porterías, canastas, espalderas y frontón de pelota. Fuera también hay piscina, y eso sí se puede usar esta tarde. Al menos, aunque no se alivie la preocupación, sí se rebaja el calor. De fondo, un ejército de voluntarios se preocupa de que todo este listo. Hay concejales de Bermillo, alcaldes de otros pueblos, gente de a pie y miembros de la Cruz Roja.
Todas esas personas se fijan, sobre todo, en los mayores. De Cibanal, como Ane, viene Manuela, que es sayaguesa, pero tiene el hogar en Barcelona. Nada más poner un pie en la patria chica, le ha tocado esta faena. Su hijo, Javier Garrido, la ha traído hasta aquí, con la inquietud compartida entre ambos por saber si tendrán que quedarse a dormir. Ese escenario alteraría de más a personas como ella y a alguna amiga casi centenaria con la que comparte la tarde en Bermillo.
«Esto lo ves en la tele y dices: bueno, puede pasar. Lo ves todo muy seco y da un poco de miedo. Al final ha tocado y esperemos que no vaya a más», se resigna Javier. Su sensación es la de todos: que esto tarde o temprano podía tocar. Lo vieron de lejos en Madrid o en Ávila, y más de cerca años atrás en la Sierra de la Culebra, en Aliste o en Sanabria. Era el oeste que faltaba.
Al final, el lector también se habrá acostumbrado a toparse con historias como esta. Sucedió en el pabellón de Camarzana, en el de Tábara, en el de Benavente, en el de Alcañices o en la escuela hogar de Puebla. Esta vez toca en Bermillo. La gente tiene claro lo que hay: «Por lo menos, que se libren la gente y las casas».
