La tarde viene fea en Fermoselle. A la una empezó el fuego; desde entonces, el viento y el calor se alían para empujarlo a toda velocidad por la contorna del pueblo. La mayoría de los vecinos de la localidad se ha confinado en sus casas, pero hay algunos que han preferido salir a echar una mano. Los que se manejan en todoterreno y conocen el término apoyan las labores del operativo, pero les toca hacerlo con mil ojos. A la mínima, las llamas se acercan. Un soplido y pasan del horizonte a los pies. Como una centella.
Un poco más lejos, otra cuadrilla vecinal contempla la escena con desazón. «Esto vuelve a ser como hace nueve años», lamenta una mujer, que mira a 2017, al agosto en el que otro fuego enorme puso en jaque a Fermoselle. Todavía cuesta precisar si lo de esta vez será peor. La Guardia Civil y los bomberos pasan y advierten. Hay que ir despejando cada zona poco a poco. Lo que hace un momento era seguro, ahora ya no lo es. El entorno de la Hacienda Zorita, a un puñado de kilómetros de la localidad, pasa de la tranquilidad a las puertas del drama.
Una mujer joven llamada Mónica Villarino cuenta que todo ha comenzado allá donde la última vez. Y apunta también que la vecindad, atenta siempre cuando el tiempo avisa, se ha movilizado enseguida. Para confinarse o para ayudar en el desalojo de la residencia. Los mayores se han ido al pabellón. Algo más lejos, otro puñado de pueblos han sido desalojados. Hay que evitar cualquier riesgo.
La muchacha, nerviosa, como todos, habla por teléfono y va contando e informándose al tiempo. En la mente, los olivares o las viñas que han ardido. Seguro. También los camiones de bomberos. O los animales que no andan lejos. Unas ovejas vienen de una tierra a escape del fuego. Las llamas siguen corriendo. La Guardia Civil, los bomberos y los paisanos dicen que lo ven mal. Cuesta el optimismo. El humo eclipsa el sol. Aquí no hay que esperar al 12 de agosto.
Mónica puede contar poco más. Solo que cuando vino el fuego no dudó en echar la mano. Ya en Las Tres Chimeneas se congrega otro grupo de gente con todoterrenos, con cubas y con inquietud. Aguardan lo que viene. De fondo, un cartel de áreas rurales protegidas de Arribes. Más allá, el gris oscuro del fuego. Son las cinco y cinco de la tarde del 29 de julio. Quedan muchas batallas por librar en este incendio.
